Rubén Darío Buitrón

Cuando era pequeño, tenía como vecinos en la empinada calle Castro, entre los barrios La Tola y El Dorado, a dos hermanos, Fabián y Ramiro, que al saludar y al despedirse se besaban en la boca.
Eran dos niños. Y siempre lo habían hecho, aunque alguna vez en su escuela los profesores, tan frustrados y machistas, les habían llamado la atención.
A mí, el amigo que más frecuentaba su casa y pasaba horas jugando allí, nunca me asombró ni me asustó.
Transcurrían los años en que los padrecitos y las monjas curuchupas dominaban la escena social y cualquier gesto inusual, en especial relacionado con los afectos y el sexo, era para ellos un escándalo. Aunque ahora sabemos que la moral que muchos de ellos predicaban era mentira, por aquella época los sacerdotes pedófilos ya existían, ya hacían grave daño a muchos niños pero lo mantenían en absoluto secreto mientras predicaban la ética.
Muchos años después de mi amistad con esos niños que ahora son padres de familia, era lógico: en la casa de la familia Cisneros (a la cual yo amaba) se respiraba mucho cariño. Se esparcía por las paredes y por los pisos y por las habitaciones y por el patio y por todos los rinconcitos de la casa.
Era como un perfume que contagiaba a todos, como una paz y una ternura que envolvía a quienes vivían allí o los visitábamos.
Los padres de mis amigos se bañaban juntos todas las mañanas y sus hijos los veían, les pasaban las toallas, los veían desnudos. Todo en una normalidad inusitada.
Era una familia sin ningún prejuicio ni asombro en relación con las expresiones de cariño y en relación a la naturaleza del cuerpo.
Rodrigo, el mayor, abrazaba mucho a sus hermanos menores.
La hija, única mujer, Janeth, era la niña y luego la señorita más dulce del barrio, además de guapa, con unos ojos hermosos. Por supuesto que se convirtió en reina del barrio y ese año ganó por unanimidad de los jueces.
¿Era fruto del amor familiar su ternura, su inteligencia, su seguridad en sí misma? Estoy claro que sí.
Años más tarde se casó con un compañero mío del colegio, hoy un respetable médico experto en salud pública, quien no pudo entender a Janeth desde cómo ella concebía el amor familiar y, al final, terminaron separados.
Mi conclusión es que para Manuel, mi compañero, fue insoportable la posibilidad de amarla tanto como ella lo amaba a él.
Porque él creció en un ambiente familiar distinto. Con padres distantes, como yo, que nunca vi a los míos darse un beso, ni siquiera en la mejilla.
Con hermanos mayores inexpresivos, formados en un colegio de varones donde les hacían “bien machos” y donde expresar los afectos era considerado de señoritos (hoy sufriríamos bullying quienes siempre hemos sido cariñosos con los padres, con las hermanas, con los compañeros, con los animales, con la tíos, con las primas, con la vida).
En mi familia, en la que somos dos hermanos varones y cinco hermanas mujeres, sucedió algo parecido.
Mi hermano nunca, hasta ahora, abrazó a mis hermanas y saludarlas con un beso en la mejilla. Yo, sí.
Él es de otra generación, de la rigurosa, de la inquisidora, de la mojigata, de la reprimida.
Él es de otra generación, de la rigurosa, de la inquisidora, de la mojigata, de la reprimida, de la que no podía ni debía (por el poder y el discurso hegemónico de la iglesia) en expresiones como un abrazo o como un beso.
Yo, el más chiquito de la casa, soy de la generación tierna, quizás porque de bebé tuve el amor total de mis cinco hermanas, aunque décadas después otros asuntos extraños ahora me impiden ser un hijo o un hermano o un padre cariñoso.
Pero ahora que lo pienso a fondo, creo que lo que selló para siempre mi actitud con las personas fue, en buena parte, aquella admiración y aquellas ganas de ser parte de la familia Cisneros, por su amor tan claro, tan alto y tan inalcanzable.