Rubén Darío Buitrón

Clara, la vecina, me gustaba desde chiquito. Ella vivía en una casa de dos pisos con patio y desde mi habitación y mi terraza se veía mucho la cotidianidad de la familia Cevallos, en especial, por supuesto, la de Clara, cuyo cuarto quedaba en el segundo piso, a la izquierda.
Ella era una de las mujeres más bonitas del barrio y medía más de 1.70, pero siempre que salía de casa usaba zapatos con taco aguja, que le daban una ventaja de por lo menos 6 centímetros más. Yo medía solo 1.73, con zapatos formales.

Los tres centímetros de diferencia, además de mi timidez adolescente, no me fueron fáciles de superar: ella era la más alta del barrio y por mi prima Sofía, que era su amiga, conocía que estaba orgullosa de aquello.
Para colmo, usaba zapatos con taco aguja, que le daban más garbo y presencia, pero también más estatura.

Un día, en una fiesta por el aniversario de la ciudad, decidí acercarme a ella, aunque recuerdo que no lo hice de una manera solvente porque era la primera vez que tomaba la decisión de hacerlo.

Pero dio resultado. La invité al cine y quería impresionarla: en el teatro Capitol, ubicado frente al parque de La Alameda, estrenaban la película Terremoto y también, por las características del filme, inauguraban el sistema de sonido Sensuround, lo que hoy es normal en cualquier sala.

Como aceptó la invitación fui donde el maestro Lucho, el zapatero del barrio y director técnico de nuestro equipo, el Sudamérica, que ese año quedó campeón.
Con la confianza de hablar con mi entrenador y experto en su oficio, le conté que iba a salir al cine con Clara (él la conocía perfectamente porque era culpable del mantenimiento de esos zapatos tan altos) y me dio una solución fantástica: me pondría doble taco grueso en los míos, con lo cual yo llegaría a medir 1.76.

Nunca olvido la sentencia del maestro Lucho: “Discúlpeme, pero más no puedo hacer”. Y no hubo nada más que hacer. Y algo me decía que se avecinaba un papelón que tendría que afrontar.

A la entrada del cine, donde habíamos quedado en encontrarnos, apareció Clara, nos saludamos con las manos y yo me percaté de la sabiduría de mi director técnico: no la alcanzaba ni siquiera con mis tres centímetros demás.
Se acabó la función, ella se asustó mucho, sobre todo cuando el primer edificio empezó a caer y el sonido en toda la sala parecía real. Su temor hizo que se abrazara a mí, yo le devolví el abrazo y aproveché para declararme, ese ritual que era tan incómodo, en especial porque la respuesta convencional era “en una semana te doy la respuesta”.
Salimos del cine sin ser oficialmente enamorados y mientras nos dirigíamos a la heladería de la esquina yo era un enano junto a una estilizada chica que llamaba la atención a muchos transeúntes.

Luego del banana split y una conversación casi boba de mi parte acerca de la película, porque no se me ocurría otro tema, fui a dejarla en su casa siempre tratando de extender el cuello lo más largo posible para que se notara menos la diferencia de estatura. Cuando la dejé en la casa nos despedimos dándonos la mano. me agradeció y dijo que la llamara la próxima semana para darme la respuesta e irnos de nuevo al cine.
Esa noche, con dolor de cuello y de las plantas de los pies, me sentí ridículo.
¿Le di demasiada importancia al tema de la estatura?
¿Un hombre siempre debe ser más alto que la mujer?
¿Me gustaba realmente Clara o estaba buscando algún pretexto inconsciente para no afrontar la futura relación que, en mi caso y no en el de ella, sería la primera de mi vida?
A la mañana siguiente, mientras tomaba mi café en leche con pan y queso en el comedor de la casa, tomé la decisión.
Nunca más llamaría a Clara. Los tacos que me hizo el maestro me incomodaban y me hacían sentir falso.
Yo medía 1.72 y no tenía para qué fingir ser más alto. ¿Era una salida fácil al problema? No.

En realidad, mi complejo de inferioridad con Clara resultó más fuerte que mi deseo de ser el enamorado de una persona que, por mi intolerancia conmigo mismo, nunca llegué a conocer como ser humano.