Rubén Darío Buitrón

Si les dejan caer, caen.
Porque maduran y alguien (lo mejor sería que tú mismo) los recogiera.
Porque son el fruto de que sembraste, cuidaste y miraste crecer.
María, por ejemplo, es un fruto que sembré, cuidé, miré crecer y la tomé en mis manos y en mis brazos y en mi alma cuando empezó a madurar.
Y vi que el Árbol Nuestro estaba cargado de su sabor, de su olor, de su identidad, de su ser único.
Supongo que a María le sucedió algo parecido.
Debo ser el fruto que sembró, cuidó, miró crecer y empieza a cosechar.
Debo ser el fruto que tomó en sus manos y en sus brazos y en su alma cuando empecé a madurar.
Pero para eso han tenido que pasar siete años, siete.
Breves y largos, pero nunca monótonos ni repetidos ni desgastados, han tenido que pasar todos esos años (que muchos matrimonios dirían que son muchos) para darme cuenta de que al mismo tiempo que sembré, cuidé, miré crecer y la tomé en mis manos con delicadeza, yo también he sido el fruto de lo que ella sembró, cuidó, miró crecer y me tomó en sus manos con delicadeza.
Sin embargo, esa cosecha mutua ha debido atravesar sombras, distancias, desencuentros, malos entendidos…
Es como si a veces el Árbol Nuestro resistiera feroces aguaceros acompañados de vientos huracanados o etapas en las que la lluvia no cayese y el verdor de las hojas palideciera y de pronto sus hojas se secaran.
Yo supe que había llegado el momento de la madurez cuando mi pasión, mi deseo y mi urgencia de tenerla ya no venían acompañados de ansiedad ni desesperación por poseerla.
Que esa etapa había pasado de forma imperceptible, silenciosa, tenue, calladita, como para que yo aprenda a valorar a María de otra manera, de otras maneras.
Y como para que entiende algo que nunca antes había entendido: el amor dejó de ser prioritariamente carne, lujuria, deseo, piel, y se volvió, no sé en qué día, no sé en qué rato, un espacio para compartir la vida toda.
Siete años después nunca dejamos de tomarnos las manos en la calle, en las reuniones sociales, en el auto (los dedos de su manos izquierda entrelazados con los de mi mano derecha, que descansa en la palanca de cambios).
Entendemos que el caminar tomados de la mano no es un ritual ni una apariencia. No es una rutina ni una exhibición.
Lo hacemos porque necesitamos equilibrio.
Y el equilibrio es de dos para que exista un centro.
Un centro que nos sirve para experimentar formas de futuro y reinvenciones del amor de cada día.
Y para que ni ella ni yo caigamos. Como frutas maduras que ninguno de los dos se percató que estaban allí, esperándonos en el Árbol Nuestro.