RUBÉN DARÍO BUITRÓN.

Los sueños y las utopías de Pilar Núñez no terminarán con su dolorosa, temprana y angustiosa agonía y muerte.
Porque los seres humanos como ella, tan únicos, tan coherentes, tan autocríticos, tan directos para hacer y decir lo que deben decir sin cálculos electorales, dejan huellas profundas en quienes tenemos la obligación de tomar la posta e intentar alcanzar su bella necedad intelectual.
Doctora en Comunicación, investigadora mediática y exasambleísta de PAIS durante la Constituyente que se debatió en Montecristi (eran tiempos de debate, aunque muchos ahora no lo crean), peleó, luchó, deliberó cada palabra y cada línea de lo que sería el documento base para incluir a la comunicación social y a la información como un derecho de los ciudadanos y, sobre todo, para convertir en un sistema bajo control y supervisión de los ciudadanos como un derecho intangible.
Aunque parecía implacable e intolerante, Pilar fue la única asambleísta que cuando le invitamos con Juan Manuel Yépez a visitar los diarios Extra y Expreso, que manejábamos el Juanma y yo, respectivamente, viajó a Guayaquil, nos escuchó a los directivos y a los periodistas, vio cómo era el trabajo cotidiano y tomó apuntes de algunas teorías que se esfumaban en la práctica cotidiana. Fue un gesto inolvidable.
Por eso hay que decir lo que hay que decir: Pilar fue una mujer valiente y directa.
Alguna vez, en su pequeño Fiat por poco me atropella. Fue una casualidad extraña, porque ella fumaba y manejaba e iba pensando en otra cosa en dirección a la Universidad Central y yo, peatón, cruzaba la esquina también volando con algún pensamiento loco.
Se hizo a un lado, detuvo el auto y me dijo “ven, ve, acabas de resucitar”. Nos reímos mucho y ella, por supuesto, aprovechó para apagar un cigarrillo y encender otro. Eran su compañía, su desestrés, su manera de poner cortinas a la vida.
Allí me contó, llena de entusiasmo y al mismo tiempo de coraje, porque decía las cosas se demoraban más de la cuenta y que la burocracia universitaria era un monstruo, que la “escuelita del bosque”, como le llamábamos a la Escuela de Periodismo, pronto se convertiría, como debía ser, en Facultad de Comunicación Social.
Y era ella -quién más- la que había participado con toda su energía, conocimiento y entusiasmo en la elaboración del proyecto, de la malla curricular, de la estructura administrativa.
Si fuéramos gratos, la hoy FACSO debería llamarse Facultad de Comunicación Social “Pilar Núñez”. Sería un mínimo homenaje a un mujer tan inmensa.
Ruth Silva, alumna y amiga de Pilar, también un ser sensible, generoso, tierno y sensible, expresa que “es el egocentrismo el que no nos permite avanzar. Si arrancáramos de raíz nuestras vanidades lograríamos los objetivos”.
Otro exalumno, Diego Uquillas, excelente reportero con quien trabajamos juntos unos años en El Comercio, refiere que “Pilar fue mi profesora, allá por 1995. Aprendí de ella la perseverancia y la autoconfianza”.
Estos seres humanos crecieron como seres humanos porque hubo Pilar.
Nunca dejó de decir lo que creía que debía decir, aunque la costara, como le costó, la incomprensión de un sector del Movimiento Alianza PAIS y los intentos de otros, de la misma agrupación, de dejarle en el ostracismo.
Nunca dejó de ser lo que fue y de combatir porque el ejercicio de la política también fuera honesto, frontal, desinteresado, despersonalizado, sin protagonismos, valiente y sincero.
Tuve el privilegio de trabajar con ella en un proyecto que nunca salió, que nunca pudimos concretar, porque nos ganó otro grupo, un grupo poderoso que tenía todas las palancas y los “contactos” para ganar.
Pero durante esos seis meses de trabajo, tiempo en el que ni ella ni yo ganamos ni un dólar y absorbí gran cantidad de humo de los interminables cigarrillos de los que disfrutaba, aprendí a conocerla fuera de las aulas universitarias, donde se había convertido en un mito.
Respetada y temida, no pertenecía a ese mundo hipócrita y mojigato, “políticamente correcto”, en el que callar y disimular y ser sumiso es la única manera de sobrevivir en un mundo de lobos donde te muerden, te devoran, te canibalizan si eres diferente.
Si tenía que putear a un alumno lo hacía.
Si debía reclamar a otro, igual.
Entendía que aquello la convertía en una maestra polémica, una catedrática a quien no todos admiraban o respetaban, precisamente porque era irónica, era dura, era implacable con quienes pretendían, sin argumentos científicos, debatir o refutarle en el aula.
Su forma de ser y actuar incomodaba a muchos que se decían (que aún se dicen) de izquierda, pero que no estarían dispuestos a luchar con su vida si fuera necesario. Los izquierdistas de escritorio. Los librescos. Los que planifican y olvidan ejecutar.
Un sector del movimiento oficialista la desplazó.
Pilar, que era la persona que más conocía del tema, no fue tomada en cuenta en la dimensión que merecía. ¿No debía ser ella la legisladora (si la hubieran escogido para que llegara a la Asamblea) que encabezara la comisión que redactó la Ley de Comunicación?
Y ella entendió que las limitaciones de ciertos sectores gubernamentales para entender la comunicación social y el periodismo y el verdadero sentido de la izquierda terminarían estropeando la idea de crear un sistema nacional de comunicación no represivo, pero sí plural y democrático, sin exclusiones.
Hace solo dos semanas hablé con ella. Estaba armando, con otras colegas, un observatorio de medios, pese a que la enfermedad ya la estaba derrotando.
Aportó, sin embargo, mucho para ese proyecto, proyecto que al final se estancó por los deseos de protagonismo de otras personas y porque se quería abrir un debate interminable de cada punto que integraría el plan.
Hizo falta respetar su enfermedad. Hizo falta escucharla más.
Pero no debe haber sido nada nuevo para ella: sistemática, metodológica, exigente consigo mismo y con los demás, el proyecto debía tener su esencia, la esencia de su pensamiento, de su rigor, pero de su rigor democrático, de su capacidad autocrítica –a diferencia de muchos de sus compañeros de PAIS- y de su concepto de cómo debe ser una verdadera revolución.
Pilar ya no está en este mundo. Nunca sabremos a dónde se fue.
Pero sí tenemos la certeza de que su siembra permanece en nosotros y que soñaremos en sus sueños, mantendremos sobre nosotros el látigo de su rigor, caminaremos la utopía de sus utopías.