Alberto Luna Tobar, ex Arzobispo de Cuenca, quien murió hace pocos días, vivió en una casa de religiosos de La Armenia, en Quito. Repasó los versos de San Juan de la Cruz, su autor favorito. Esta es una de las últimas crónicas que se le hizo. Su autor es miembro del consejo directivo de loscronistas.net, instructor y tutor de los talleres de crónica periodística y de creación literaria.

Por Byron Rodríguez V.

Monseñor Luis Alberto Luna Tobar hojea el libro que le acompañó en su vida: las obras completas de San Juan de la Cruz, el mayor poeta místico español (Fontiveros, Castilla y León, 1542-1591). El voluminoso ejemplar lo tiene en sus piernas, cubiertas por una manta. “Este libro es su alma”, dice monseñor José Vicente Eguiguren, director de la casa Sagrado Corazón de Jesús, en La Armenia, valle de Los Chillos, donde Luna Tobar pasa sus días en paz.

La Armenia está situada a 10 kilómetros al oriente de Quito.

Luna esboza una sonrisa para recibir a las visitas que irrumpen en su pequeña sala, en la cual se hallan los objetos queridos.

Los trajo de Cuenca, ciudad en la que fue Arzobispo durante 19 años (1981-2000).

Sobre un escritorio de caoba ya descansa su inseparable máquina Olivetti Lettera 32, en la que escribió centenares de artículos en el quiteño diario Hoy, de temas sociales y humanistas. Junto a la máquina, un poema, escrito en una hoja escolar: Gracias amigo por caminar conmigo/por hacerme con tu afecto (…) /y al escucharme/aligeras el paso/del dolor normal de mi existencia…

Descansa en una silla de ruedas. En el espaldar resaltan el escudo nacional y unas palabras: Vicepresidencia de la República.

Hace poco, le obsequió el vicepresidente Lenín Moreno.

Observa una veintena de ranas verdes. Son de cerámica y las colecciona desde Cuenca. La enfermera Ximena Reinoso, una de las tres que le cuidan las 24 horas, mueve la silla, cerca de las ranas.

Luna, quien sufre de Parkinson, las ve con ternura infantil. ¿Por qué le gustan las ranas? Responde con una frase picaresca: “Porque traen alegría y son espontáneas”.

Ve otros objetos que le emocionan: un CD de pasodobles taurinos cuya portada es la ovalada Plaza de la Maestranza, de Sevilla. Acaso revivirá las tardes taurinas en Burgos, norte de Madrid, donde se ordenó sacerdote carmelita , en 1946.

Monseñor Eguiguren afirma que Luna tuvo el coraje de estudiar en la España destrozada por la Guerra Civil (1936-1939) y en la posguerra. “No se arredró en esos años de pobreza y retos”.

En España se acentuó su gusto por los toros y echó lances, como aficionado, en pueblos de Burgos y Castilla. España Cañi y Gallito son sus pasodobles.

Juan Cuvi, amigo y colaborador de monseñor Luna, reconoce que él se convirtió en la conciencia ética del país en los últimos 30 años. Cuvi dirige la Fundación Donum –significa oferta, en latín- que Luna creó, hace 19 años.

“Brinda salud (en 2010 atendió a 20 000 personas en el hospital del día), microcréditos y otros beneficios a los más pobres del Austro”, explica Cuvi, sociólogo y ex guerrillero de Alfaro Vive Carajo.

Ratifica el amor por la tauromaquia. No olvida una noche, después de una cena en Cuenca. Luna Tobar se emocionó. Agarró un capote y dibujó pases frente a un toro imaginario.

 

Junto a la sala se ubican la habitación de Luna, pulcra y sencilla, y la de las enfermeras.

Siempre le acompaña un cuadro de Kingman, llamado Punto final (una mujer de rostro anguloso lleva su dedo índice a la boca).

El objeto que más destella es la medalla que le dio la Asamblea Nacional (condecoración Vicente Rocafuerte), el pasado junio. Está junto a las ranas.

Eguiguren le pide el libro de San Juan de la Cruz y lee el primer verso de ‘Canciones del alma que conoce a Dios’: “Qué bien sé yo de la fuente que mana y corre/aunque es de noche (…).

Alberto Luna Tobar le escucha. Aquellos versos místicos le conmueven y los recita: “Su origen no lo sé, pues no le tiene/mas sé que todo origen de ella viene/aunque es de noche. Sé que no puede ser cosa tan bella/y que cielos y tierra beban de ella, aunque es de noche.

Esta eterna fuente está escondida/ en este vivo pan por darnos vida/ aunque es de noche. Aquí se está llamando a las criaturas/ porque de esta agua se harten aunque a oscuras/ porque es de noche…

Eguiguren le aplaude.

Es hora del sol. La enfermera mueve la silla a un espacio luminoso, que conecta las dos alas de la casa de 1200 m². Fue levantada en 1981 por el cardenal Pablo Muñoz Vega, quien incluso construyó un hospital contiguo para la atención a los sacerdotes ancianos.

Sin embargo, confiesa un vecino de la parroquia Sagrado Corazón, el hospital fue entregado a una firma comercial por 15 años.

“Debieran quitar el nombre del cardenal Muñoz, ahí todo cuesta”, explica el morador, quien pidió no revelar su nombre.

Luna Tobar observa los retratos de tres conocidos obispos que fallecieron en la casa: Leonidas Proaño, de Riobamba; Romero Gross, de Puyo; y Luis Pérez, de Ibarra. El sacerdote los ve de reojo y hace un ademán con su mano derecha, como si los saludara.

En la planta baja se ve un bello jardín. Cada día le cuida el jesuita Hernán Andrade, ex rector de la Universidad Católica.

Además de Andrade, ocho sacerdotes habitan la casa. Sus edades: entre 75 y 80 años. Vive Alejandro Soria. Fue profesor (40 años) de Derecho Canónigo de la U. Católica de París, la vieja Sorbona. Luna se fija en el sol que juega con las flores. Imaginará a las ranas saltando en la eterna fuente escondida de San Juan de la Cruz. El sobrino que heredó la tauromaquia

Santiago Bustamante Luna, conocido abogado y apasionado de los toros, es uno de los 11 sobrinos de monseñor Luna. Acaba de escribir una crónica en Diners.

Allí, Santiago posa en una foto con el tío admirado, un referente -dice- de valentía, de amor por los más pobres, un luchador por las causas justas y la libertad.

Coincide con Juan Cuvi en su ética vital. Luna -advierte Cuvi- no temió al inflexible gobierno de Febres Cordero y defendió los derechos humanos de los perseguidos por sus ideas. “Ha sido como un padre, cuando salí de prisión (1985-1990) me dio su mano solidaria, me dio trabajo”.

“Si un defecto tiene el padre -añade Cuvi- es su excesiva bondad, muchos abusaron de esto”.

Bustamante despacha en una oficina de un moderno edificio, diagonal al Hotel Quito. Evoca a su madre, Anita Luna, tierna como Alberto. Dice que a los 13 años fue secretario del tío, cuando era párroco de Santa Teresita (1968-1970). “Renuncié -explica, mientras sonríe- cuando me envió a revisar si había un nicho disponible en la cripta; se fue la luz y palidecí, al rato renuncié”.

No olvida los sermones profundos, de apenas siete minutos.

En el régimen de Febres Cordero le tildaban de “cura rojo”.

Bustamante lee otro pasaje: “Los que me juzgan deben saber que mi partido son todos los seres humanos que evangelizo y mi línea, el Evangelio, tal como lo enseña la Iglesia y no la conveniencia oportunista del instante del poder o de su conquista”.

A su vez, monseñor Néstor Herrera, amigo de Luna, reconoce que cuando fue párroco de Santa Teresita acercó a la gente pudiente a la Iglesia, porque la familia de Luna, una de las más aristócratas de Quito, era muy influyente.

“Creó el Movimiento Familiar Cristiano y Acción Católica para que aquellas familias se acercaran a la Pastoral Social de las Parroquias. Con Luna ayudaron a los pobres de San Juan y de otros barrios quiteños”.

Herrera reconoce su ética y el sentido del humor, en las reuniones de la Conferencia Episcopal.

Fue perseguido en 1985. “Una ocasión -reconoce Bustamante- conducía su jeep por Mira, Carchi; dos tipos le seguían. Dio la vuelta y les cruzó el carro. Los hombres se asustaron. Levántense, les increpó, ahora somos dos contra dos (Luna y su fiel pastor alemán)”. Los perseguidores huyeron en el auto.

El sobrino se emociona. “Perseguido y valiente, sincero y honesto, no tardaba ni dos horas en perdonar a sus duros detractores”.

Lee otro pasaje de su crónica: “La misma sonrisa que me brindó a mí la desplegó con los pobres y ricos, en todo lugar, y con esa misma sonrisa se va apagando su vida”…

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HOJA DE VIDA Monseñor Alberto Luna Tobar

Nació en Quito el 15 de diciembre de 1 923. Estudió en el Pensionado Pedro Pablo Borja y en el Colegio San Gabriel. En 1 946 obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Teología en Burgos.

Fue profesor en la Universidad Católica y Arzobispo de Cuenca (1981 y 2000). Sus padres: Moisés Luna y Ana Tobar.