Por KARLA CRESPO.

René Valenzuela habla casi siempre sin mirar a la persona que lo acompaña. Sus ojos marrones, huraños, protegidos por unos gruesos lentes, siempre están ocupados en escanear a cada persona que logran mirar.

René busca en todo lugar, a toda hora, sin descanso, a su padre Vicente René Valenzuela Sánchez, desaparecido hace 12 años y 11 meses.

Esa manera de observar a la gente, de buscar alguna pista, algo, una señal que le ayude a ubicar a su padre, se ha convertido en el rasgo de su personalidad, incluso de su físico.

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Son las tres y cuarto de la tarde de un martes gris y lluvioso de febrero. Entramos al Capuccino Café, un concurrido local que funciona por más de 30 años en las calles Bolívar y Padre Aguirre, en el centro de Cuenca.

Los murmullos de la gente no incomodan, aunque a ratos las tazas pequeñas y blancas chocan contra los platos blancos y pequeños o se tocan con las cucharas y producen un sonido estridente y monótono.

Las lámparas están prendidas. No hay música. La caja registradora no deja de chillar para guardar el dinero y devolver el cambio a los clientes que se van.

El olor a café recién pasado es intenso.

Nos sentamos y René, como un adolescente tímido, pregunta avergonzado si puede pedir una cerveza. Después de unos minutos, con el vaso lleno, sujeto en la mano derecha, con la misma delicadeza y vergüenza pide permiso para beber. Lo hace una vez, repite la frase otra vez y otra, una vez más… Pierdo la cuenta.

René Valenzuela hijo tiene cabello negro y pequeño, perfectamente acomodado con ayuda de gel. Barba rala, piel trigueña que comienza a cuartearse en el rostro y en las manos, dedos delgados con las uñas cortadas al ras.

Su ropa se ve limpia y planchada. Viste una camisa color cielo, con finas rayas blancas, un buzo y un pantalón azul marino. Calza impecables zapatos de cuero color café.

Cuida mucho su apariencia. Esta virtud, dice, la heredó de su padre. Y también, sin que al principio él tomara en cuenta este detalle, heredó sus camisas y pantalones.

Después de unos sorbos de cerveza y con la mirada al pasillo, René pronuncia, una vez más, lo que ha venido repitiendo durante más de 12 años: “Papá desapareció el 23 de abril del 2004, vestía una camisa celeste con rayas blancas, un pantalón jean número 30-30 marca Levis, zapatos y una correa color vino”.

Esta oración de 28 palabras, 133 letras y 10 números se ha convertido en su mantra. No sabe cuántas veces la ha repetido y tampoco quiere dejar de hacerlo. En ella guarda la esperanza que el tiempo no ha logrado robarle.

Su voz se quiebra, sus ojos esquivos se humedecen. Continúa: “Siempre sueño con mi papá. Él está en la sala, me mira y se ríe. Es una risa de felicidad. Siempre es el mismo sueño, siempre está vestido con su camisa celeste, pantalón crema y zapatos concho de vino. Ese sueño me da esperanza, para mí es una señal de que papá sigue vivo, o por lo menos que está bien, por eso me sonríe”.

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Vicente René Valenzuela Sánchez desapareció cuando tenía 48 años de edad. Trabajaba en la fábrica Proesa. Entregaba y recogía los pedidos de distintas marcas de cigarrillos en las tiendas de Cuenca. Viudo, con dos hijos: Viviana y René. Abuelo, en ese entonces, de tres niños.

La mañana del viernes 23 de abril, el hombre manejaba el carro de la empresa para la que trabajaba. Lo único que se conoce de aquel día es que entregó cajetillas de cigarrillos en una tienda del sector del mercado 10 de Agosto.

A la mañana siguiente, sábado 24,  se encontró el carro de Proesa entre la calle Mariscal Lamar y la Avenida de las Américas. Después de eso, no se supo nada más de él.

Según su hijo, en el vehículo encontraron su billetera con todos sus documentos, dinero y  ropa de su padre. Todo estaba completo, en su lugar, no había rastros de forcejeo o agresión.

René no recuerda muy bien si su papá llevaba celular. ¿Había celular hace doce años? ¿Era popular el aparato en ese entonces como para que un empleado de bajo sueldo lo tuviera?

Perdió algunos fragmentos de esas memorias. Pero lo que nunca olvida es la fuerte relación que tenían su padre, su hermana Viviana y él.  Y mantiene la hipótesis que a su padre lo secuestraron.

¿Quién o quiénes lo hicieron? ¿A un hombre humilde, sin recursos económicos? ¿Por qué? ¿Para qué?

12 años y 11 meses después, con más de seis agentes y tres fiscales que han manejado el proceso, no hay respuestas.

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En menos de tres años la vida de René y Viviana se volteó completamente.

Primero, con la muerte de su madre, Luisa Andrade, quien falleció de 39 años de edad tras sufrir una caída en la Terminal Terrestre de Cuenca, al intentar tomar el bus. El accidente le produjo una hemorragia interna.

Dos años después de la muerte de Luisa, todavía fresco el dolor de la orfandad, el padre desapareció.

René tenía alrededor de 18 años y Viviana unos 17 cuando vieron por última vez a su padre. Fue un desconcierto que asoló sus vidas, su hogar, su cotidianidad.

Ahora Viviana está casada y es madre de un hijo. René es padre de cuatro niños y está divorciado. Son dos hermanos que debieron madurar a paso acelerado, que recibieron muy temprano los puñetazos de la vida.

Parecería que con el tiempo, por tanto llorar, las lágrimas se secaran. Parecería que con el tiempo las fuerzas flaquearan, que solo convendría lamerse las heridas. Resignarse. Olvidar. Pero no. No es posible. Para René eso no es posible.

Aún llora cuando sus hijos preguntan por el abuelo. Pero la voluntad está intacta cuando acompaña a los agentes a realizar barridos en terrenos baldíos o lejanos con la esperanza de encontrar algún rastro.

La fe de volver a rodear con sus brazos en el cuerpo delgado de su padre se aviva cada vez que lo sueña.

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Mientras sus manos dan vuelta la botella de cerveza vacía, René hace un recuento rápido y escueto de los momentos más importantes de su vida desde la ausencia de su progenitor.

La inestabilidad afectiva viene marcando su vida. Se divorció y se casó nuevamente. Tuvo dos niños más: Diego, de nueve, y Matías, de cinco años de edad. Conduce desde hace 24 meses la ambulancia del hospital Mariano Estrella. Hace un par de años se separó de su segunda esposa.

“Perdí mi segundo matrimonio porque me concentré demasiado en buscar a mi padre. Me olvidé un poco de mi familia. Y mi carácter cambió: estaba siempre enojado. A veces no quería hablar del tema. Ahora lo puedo hacer y espero recuperar a mi esposa”, dice con sus ojos marrones empapados de dolor.

Confiesa, ahora con una sonrisa delicada, que desde el 2004 colecciona camisas celestes con rayas blancas. Tiene más de 20 y siguen sumando.

– ¿Por qué de ese color? ¿Para qué?

– Porque el último día que vi a mi papá, él vestía una camisa de ese color. Lo hago como un homenaje a él. Cuando veo una, la tengo que comprar. Y ahora, como ve, uso sus camisas y pantalones.

Le pregunto si puede hacer una descripción física de su padre. Lo acepta:

-Era alto y blanco. Con el cabello negro medio largo, cejas anchas. Flaco. Tenía una manera de reír virando los labios hacia un lado. Solía usar camisas y andaba bien vestido. Siempre estaba al pelo mi papá.

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Son las cuatro y media de la tarde. René vació su botella de cerveza y ya no queda café en mi taza. Me ha regalado unos minutos de su día libre para contar su historia.

La nueva cita es para expresarle mi deseo de escribir lo que me ha contado. Eso fue lo que acordamos por teléfono el viernes 20 de enero.

Se emociona y me da el visto bueno. Quedamos en reunirnos el primer día de marzo a las 07h00, después del feriado de carnaval.

Pasaríamos un día entero con su familia, en la casa de su padre, conversaríamos, visitaríamos la Fiscalía y la Dirección Nacional de Delitos contra la Vida, Desapariciones, Extorsión y Secuestros de Personas (Dinased).

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Hoy es miércoles, primero de marzo. Cuenca amanece con una temperatura promedio de 12 grados centígrados.

El fresco de la mañana llega acompañado de una lluvia leve y olor a tierra mojada. Muchos de los niños lucen caras largas y de reproche porque les tocó regresar a la escuela. El carnaval y el feriado terminaron.

Caminan arrastrando los zapatos, bostezando y con los rostros apesadumbrados. Las mujeres oficinistas salen de sus casas apuradas, con sus cabellos mojados y su ropa bien planchada. Los hombres, como los niños, caminan desganados. Algunos bostezan. Otros se frotan las manos.

Son las 07h15 y René no aparece. Le espero en el lugar acordado: frente al redondel de Monay. Mi rostro y mis manos reciben un soplo frío. Por entre mis labios sale vaho. Me duele la punta de la nariz y las orejas. Confío en que René llegue ya.

Son las 07h30 y ya no veo niños en la calle. El olor a tierra mojada se reemplaza por el del chocante smog que se mezcla con la brisa y hiere mi nariz. Los taxistas hacen sonar los pitos de sus automóviles y buscan atentos un cliente. René aún no aparece.

Media hora después, los primeros fieles católicos comienzan a aparecer con una mancha en la frente: es la tradición católica con la ceniza convertida en señal de la cruz.

La exhiben orgullosos y humildes, al mismo tiempo: con la señal de cruz en su rostro han recordado en la misa que son polvo y que en polvo se convertirán.

Para ellos ha comenzado la cuaresma, deberán rezar más, renunciar a ciertas cosas que les ayuden a vivir el desapego, tendrás que ponerse en contacto con el prójimo a través de la caridad -sí, a través de la caridad- y a partir de hoy deberán practicar el ayuno y abstenerse de consumir carne, según las normas religiosas.

En medio de la espera me doy cuenta de que no toda la gente que pasa a mi lado lleva la mancha de ceniza en su frente y me pregunto si la Iglesia Católica está perdiendo a sus fieles, si muchos, como yo, también se han decepcionado.

René no aparece. Decido esperar 15 minutos más.

Cuando dan las 08h00, René no contesta mis llamadas a su celular ni los mensajes de texto que le envío. Un desconocido vacío se posa en mí, convertido en angustia y desilusión. Me dan ganas de llorar. Tengo tantas preguntas y ni una respuesta.

¿Qué pasó con René?, ¿se echó para atrás?, ¿cómo lo localizo sin saber dónde vive?, ¿debí asegurarme de ese dato en la primera cita? ¿le ocurriría algo en el feriado?, ¿por qué no contesta el teléfono?

***

Lunes seis de marzo, 16h30. De nuevo la tarde es fría, triste, de nubes grises. El clima me obliga a usar una casaca negra y gruesa, dos pares de medias también gruesas, zapatos tenis azules.

Desde mi computadora suena Have You Ever Seen The Rain, de Creedence https://www.youtube.com/watch?v=Gu2pVPWGYMQ

Hago el último intento: aplasto tecla por tecla, número por número, el teléfono. Es inútil. El celular de René sigue apagado.

Decido no esperar más, aunque la frustración es muy fuerte.

Recuerdo a René contándome la sensación de soledad y vacío por la desaparición de su padre y ahora yo soy la que sufre esa soledad y ese vacío porque el misterio sobre René hijo ahora es mío, la tristeza es mía. La incertidumbre que él decía sentir también es mía.

Vuelvo a casa. Sentada en el sillón de mi dormitorio, mirando con frustración obsesiva mi celular, me pregunto una y otra vez dónde diablos está René.