Rubén Darío Buitrón

Si de algo me he convencido a lo largo de los años es que las mujeres son mejores administradoras del tiempo, del dinero, del futuro.

Incluso de las relaciones de pareja.

Esto no es feminismo. Esto es una realidad.

Los machistas suelen llamar “mandarinas” a los esposos que ponen en manos de sus señoras el salario mensual y acatan con docilidad las decisiones que ellas toman en relación con el manejo del dinero.

Son aquellos descendientes directos de los cavernícolas que en una mano sostenían un pesado garrote de madera y con la otra arrrastraban de los cabellos a sus mujeres.

Descendientes que todavía existen. Y en gran cantidad.

.Lo mismo ocurre en el ámbito laboral.

Me consta que las mujeres tienen mayor propensión al ahorro y al manejo racional de la plata.

No les falta nada porque lo calculan todo. A veces podría tachárseles de tacañas, pero no, son gerentes de sí mismas.

Los hombres, con excepciones, claro, suelen derrochar en cuestiones que, a la larga, no les permite lograr una vida mejor ni a ellos ni a sus esposas ni a sus hijos.

En una investigación realizada por un banco privado que ofrece préstamos de poca cuantía y de bajo interés, las gerentes (las gerentes, conste) de relaciones con el público y de mercadeo descubrieron que quienes pagaban las deudas con puntualidad eran las mujeres, más que los hombres.

Y, además, que quienes mejor invertían esos créditos para pequeños negocios eran ellas y no ellos.

La mayoría de ellas son mujeres que por diversas circunstancias, incluso de discriminación, no pudieron conseguir un empleo.

Y decidieron levantar su propio negocio, su propio local, su propia empresa. Con éxito.

Un hombre que no pueda conseguir trabajo, en cambio, puede sumirse en el alcohol, en la depresión, en la sensación de fracaso. Ellas, no. Si no lo logran, hay que salir a buscar la forma.

Una mujer con hijos, abandonada por el esposo y padre, es capaz de superarse y hacer que sus hijos y ella sean felices y tengan lo necesario para comer, estudiar, vivir. Mi madre ha sido una de ellas.

Con pocas excepciones ( una ínfima minoría), hay grandes mujeres en la política mundial, en el arte, en la economía, en las organizaciones sociales solidarias contra el cáncer, contra el sida, contra el hambre, contra el analfabetismo, contra la discriminación de género.

¿No deberíamos pensar, entonces, en que ya es hora de que las mujeres administren el mundo?