Por María Rodríguez

—Ella es María —dijo Antonio a todos, y pidió a los trabajadores del taller que se pusieran  sus camisetas.

Mientras lo hacían, sentí cómo, por leves segundos, me convertí en observadora. De pronto, un potente viento nos sacudió.

Vi volar cartones que  se desprendían de los techos, grandes pedazos de latas que hacían de paredes de las casas, y  ropa que estaba colgada en los alambres que compartían sitio con las improvisadas conexiones de luz. Escuché el ruido de vidrios que estallaban en pedazos, estridencias indescifrables, gritos y risas. Igual que la anatomía de la favela, todo era desorden y confusión. Un violento golpe me tiró al piso.

Antonio gritó y empezó a insultar, a dar alertas.

Todos hablaban a la vez, mis ojos entreabiertos distinguían a  gente que venía hacia mí. ¿Irían a atacarme? Como relámpagos atravesaron por mi mente los tanques del ejército, el ruido de disparos, la sangre, las plumas de avestruz, las lentejuelas de colores. Pude recrear  la escena del sobrino de Antonio en medio de una balacera, luego su pierna amputada, el coro de niños…

La entrada a la favela fue inesperada y eso sucede porque estos lugares rodean a casi todo Río de Janeiro.

De un momento a otro empezamos a subir una cuesta y se divisaba una desordenada y ecléctica distribución de viviendas.

Mucha gente parada en las veredas, niños descalzos jugueteando, hombres arrimados a paredes sucias y cuarteadas, basura, rostros de pobreza y desamparo. Nos observaban.

Antonio hizo una llamada con su móvil  para decir que «ya estaba subiendo con la turista».  Como  no funcionaba el aire acondicionado del auto me dijo que podía abrir la ventana sin ningún problema. Lo hice con resquemor.

—No tenga miedo, María—, me dijo.

Era una cuesta muy  empinada. Por dos ocasiones el cambio de marchas del viejo Peugeot fue defectuoso, semitrabado.

Yo miraba a todos lados, descubriendo -conforme avanzábamos- el hacinamiento de las viviendas: una sobre otra, sin ningún tipo de orden ni sentido, otra en medio de otra, estrechísimas calles alternas desde las que se divisaban más y más viviendas. Hacia adentro,  callejones interminables y angostos de desarreglada distribución. No tendrían más de un metro de separación entre bloque y bloque. El calor intenso hizo que mi piel, por el sudor, se vuelva pagajosa. Todo el trayecto nos acompañaba un olor pestilente que se concentraba cerca de los baches llenos de agua estancada y  enjambres de moscas.

Sin apagar el vehículo, Antonio hizo una pequeña parada, se detuvo para  decirles  algo a tres adolescentes, ninguno llevaba camiseta.

Yo no entendí qué les dijo. Al continuar miré por el retrovisor, vi que uno de los muchachos sacó una pistola, la rastrillaba apuntando hacia el cielo, yo asustada no parpadeaba, empecé a respirar con la boca abierta. Los otros dos muchachos querían quitarle el arma, se reían.

—Solo están jugando—, me dijo Antonio y siguió conduciendo.

Seguimos subiendo, él volvió a parar y saludó con una  mujer mulata.  Tenía unos enormes y vivaces ojos verdes, bellísima, Lara era su nombre.

Inmediatamente recordé que así se llamaba la protagonista de la novela El doctor Shivago, pero no era momento para pensar en historias románticas. Ella estaba embarazada. Antonio sacó un billete y se lo entregó, luego de agradecerle, me extendió su mano para saludarme muy risueña, yo le contesté amable también, pero apenas pude articular dos o tres monosílabos.

Lara era su sobrina, tenía 21 años, el niño que esperaba era su tercer hijo. Su esposo estaba preso por tráfico de drogas.

Continuamos la marcha, ahora solo hablaba Antonio. En su lenguaje  cotidiano me di cuenta de que había cierta familiaridad para hablar de muertos, balaceras, drogas, bandas criminales y policías. Yo solo quería regresar, quería volver a mi hotel.

—¡Cómo se me ocurrió hacer esto! —pensé.

Llegamos a un parque con un gran mirador. Ahí dejamos el carro. Las barandas estaban  pintadas con leyendas, dibujos y corazones flechados. A los extremos se veían montañas de basura.

No iríamos más arriba. Antonio me comentó que para subir hasta la cumbre tendríamos que pagar «buen dinero»,  que no valía la pena, además que sería peligroso, porque él no tenía muchos amigos ahí.

—Arriba está la casa del jefe de una de las bandas. La gente que sube solo es para hacer negocios y pedir venganzas—, me contó.

No se me ocurrió preguntar nada más. El sudor empezaba a ser más fastidioso, estaba fatigada y tenía sed. Nunca supe si Antonio se dio cuenta de que de un momento a otro dejé de hablar y hacer preguntas.

Ahora el recorrido sería caminando por los alrededores. Al parecer estábamos en una «vía principal», no era tan estrecha. Entramos en un taller de costura. La dueña estaba atareada, pero nos recibió con mucha amabilidad. Tenía un importante encargo: confeccionar  trajes para el carnaval. Ella era beneficiaria  de un plan de recuperación que llevaba a cabo una comunidad cristiana. Le otorgaron un  crédito para  montar su negocio. Daba  trabajo a  tres mujeres. Sobre una mesa había plumas de avestruz y lentejuelas de muchos colores. Conversó con Antonio. Casi no les entendí, sus  trabajadoras me miraban sonreídas. Eran jóvenes  y negras.

Antonio me contó que la idea era que la gente supiera que en las favelas se hacen cosas buenas también. A las mujeres que quedan solas a causa de la violencia les apoyaban con créditos para  montar sus negocios y sostenerse. En un enfrentamiento entre bandas ella perdió a sus dos hijos.

—¿Cómo será eso, cómo puede pasar eso?, hechos así, perder a los hijos.

Luego pasamos por una farmacia. Su dueña era la hermana mayor de Antonio. En ese momento atendía un joven de unos 15 años. No quise indagar sobre su situación o circunstancias de vida, pues en mi lógica un muchacho de su edad, a esas horas,  debería estar estudiando y no trabajando.

La hermana de Antonio trabajaba también en un centro de salud comunitario, lugares donde se atienden heridas de emergencia, generalmente navajazos.

—Cuando son disparos es difícil, te puedes meter en problemas—, comentó.

Yo no dejaba de mirar hacia afuera. Infinitas e interminables hileras de casas, covachas, bloques estrechísimos desde donde sus irregulares ventanas se asomaba la  gente para vernos. Unos sonreían, otros solo observaban con mirada fija y recelosa.

La temperatura empezó a subir, me sentía un poco débil, pensé que debía haber desayunado, pero sabía que tenía que aguantar el hambre hasta regresar al hotel. Salimos de la farmacia. Pensaba que a causa  del calor, el olor cerca de las alcantarillas y los charcos de agua se volvía más desagradable, no consideré correcto taparme la nariz.

En el camino, Antonio se encontró con un  hombre, después supe que  era párroco en la zona y  que  se dedicaba a dar clases de canto a  niños huérfanos.

Me lo presentó y hablé muy poco con él. Alcanzó a decirme que se sentía feliz de que yo, siendo turista, haya decidido visitar Rosinha. Yo solo sonreí volteando lentamente mi cabeza a todos lados.

«Hay quien cuestiona la ética de hacer visitar las favelas», me dijo el sacerdote, pero él no creía que la pobreza era un atractivo turístico. Para él,  la favela también era un lugar para el arte, la música y con mucha gente buena.

— La única manera de tener paz es enseñando paz —afirmó el sacerdote antes de terminar nuestra conversación. Se le notaba  totalmente convencido de su labor ahí, especialmente por el entusiasmo que ponía cuando hablaba de los niños.

Seguimos caminando. Me aferraba mi bolso con mucha fuerza. No se me ocurrió sacar mi cámara de fotos, hubiera sido indignante fotografiar suciedad, puertas viejas, basura, paredes pintadas, perros famélicos, agua que al bajar por innumerables grietas enmohecidas  dividían a cada propiedad, ¡no!, ¿y la gente? Antonio saludaba con algunas personas; antes yo había pagado ya el equivalente a 30 dólares por recorrer Rosinha.

Me preguntó si ya quería volver al hotel, le dije que sí. Cuando empezamos a bajar, y luego de escucharle algunas historias de violencia, volvía a estar tranquila, aliviada, por fin estaba de regreso.

Rosinha, en ese entonces, cerca del nuevo siglo,  era considerada como la favela más grande y peligrosa  de Río de Janeiro.

Antes del retorno, Antonio me llevó hasta una mecánica automotriz. El taller era un negocio familiar y el lugar donde vivía. Su Peugeot estaba ahí. Había acordado con su cuñado que él lo retiraría del mirador donde quedó parqueado.

Me presentó a su esposa, hermana, sobrinos y dos hombres corpulentos y enormes que laboraban ahí. Estaba también un joven,  su sobrino, hijo de otra hermana. Lucía un tatuaje  de Jesucristo en el pecho,  no tenía una pierna, caminaba apoyado en muletas de madera. Antonio me contó lo que ya supuse. Gresca, balacera, amputación.  Parecía que a todos les envolvía una historia o suceso de violencia en sus vidas.

Cuando regresé al hotel, dormí un buen rato. Pasado el mediodía, salí al balcón, miré al lado izquierdo desde donde se divisaba parte de Rosinha. Al otro lado,  estaba la  playa.

A lo lejos miré unos niños jugando en la arena.  Mi habitación estaba  en un piso alto. La decoración minimalista, después todo lo que había visto en Rosinha era un cambio demasiado brusco de  ambientes, de formas de vivir, me preguntaba cómo era posible tanta diferencia en tan poco tiempo. Desde el hotel hasta la favela no había más de diez minutos en auto.

Estaba en shock todavía, sin decir palabras, sin pensar, como recién despierta luego una pesadilla.

En la cama encontré junto a mi almohada el libro que elegí como compañero de viaje. Qué mejor opción que una obra del novelista brasileño Rubem Fonseca. Claro,  yo no tenía idea de nada. Lo volví a abrir para leer la frase que había subrayado:

“…ni tengo deseo ni esperanza, ni fe, ni miedo. Por eso nadie puede hacerme mal…”

Correspondía a una reflexión hecha por un personaje del cuento El arte de caminar por las calles de Río de Janeiro. Fue como un presagio de lo que sería mi estancia en esa ciudad, y más durante esa mañana, con la única diferencia de que yo sí tenía miedo.

Había ido a un congreso internacional. Llevaba dos días de estancia y me di tiempo para hacer los contactos y encontrar la forma de ir a Rosinha. Hace unos meses se celebró el día de las madres. El capo del lugar, estaba bien escondido. Río de Janeiro se mantuvo en   vilo algunos días  por los desafíos entre clanes  que controlaban la zona.  Él, no recuerdo su nombre, amenazó que esa fecha daría un golpe certero a sus enemigos. Para alivio de la ciudad, no llegó a darse una guerra entre bandas. Por seguridad, salió el ejército, subieron tanques de guerra a la barriada, uno quedó  retenido ahí mismo.

En Río, la vista a las favelas es inevitable, rodean casi toda la ciudad. Bajadas las tensiones,  en la entrada de Rosinha, de todas formas quedaron  en vigilancia tres tanques más del ejército. Esa  fue   la historia resumida que contó el taxista que me recogió en el aeropuerto. Yo seguía en mi propósito de conocer la favela. Sabía, por un programa de televisión, que algunos pobladores de Rosinha, se ofrecían a hacer recorridos por sus calles. Salvo ese conflicto último, “el turismo de favela” estaba empezando a convertirse en una importante fuente de ingresos.

Antonio se llamaba  mi guía, salimos a las ocho de la mañana. Estaba ansiosa, no desayuné nada, el día se presentaba ya con un calcinante sol. Antonio trabajaba en una empresa de taxis ejecutivos y en sus días libres hacía guías particulares.

Suspiré,  y como volviendo de un sueño empecé a recapitular lo vivido a escasas horas, casi tres me pareció, aún me dolía la cabeza por el golpe que recibí…

…recordé entonces que en el taller mecánico, todos me saludaron muy atentos, me dieron la bienvenida. Estábamos fuera del local, nos pusimos a conversar. A nuestras espaldas, otro de los sobrinos de Antonio, desde una ventana,  intentaba colgar en la pared una pancarta que tenía el nombre del taller. Eran unos dos metros de tela color blanco, la pintura estaba fresca, se alcanzaba a percibir un  olor penetrante.

Luego pasó lo que pasó:  el viento, el golpe en la cabeza, el susto, el pánico. Cuando volví en mí, botada en el suelo, sentí que tenía la sangre helada, me vinieron pequeños temblores y un escalofrío total,  mis dientes castañeaban. Antonio me daba palmadas en la mejilla.

—María María…¿está bien, está bien? —me preguntaba mientras yo lloraba.

Su esposa estaba asustada, me dijo algo que no le entendí y me ofreció un vaso de agua. Una  niña pequeña, aparecida como un ángel, llegó corriendo con un trozo de cartón para aventarlo cerca de mi rostro. Antonio, al tiempo que se esforzaba por levantarme del suelo,  reprendía enfurecido a su sobrino. El cartel de la mecánica no había sido fijado bien en la pared, el viento lo desprendió y fue tan fuerte su caída que recibí el golpe de uno de los palos que sostenían la tela.

No recuerdo nada más. Solo las cálidas disculpas y gestos de preocupación no solo de parte de la familia de Antonio, sino de otra gente que se acercó. Todos fueron amables cuando me despedí y dejé la favela.

La noche  anterior había planeado que  luego de conocer Rosinha, si me quedaba tiempo, pasearía por la playa de Leblón, donde estaba mi hotel.

Leblón es una zona en la que abundan los buenos restaurantes, cafeterías y almacenes,  es un usual escenario de las famosas telenovelas brasileñas. En alguna parte leí  que Ruben Fomseca vivía a cuatro cuadras de allí, y que con frecuencia acostumbraba a pasear cerca.

En fin, estaba cansada, debía comer algo. Me sentí superficial, frívola y algo culpable.

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* María Rodríguez, periodista                                                             I taller online de loscronistas.net, enero 2017