POR ANARELLA MORALES.

  1. ELLA

Hace seis meses entiende que la vida no es como la leyó en los cuentos de primaria o como la vio en las telenovelas mexicanas.

Esta mujer joven, de 1.50 metros, hoy percibe que la felicidad y estabilidad que creyó le pertenecían no son eternas.

Que la vida tiene matices y solo queda existir.

Que el amor es una ilusión fugaz, colegial.

Que el matrimonio también puede terminar.

¿Cómo vivirá sola esta mujer?, ¿qué le hizo falta?, ¿ella fue la culpable? Todos los días se repite lo mismo, hasta el agotamiento.

Las horas transcurren. Vertiginosas, pausadas. Violentas. Demoradas.

Las mañanas y tardes pasan desencantadas. La rutina, que otrora tanto detestaba, la ha convertido en parte de su vida. Todos los días solloza.

En una vetusta cómoda guarda las fotografías donde el tiempo congela los recuerdos. Parecería que su existencia se reduce a ese momento de dolor: el presente y el futuro  son muros de desamor y frustraciones.

Al mirarlas llega la rabia. Y cada vez que las revisa hace, piensa y quiere lo mismo.

En la noche, cuando le cuesta olvidar, repasa la última vez que habló y vio al padre de su hijo.

No desea pensar en otra cosa que su fracaso en el amor: la vence, no tiene voluntad de salir.

Afuera brilla el sol. Pero en su corazón solo quedan nubarrones.

Y así llega, de pronto, como una jugada del destino, el extranjero que irrumpe en el corazón de esta mujer que necesita sentirse atraída, que desea ser conquistada y amada.

2. ÉL

Es un político extranjero del altiplano. Tiene 36 años, dice estar divorciado, tener tres hijos, vivir lejos de Ecuador.

Ella es estudiante de antropología, 27 años, separada, tiene un hijo.

Por sus responsabilidades diplomáticas, Ecuador es el país que Él más visita.

Ahora permanece una semana en un hotel cinco estrellas, en Quito.

Es un hombre interesante, coqueto, de finos modales, algo misterioso.

Sus dientes son tan blancos como la camisa que lleva el día que Ella lo mira por vez primera. Un hombre de 1.80 metros. Su piel canela conjuga con sus ojos color azabache.

Cada mañana, al llegar a trabajar en el hotel, las miradas inquietas entre aquel par de desconocidos son frecuentes.

Cuando Ella se acerca a entregarle un vaso con agua, que Él le pide, o cuando se dirige al salón donde almuerzan Él y sus colegas y Ella se presta a colaborar, el aire se llena de sensaciones desconocidas.

Risas coquetas, bromas y frases indirectas se cuelan, silenciosas, entre los otros viajeros.

Cree, al principio, que es una fantasía. Como siempre, soñadora, romántica, irreal e idealista. Ella lo toma como un asunto imaginario que solo ronda su cabeza. Pero llega, de repente, un chispazo único.

El comportamiento y las palabras de Él le llaman un poco de atención, pero no difieren sobre lo que ha escuchado y vivido muchas veces, lo de siempre.

Algo desconfiada, no toma con seriedad lo que Él le sugiere, pero no puede ocultar que hay algo en la personalidad, en el rostro, en el cuerpo y en el acento masculino que la seducen.

Después, todo en él le parece hermoso.

Los encuentros son un destello de memoria. Mientras están juntos, Ella archiva el frenesí, la alegría y el aroma amaderado de su perfume.

Permanecen las palabras.

Permanecen numerosos selfies, abrazos, miradas, sonrisas inéditas y fugaces caricias.

Ella, tímida, decide dejar que fluya la euforia de los primeros días.

Cuando termina la semana de conferencias, el último día la delegación extranjera viaja en un bus especial por el norte del país. Es sábado.

Ella va sin maquillaje, ropa deportiva. Quiere parecer una mujer descomplicada.

Él prefiere camisas, pantalones de gabardina. Lleva un sombrero Borsalino y un emblema del escudo de su país.

El paseo dura todo el día. Los visitantes compran souvenirs en la tradicional Plaza de los Ponchos,  comparten el almuerzo y bailan un sanjuanito que entona un grupo de música folklórica.

Cae la noche. El transporte de regreso a Quito avanza con lentitud, como conspirando para que el tiempo no termine, para que Ella lo conozca más, para admirarlo más.

Casi todos duermen durante el viaje, mientras ellos, en los asientos posteriores, ríen y conversan en voz baja. Él apoya su cabeza en el hombro de Ella. Ella lo mira de reojo, esboza una sonrisa, lo esquiva –cree que va muy rápido- y toma una decisión abrupta: se pone de pie y va así, con una de las manos aferrada a un tubo, hasta llegar a Quito.

(Reflexiono sobre el pasado y  el destino. Las cosas pasan por alguna razón y no existe otra forma. La vida te coloca en el lugar en el que debes estar y te deja personas y momentos que necesitas, que te hacen crecer y que te dan vida).

Llegan pasadas las 00h00. Al ir a casa, cuando Ella se apresta a tomar una ducha, recibe la llamada de un número privado. Él exige conversar, Ella está cansada: primero se bañará y luego Él podrá llamarla.

En realidad, Ella no tiene intención de conversar porque las tareas preliminares del trabajo de tesis son más importantes. Le comenta sobre su proyecto y Él le ofrece ayudar. Aquella madrugada hablan durante unas tres horas en medio de consejos académicos y anécdotas de sus encuentros. Ambos confiesan que se gustan.

Es domingo. Ella madruga para ir al hotel y apoyar en algunos detalles del último día, al concluir el seminario.

En el camino no deja de pensar en las últimas horas. Horas confusas, horas que no desea entender. Atraviesa la puerta automática del hotel y Él está esperándola en el lobby. ¿Esperándola? ¿Es una ilusión? Con un tierno abrazo y su blanca sonrisa le da la bienvenida y Ella se desmorona.

Él la toma de la mano y la invita a desayunar. Ella mira a todo lado, como escondiéndose de los demás.

En el ascensor Ella se agita, intenta mirarle a los ojos. Él le pide un beso -algunas imágenes de su vida pasean veloces por su mente-.

Se arriesga, lo besa y su corazón se precipita como un frágil colibrí que vuela muy alto y cae en picada.  Él le gusta mucho y, parece que a Él le gusta Ella también. Luego del desayuno se dirigen a la reunión.

El tiempo se acorta, son las 12h00. Él se despide de sus colegas y Ella lo acompaña hasta el automóvil que lo llevará al aeropuerto. No pueden besarse: una ayudante de la institución organizadora los observa. Se conforman con mirarse. Para Ella, esta historia llega a su fin. Se abrazan muy fuerte y antes de embarcar en el auto Él le entrega el escudo de su país.

Él se va, pero en unas pocas horas ella recibe mensajes diciéndole que arribó a Colombia, luego a Panamá y luego al país donde reside.

Días después hay frecuentes conversaciones por teléfono, mensajes diarios por whatsapp y por Skype.

Tres meses de noviazgo virtual hasta que Él le propone un nuevo encuentro y Ella acepta emprender el viaje.

3. EL VIAJE

Aeropuerto de Guayaquil. Sus manos permanecen húmedas, los dedos no encuentran un sitio exacto dónde encajar. Ella revisa el celular y luego observa el ambiente.

Ingresa a una librería, compra la novela Rayuela, de Cortázar, toma un sorbo de agua, quizás tiene sed o quizás no. Abre el libro en alguna página y lo cierra de inmediato. ¿Alguien sabe que Ella está aquí? No, nadie.

Salió de casa con una mentira. Bebe otro poco de agua. Será la segunda vez que lo verá. La duda y la incertidumbre la desbaratan, no ha comido bien durante la semana.

Es la hora. Embarca el vuelo S577 con destino a Panamá.

Él la esperará allí, en la terminal aérea.

Ella está enamorada.

En el aeropuerto Internacional de Tocumen son las 21h30. No aparece el taxi que debería estar esperándola, no recuerda el nombre del hotel ni tiene referencia alguna porque borró todas las conversaciones de whatsapp que hubo durante los tres meses.

Espera dos horas. No tiene datos en su celular, no quiere salir del aeropuerto, no conoce nadie.

No puede esperar más, quiere verlo, llama un taxi pero necesita una dirección. Pasan los minutos. Ella hurga en su memoria todo lo que se dijeron. De pronto, recuerda el nombre…

La distancia que recorre es tan grande como los altos edificios a lo largo de una avenida.

Llega al hotel y pide hablar con Él, pero no se encuentra. Le permiten dirigirse a la habitación reservada por Él. En el ascensor un huésped le coquetea, la llama “mexicana” y le invita un trago. Agradece pero responde que prefiere dormir.

Abre la puerta de la habitación 521 con la tarjeta magnética y al entrar se maravilla por lo que ve: la habitación es amplia, tiene finos acabados. La cama king size está lista, cubierta de un grueso y delicado edredón negro.

Todo ahí es hermoso, el aroma a cítrico inunda el lugar. Deja sus maletas y enciende el smartTV de 32 pulgadas, hace zapping y encuentra la película Titanic.

Aprovecha para tomar una ducha y se pone la pijama. Descansa, tumbada en la alfombra del piso. Envía mensajes a su mejor amiga, la única que sabe dónde se encuentra.

Es el momento justo cuando escucha el sonido de la puerta y lo ve entrar con su sombrero y su cabellera trenzada a la habitación. Ella se incorpora, corre a abrazarlo, lo besa sin pausas. Sus manos temblorosas le dan la bienvenida.

La vida es un viaje, el amor es un mensaje de texto, una llamada de larga distancia, una fotografía.

Amor es despertar junto a Él con su aroma impregnado en cada lugar de su cuerpo. Las manos de Él recorren su espalda y su rostro. Ella agarra sus brazos con fuerza, mordiendo sus labios. Él besa su cuello, su dorso, sus pechos. Ella se enciende con el  calor de sus labios cuando Él baja, despacio, hasta llegar a su vientre. Desciende un poco más y arden en sus fuegos.

Sus largas piernas, cubiertas de vellos, se entrelazan en las suyas, pequeñas y suaves, mientras Ella observa su larga caballera cubriendo sus facciones. En la habitación se escuchan dos voces casi simultáneas: “te quiero”. Sus bocas exhalan suspiros, sus cuerpos vibran,  se entregan al combate sin prejuicios, sin detenerse por nada, se funden en el delirio de dos almas.

Amor es admirar el océano Pacífico desde la cama mientras Él duerme. Amor es observarlo, vivirlo, quererlo y al día siguiente avistar el más bello amanecer junto a Él.

Caminan por el Boulevard Balboa y Él, en un tono hasta ese momento para Ella extraño, menciona que es un político muy conocido y que no es recomendable que los vean juntos.

Él no la toma de la mano y ya no se escuchan palabras de ternura. Pasean juntos cerca del Canal de Panamá como dos desconocidos.

El tercer día es la última noche que están juntos en la habitación. Él menciona a una mujer, un amor imposible que aún no olvida, que no puede y no quiere hacerlo.

Silencio.

Ella no puede dormir y desde la ventana donde hace dos días atrás contempló el más hermoso amanecer hoy percibe la desesperada quietud de la noche silenciosa. Llora. Llora mucho.

Es la segunda vez en su vida que lo apuesta y entrega todo, y es la segunda vez que entiende, de manera brusca, que el amor no es un contrato ni una letra de cambio.

Ella se recrimina: no entendió la señal de las relaciones fugaces. Construyó irrealidades, edificó fantasías. Quiere regresar de inmediato a Ecuador.

En el viaje al aeropuerto deja la culpa a un lado y prefiere pensar que disfrutó, que fue pasión, que fue amor lo que existió cada segundo de ese fin de semana.

(El amor puede definirse y sentirse de muchas formas. A unos les duele el desamor, a otros no. Unos y otros toman la vida y el amor de distintas maneras, cada quien es como quiere, cada persona siente como desea, como le hace feliz).

Ella regresa al Ecuador.

Con el paso de los días espera un mensaje, alguna señal, una llamada o un mensaje que la hagan feliz, que le devuelvan la vida.

Él no escribe. No telefonea. No envía mensajes. No responde las llamadas.

Ella deja de esperar. Y llora. Llora para siempre porque el amor quizás no existe.