Rubén Darío Buitrón

Un ataque de rabia a la desobediencia de su poder infinito, como si fuese un político autoritario que lo gobierna todo, Dios -ese extraño señor que nadie conoce y de quien todos se toman su nombre para hacer guerras o para invadir o para robar- tomó la decisión de expulsar a Eva y Adán del paraíso terrenal por comer una manzana del Árbol de Bien y del Mal.

Pero, ¿era posible que la serpiente hiciera algo a espaldas de Dios, si en este territorio nadie podía contradecirlo?

Desde aquel día empezaron las especulaciones (que miles de años después aún no terminan) acerca de quién fue la o el (como diría la Constitución del Ecuador) culpable de haber encendido la ira del Todopoderoso.

Y como dicen que él nos creó con su propia idea de lo que es un ser humano, esa es la primera prueba de que la intolerancia nos viene desde lo más profundo del ADN, del primer chip divino.

Hoy las deliberaciones sobre la culpabilidad de si fue Adán o si fue Eva quien obligó a que las siguientes generaciones tengamos que ganarnos el pan (y la leche y los huevos y el arroz y las frutas y todo lo que venden en Supermaxi) han variado en el sentido de no tratar de entender la intolerancia divina sino la intolerancia humana.

Muchos de los problemas que tienen las parejas a lo largo del tiempo que permanecen unidas se deben a su incapacidad de comprender al otro en todas sus dimensiones, no solo cuando la relación es color de rosa o amarillo patito sino, sobre todo, cuando se produce un desencuentro, un malentendido o un acto de deslealtad o celos.

Comprender la manera en que cada pareja trata de resolver esos asuntos donde se mide la fortaleza del amor.

Entenderlo o entenderla en la apertura a la posibilidad de que un tropiezo humano del otro (porque la pareja es el otro, el distinto, el diferente, el complementario) pueda ser objeto de diálogo basado en el análisis no del qué, sino del porqué, del para qué, del cómo y por qué no o por qué sí se repetirá.

Con los años la relación cambia.

Primero hay seducción, atracción, sexo, lujuria, deseo irrefrenable de que no te importe el mundo sino solo ella (o él).

Luego hay algo más profundo, raro, completo.

Es un tácito compromiso no solo de dejar que fluyan la adrenalina y las feromonas, sino de construir una vida en común y ya no solo mirarse el uno al otro sino mirar al frente, donde está eso que algunos llaman destino, otros futuro, otros progreso, otros madurez.

Esa vida en común es inversamente difícil a la relación del amor sexual, sin que esta desaparezca.

Y es en la madurez o inmadurez de los dos (que es lo más complejo) donde se juega el mañana de la pareja.

Que no es, paradójicamente, tener carro casa viajes ropa fina hijos en los mejores planteles chofer empleada doméstica casa de campo casa de playa oficina de gerente.

No. No es.

Es buscar juntos el paraíso terrenal.

Es buscar juntos a Dios.

Es conocerlo.

Es preguntarle si tiene pareja.

Es enterarnos de cómo resuelve sus problemas cotidianos y cómo sostiene desde su visión el amor de dos.

Y observarlo en su cotidianidad, más allá de creer que nos ve desde arriba, más allá del absurdo “temor a Dios” creado por la iglesia terrenal para consolidar el poder político y económico de esta, más allá de verlo agobiado o feliz en su vida diaria.

Porque quiero saber cómo hace para saber si voy bien o mal con María, si soy intolerante o no, si la amo como corresponde amar, si mi relación es una condena o un premio, si María tiene mucho o poco de Eva y si yo tengo mucho o poco de Adán, nuestros supuestos primeros padres que nunca dejaron claro quién fue el contacto entre la serpiente y la manzana.

Es que Dios mismo dijo que nos hizo a su imagen y semejanza.

¿O fue la serpiente lo que metió ese texto de contrabando para quedar grabada en el génesis de la historia católica?

¿O solo fue una ocurrencia genial de uno de los cuatro fabuladores que escribieron la biblia para confundirnos en la continuidad de la vida?