Leonardo Ceballos

Manta, Manabí

El 7 de enero, cuando la Policía ingresó a la casa de Roxana Cervantes, la encontró en el piso con dos puñaladas en el pecho.

Frente a ella, sentado en una silla, estaba su esposo, el supuesto asesino, observándola fijamente y desangrándose con un corte en el cuello.

Los agentes revisaron las habitaciones de la vivienda de madera y caña guadúa y hallaron un cuchillo manchado de sangre.

Luego dieron las primeras declaraciones frente a una veintena de curiosos que se aglomeraron en una esquina del barrio Santa Martha, donde ocurrió el crimen.

-La víctima es  una mujer, tiene dos puñaladas a la altura del tórax-, explicó el fiscal de turno-. Según los primeros datos, el principal sospechoso del crimen es el esposo de la joven, quien luego intentó suicidarse.

Ese mismo día, una hora antes de que la mataran, Roxana estuvo en la casa de su madre, Flor Quijije. La vivienda está ubicada a 1,6 kilómetros del lugar donde murió. Eran las ocho y media de la mañana.

A ella le pareció extraño que llegara tan temprano, porque Roxana solía visitarla en las tardes para quedarse hasta la merienda.

-Le dije que cómo así a esta hora y ella me respondió: “Es que el Negro envió un mensaje al celular de la niña diciéndole que nos quería ver hoy, dizque para darle 10 dólares a ella y 50 a mí”. Y se fue para allá. Quién iba a pensar que la citó para matarla-.

Flor se halla sentada en la misma sala donde recibió a su hija por última vez. Su casa es pequeña, unos 30 metros cuadrados de ladrillo y cemento. Hay una pequeña cocina. Dos habitaciones: en una dormía Roxana cuando era soltera. En las paredes, recién pintadas de un tono ocre, se observan cuatro fotografías de ella. Dos son selfies con marcos de madera.

-Esas son los únicos recuerdos que tenemos de ella. Las bajamos del Facebook y las imprimimos, se ve linda mi negrita-.

Por un instante, Flor se queda en silencio. Baja la mirada, cruza sus manos y aprieta sus dedos.

Ha empezado a llorar. Pide un vaso con agua.

-Disculpe, es que acabo de recordar algo que me indigna-.

-Ese hombre, luego de matar a mi hija, se cortó el cuello, intentó quitarse la vida. Y si lo hubiera hecho, ¿quién pagaba por ese crimen? Me da rabia pensar eso, porque no pagaría con la cárcel todo el sufrimiento que nos ha causado-.

El caso de Roxana Cervantes es el primer femicidio ocurrido en este año en Manta. En el 2016 se registraron cuatro. En dos, los agresores intentaron suicidarse, pero no murieron.

En uno hubo femicidio y posteriormente suicidio, ya que luego del crimen el hombre se mató. En el cuarto caso el asesino huyó, pero después fue detenido.

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Narcisa Álava es una abogada que hace seguimiento a los cuatro casos del año pasado y al que ocurrió este año.

Ella trabaja en la Red de Prevención de la Violencia a la Mujer, una fundación que lucha contra el machismo.

En el escritorio de su oficina tiene la documentación de las investigaciones y procesos judiciales que impulsa.

Todos están en carpetas de cartón.  En la tapa tienen un nombre y una fecha, escritos con marcador de tinta negra.

Tres expedientes están a la vista. La abogada los revisa, mientras en  su computadora la cantante Mirian Hernández se queja de los amores fallidos. Suena su tema “Ay, amor”.

La secretaria de Narcisa interpreta el coro en voz  baja: “Ay, corazón, me hiciste tanto daño, tú me enseñaste a amarlo y ahora ya no sé olvidar… Ay, amor, ay, amor, por qué me dueles tanto. Ay, amor, ay, amor, recuérdame”.

– Carpeta 1, primera página- dice la abogada. Acaba de bajarle el volumen a la voz de Mirian Hernández. Y lee:

-Mujer asesinada por su conviviente. Lugar, mercado central del cantón Manta. Circunstancias: el hombre mata a su conviviente y luego se lanza de un tercer piso. Se presume intento de suicidio. El sujeto fue ingresado al hospital. Tiene una grave fractura en el cráneo-.

-Carpeta dos, primera página: Mujer asesinada por su conviviente (femicidio). Lugar: barrio Tierra Santa, cantón Manta. Circunstancias: El hombre mató a su mujer y a su hija, prendió fuego en la casa y luego colocó una soga alrededor de su cuello para colgarse de una viga. Todos fallecieron-, explica y hace una pausa.

-Sabe, lo que está pasando es muy preocupante- comenta Narcisa mientras acomoda las carpetas-. Ellos están matando a las mujeres, pero se suicidan porque no quieren rendir cuentas a nadie y porque temen los 25 años de prisión que generalmente recaen sobre los femicidas. Otra manifestación de machismo-.

El femicidio está tipificado como delito desde agosto de 2014 y sanciona con hasta 26 años de cárcel a los culpables. Legalmente, cada vez que un hombre mata a una mujer y se suicida, termina la investigación, porque no hay a quién juzgar. Eso es algo que le molesta a Narcisa.

-Incluso si intentan matarse y no lo logran, entorpecen el proceso judicial porque hay que esperar que salgan de un hospital o se recuperen-.

Esto ha ocurrido en los últimos asesinatos de mujeres registrados en otros cantones como Jipijapa, El Carmen y Portoviejo.

Un día antes de conversar con Narcisa Álava, Isabel Figueroa, psicóloga que atiende problemas de pareja, dijo algo parecido. Ella considera que eso es violencia machista.

Los hombres son víctimas de su propio mal. Matan a su pareja y  luego se quitan la vida para evitar la sanción social después de haber cometido el crimen.

-Es más, aunque pueda sonar grotesco, el agresor se suicida porque su vida ha dejado de tener sentido. El sentido es dominar a una mujer, hacerlo día a día. Asesinan por machismo y se suicidan por esta misma razón-.

Incluso los sexólogos dicen que el hombre en ocasiones mata a una mujer por una duda machista, porque creen que ella los engaña.

Rodrigo Céspedes, otro profesional, asegura que ha recibido pacientes que buscan una explicación a la falta de deseo sexual de su pareja.

-Lo primero que dicen es que sospechan que los están engañando, pero no es así, muchas veces se trata de un problema de salud, específicamente hormonal. Pero ellos no entienden eso, se dejan llevar por el machismo y las golpean y hasta las matan-.

Yo iba a abordar el tema con la abogada Narcisa Álava, pero ella está concentrada revisando otro expediente.

-Carpeta tres -prosigue-. Bueno, esta ya la conoces, es el último femicidio. El de la chica Roxana Cervantes. Aquí también el agresor intentó matarse-.

En una de las páginas consta el nombre de Flor, la madre de Roxana. Hay un número celular.

La llamo y me cita en su casa al mediodía.

Son las 12h00 y está sentada justo en la sala donde habló por última vez con su muchacha.

En ese lugar hablan de lo indignada que está porque el hombre que mató a su hija quiso suicidarse.

-Mi nieta de ocho años vio todo. Ella dice que cuando llegaron a la casa, a las nueve de la mañana,  el papá la mandó a comprar encebollado, pero no había, así que regresó rápido. En ese momento encontró a la mamá de rodillas llorando y su papá estaba frente a ella, de pie con un cuchillo. Roxana rogaba que no la matara-.

Un día después del crimen, mientras velaban el cuerpo de Roxana, una de sus  compañeras del almacén de carteras donde trabajaba le comentó a Flor que a su hija la estaba persiguiendo su ex pareja. Lo habían visto en una moto, rondándola. Sus amigas tenían miedo porque ella les había contado que el hombre era agresivo.

Llevaban tres meses separados, luego de una relación de ocho años.

-Cuando mi nieta llamó al teléfono para contar lo que había pasado yo no lo creía. Incluso dijo que el papá la quiso agarrar, pero como tenía la mano con sangre ella pudo huir-.

Flor vuelve a llorar. Pide que le traigan una foto de su hija. La toma en sus manos y la lleva a su pecho. Su otra hija de 12 años le trae un vaso con agua. Dice que ya no quiere hablar más.

Nuevamente el silencio se posesiona en la sala. Esta vez es interrumpido por la voz de la presentadora de un noticiero que da los titulares y dice con un tono de alarma: “Confirman femicidio en caso de mujer hallada muerta en un saco de yute. Ocurrió en el puerto de Guayaquil”.

Flor pide que apaguen la televisión.

LAS OTRAS VÍCTIMAS

A Steven Tubay le gustaba resolver crímenes, aunque sea de forma virtual.

El joven de 23 años era aficionado a un juego de internet llamado Criminal Case.

En la aplicación el jugador actúa como un detective para resolver asesinatos y localizar pistas relevantes en la escena del crimen. Ya llevaba cuatro años como usuario. Sus puntajes eran buenos y, según los comentarios de sus amigos, en la red social, era uno de los mejores investigadores virtuales.

Pero el 26 de enero, cuando hallaron su cuerpo en la playa de Los Esteros en Manta, su mundo de internet cobró vida. Steven había muerto.

El cuerpo se hallaba en una pequeña cueva formada por arbustos y maleza.

Los que lo vieron dicen que parecía estar sentado. Tenía una soga amarrada al cuello y colgaba de la rama de un árbol.

A primera vista se habló de un suicidio, pero ese día en la playa su madre Jennifer Vera dijo no estar convencida de aquello. La investigación ha empezado.

Lo primero que hizo Ginger Mesías, la fiscal de turno, fue ordenar que llevaran el cuerpo hasta el centro forense. Allí confirmarán su identidad y las causas de su muerte.

Los agentes cercaron la escena del crimen y no dejaron que ningún curioso pasara. Caminaron entre la maleza buscando alguna pista que los llevara a saber si Steven en realidad se suicidó.

Si fuera así pasaría a integrar una lista de 15 personas que en los últimos tres meses se han quitado la vida en Manta, la mayoría hombres.

Las autoridades no manejan una cifra exacta, pero Esteban Arboleda, psicólogo, tiene una estadística de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El dato señala que cada año el promedio de suicidas en el mundo es ocho de cada 100.000 mujeres, mientras que la tasa de hombres llega a casi el doble: 15 por cada 100.000 habitantes.

Él lo atribuye al machismo. Los hombres terminan una relación y no aceptan que los abandonaran, no quieren demostrar que están sufriendo.

– Los varones no se permiten mostrar debilidad física o emocional y subestiman la depresión y la soledad, por eso no buscan ayuda psicológica. Cuando ya es demasiado tarde apelan al suicidio-.

Arboleda resalta que la causa no siempre es esa. Depende de la edad de la persona y si mantenía una relación sentimental con alguien. En esos casos hay otros factores o simplemente queda la duda de que si en verdad se suicidó.

Jennifer Vera, la madre de Steven, dice que su hijo no tenía razones para quitarse la vida. Está segura de que a él lo mataron. Por eso quiere que investiguen el caso.

Entran en escena los forenses. Ellos actúan especialmente en los casos donde el motivo de la muerte no está claro o se trata de cuerpos sin identificar.

Gabriel Díaz es  uno de ellos. Lleva más de 14 años estableciendo las circunstancias del fallecimiento de las personas, aunque ahora ya no trabaja para la Fiscalía.

-Lo más fácil para determinar si es o no suicidio es observar la marca que se forma en el cuello de quienes se ahorcan.  El surco generalmente va de adelante hacia atrás y forma un triángulo en la nuca que depende dónde se encuentre el nudo. Cuando alguien es asesinado por estrangulamiento, el surco es horizontal-.

-Algo similar sucede con las personas que se cortan el cuello y en aquellos que lo hacen en un acto de violencia, las marcas del cuchillo son  distintas-.

Díaz siempre pregunta a los agentes o familiares si el suicida dejó una nota despidiéndose de su familia o pidiendo perdón.

Hay ocasiones en que no la hay y ahí nace una duda.

– Nuestro trabajo es decisivo, porque si el forense dice que se suicidó, la Fiscalía no avanza en investigar, pero si digo que hay sospechas de muerte violenta tipo homicidio ya se impulsa una indagación para dar con el culpable. Una palabra puede cambiar todo-.

Pablo es el primer suicidio del año confirmado en Manta.  Su familia pidió que lo llamaran así porque quieren evitar problemas.

El hombre se quitó la vida el pasado 8 de enero colocándose una cuerda en el cuello y colgándose de una viga de su casa. Ese día los forenses dejaron claro que se trataba de un suicidio, pues el hombre ya había dicho a la familia que quería morir.

Lo había anunciado varias veces. Pero un día no dijo nada y simplemente se mató.

La noche del 8 de enero, unas horas antes de que encontraran el cadáver en la sala de su casa, una de sus hermanas lo vio asomado en la ventana. Estaba pensativo. Tenía el rostro desencajado.

Llevaba en su mirada la misma tristeza que en los últimos días había hecho que su familia le preguntara: ¿Qué te pasa, Pablo?  No respondía y se encerraba en su casa.

Ese domingo había bebido durante todo el día y la noche anterior también. Y la otra noche y ocho noches más.

Su otra hermana, la mayor, dice que ya lo había visto triste. Solo pasaba tomando porque su matrimonio había fracasado. Salía en el día y en las noches llegaba borracho. Y volvía a llorar. Se encerraba en su casa.

Gritaba el nombre de sus hijos, invocaba a su esposa. Les decía a sus hermanos que en esa casa no podía vivir porque no tenía a su familia.

Ya el lunes, cuando el reloj marcaba las seis de la mañana, su ex esposa lo encontró ahorcado. Su cuerpo colgaba de una viga.

Nadie, ningún vecino o familiar le escuchó decir la noche anterior que iba a matarse. No esta vez. Solo lo hizo.

El forense Gabriel Díaz señala que en casos como este todo está claro. Y es allí donde hay otro factor importante de los suicidas.

Los hombres pocas veces fallan al momento de quitarse la vida, porque recurren a maneras más violentas. Emplean armas de fuego, se ahorcan, se tiran al vacío o a un vehículo en movimiento.

Las mujeres, en cambio, se cortan las venas o toman pastillas. Eso da tiempo para salvarles la vida.

27 de enero del 2016. Ha pasado un día desde que Steven Tubay fuera hallado muerto.

Su cuerpo está siendo sepultado en el cementerio general de Manta. Seis mujeres vestidas de negro lloran al joven.

Un amigo suyo, quien acaba de secarse las lágrimas con un pañuelo, dice que aún no saben qué mismo pasó con el muchacho. Hasta donde supo, la Fiscalía inició una investigación.

Él no cree que se haya suicidado.

Ese mismo 27 de enero, mientras un caso empezaba a indagarse, otro terminaba.

El hombre que el año pasado asesinó a su mujer y luego se lanzó de un tercer piso, se suicidó el jueves 26 de enero en la cárcel. La noticia fue confirmada por la Fiscalía.

Esta muerte terminó con la acción penal que se seguía en su contra y confirma la teoría de los psicólogos: el machismo también está matando a los hombres.