Rubén Darío Buitrón

Cuando me casé por segunda vez, en esta ocasión con mi María (decirle “mi” es una coquetería, no un título de propiedad), no pensé que necesitaríamos una ceremonia más allá de la que tuvimos en el Registro Civil (RC) de Guayaquil, que fue la ciudad donde decidimos hacerlo para no debatir entre el lugar donde ella nació o el lugar donde lo hice yo.
La abogada que nos atendió con nuestras dos testigos (Cynthia Flores y Mónica Vicuña) revisó los papeles y documentos de cada uno, comentó algo así como “¿otra vez?” y sonrió con cierta picardía: se refería, supongo, a que tanto María como yo nos habíamos divorciado de nuestras parejas anteriores, aunque me pareció que el gesto de la funcionaria no correspondía al momento ni tampoco le competía opinar si le parecía o no.
Después vino algo extraño y sorprendente: la funcionaria nos comentó que ella misma haría el rol de jueza, y sin mediar nada entre un instante y el siguiente, en centésimas de segundo, transformó su forma de hablar, su tono, su forma de mover las manos, sus movimientos de las cejas y de los labios y su manera de pronunciar cada palabra del ritual.
María y yo nos mirábamos de reojo y estábamos a punto de reír. ¿Por qué la abogada, transformada en jueza, se convertía en otra persona?
¿Serían así todos los empleados judiciales a los que les tocara desempeñar ese papel?
¿Por qué no darle al ceremonial civil (ni siquiera eclesiástico) un tratamiento más sencillo y cotidiano?
Veinte minutos después de contener la risa, pero también de entender la responsabilidad profunda de la decisión que habíamos tomado, le dimos las gracias a ese ser humano que era un doble ser humano: una distinguida y guapa joven abogada y una severa e impostada jueza.
Al fin, estábamos casados.
En esta perspectiva, como nos habíamos prometido, tendríamos que cumplir el sueño que nos habíamos fijado cuando decidimos casarnos: nunca aburrirnos el uno del otro, intentar ser maduros, leales y transparentes en nuestros actos personales, decirnos todo lo que debamos decirnos cuando algo nos moleste o nos parezca que está mal del otro, crecer juntos como seres humanos y profesionales y, lo que es más importante, tener la capacidad de mirar al frente y caminar de la mano sin dejar de mirarnos como un abrazo imaginario que nunca perdiera su ternura y seguridad.
Afuera, el sol parecía distinto y extraño, como si fuera otro sol.
Las calles y las personas estaban en otra dimensión: el entorno que observé cuando llegamos al Registro Civil ya no era el mismo, nosotros no éramos los mismos y nada era lo mismo.
María era mi esposa y yo su esposo.
El mundo había cambiado. Para siempre.