Rubén Darío Buitrón

Hay un olor a confusión entre la gente mientras camina por las atestadas calles del centro de la ciudad.
Escucho pedazos de conversaciones. Alguien dice a otro alguien que parece que se viene un terremoto más fuerte que el del 16 de abril pasado, 6.9 grados, que destruyó el norte de Manabí y el sur de Esmeraldas.
Trato de captar las sensaciones que producen esas palabras en el uno y en el otro pero un grito, cerca de mi oído izquierdo, me anuncia que aquí, en el almacén por donde paso este momento, hay todo para las navidades: regalos, electrodomésticos, dulces.
Lo irónico es que es la voz de un colombiano delgado, alto, cincuentón, maltratado por la vida, que termina su anuncio con el lema (?) “más barato que en Ipiales”, la ciudad fronteriza con el Ecuador cuyos precios, por la relación entre el dólar y el peso, están terminando de matar el comercio de las provincias norteñas de mi país y de las dos capitales de esas provincias, Tulcán e Ibarra.
Pasa una camioneta desvencijada con banderas de distintos colores, números diversos, como en los viejos tiempos cuando se anunciaban los circos.
Pide a todas y a todos (cómo se me estremece la piel cada vez que alguien pronuncia esa frase seudodemocrática y seudoequitativa) que este jueves no se pierdan la actuación del genial humorista Carlos Michelena y la presencia de “nuestro candidato ganador, el general Paco Moncayo”.
Entonces el tiempo parece revolver los ingredientes de una extraña pócima: los sismos, las lucecitas navideñas y las candidaturas a la presidencia de la República.
Claro. Apenas faltan dos meses, 59 días si queremos ser exactos, para las elecciones del 19 de febrero de 2017.
Esos 59 días se reducen a menos.
Porque se viene la navidad.
Porque se viene el año nuevo (o el viejo, según las perspectivas de cada persona).
Porque se viene todo casi al mismo tiempo, como si el vértigo del cada más rápido paso de las semanas y los meses no fuera suficiente.
Un vértigo, además, extraño.
Porque el terremoto del 16 de abril pasado ahora está de nuevo entre nosotros.
Porque tenemos miedo. Un doble miedo. Un triple miedo.
Porque esa fusión de temblores, regalos y votos hace que nos veamos tan frágiles, que nos sintamos perdidos en un vasto mar de incertidumbres, que no sepamos dónde, a qué hora y qué fuerza tendrá el próximo terremoto.
Porque las navidades tratan de calzar de manera forzada entre el pánico por la desconcertante naturaleza y el pánico por la desconcertante política.
Porque ya no sabemos nada acerca de mañana y ni siquiera de ayer y ni siquiera si estamos vivos.
Y no sabemos si estar vivos en el futuro tendrá sentido cuando el miedo es más poderoso que las lucecitas navideñas.

20/12/2016