Rubén Darío Buitrón

Yo no imagino a María frente a la pantalla de un televisor manipulando unas palancas de plástico, conmigo a su lado, pidiéndome que tome una de las palancas y empecemos a aplastar botones asesinos.

No la veo compitiendo conmigo por la cantidad de monstruos, zombies o terroristas que vamos aniquilando en medio de una infernal bulla donde los disparos sean insistentemente neuróticos.

Yo me la imagino, cuando está sin mí, observando la telenovela que más le ha gustado en su vida: Café con aroma de mujer, porque sé que se identifica con la pinta, el glamour, la clase y la personalidad de la bella e inteligente actriz y escritora colombiana Margarita Rosa de Francisco.

O la pienso mirando sus películas favoritas en DVD, como por ejemplo Bajo el sol de Toscana, Mujeres de calendario, La sonrisa de la Monalisa, Los locos Adams, El perfume, Cocó Chanel, Malena…

O los filmes de dibujos animados Mi villano favorito, Enredados, Los Invencibles y La Bella y la Bestia.

Así es María. Vida pura. Estética. Colores. Historias. Humor. Romance. Espontaneidad pura.

¿Cómo a una mujer así se le podría pedir que se siente frente a una pantalla y se ponga a disparar, lanzar bombas, arrojar misiles u otras armas sofisticadas?

“Aún no se ha ganado la batalla al alcohol, pero en la guerra de los peligros (en Internet) se abre un nuevo frente…

“Los expertos abogan por leyes que minimicen las oportunidades de conductas de riesgo y concienciar al conjunto de la sociedad:
Un total de 750.000 ciudadanos españoles sufren adicción patológica a los juegos electrónicos o de azar”, según la Asociación de Ludópatas Rehabilitados.

Yo no deseo que nos volvamos violentos ni respaldemos las crueles y sanguinarias guerras de verdad.

Porque aquellas conflagraciones las inventan los mismos que fabrican estas guerras de mentiras para que el mundo acepte la muerte.

Para que el genocidio y las masivas migraciones no nos sorprendan y parezcan rutinarias y cotidianas.

Y, por tanto, ni María ni yo actuemos en favor de la paz mundial y, como miles de millones de personas, simulemos ser perversos.