Por Rubén Darío Buitrón.

Su personaje central es, en el lenguaje de nuestros abuelos, el clásico mosquita- muerta. Aquel que, en principio, no rompe un plato, pero luego es capaz de robarse toda la vajilla.
Son los años 40 y Bernardo José Riofrío, quiteño de clase media baja, cajero de un banco, es un pobre individuo dominado por su madre. Soltero, obediente, mojigato, esclavo. Todo es por ella, para ella, gracias a ella, con el permiso de ella.
Un día cambia su rutina y monotonía cuando llega el doctor Mainzel- alemán nazi, residente en Quito- y le hace una propuesta: Hitler ganará la guerra muy pronto, y como el que gana la guerra es el que controla la economía, la moneda nazi será la más poderosa del mundo y alrededor de ella se moverá todo el planeta.
Para ser rico, Riofrío debe robar en el Banco Nacional, llevarse los dólares y entregárselos al doctor Mainzel. Este le dará los nuevos marcos, cuyo valor de cambio pronto será superlativo.
Consumado el negocio, solo habrá que esperar la noticia del siglo: Hitler es el amo del mundo, noticia que, como sabemos ahora, nunca se producirá.
A partir de ese momento, Riofrío se vuelve una metáfora, una representación, una radiografía del banquero corrupto, en especial del que, en realidad, asoló al país, empobreció a millones de ecuatorianos a finales de los años noventa, huyó, hizo negocios con el dinero en otras latitudes y volvió como si nada, a seguir lucrando de su viveza y su sapada.
Quien dibujó este personaje fue Alex Schlenker, un director de cine con pinta de músico sinfónico y de rockero nostálgico.
Informal. Los cabellos alborotados, entre negros y canos, entre lacios y ensortijados. Los lentes pequeños de marco negro. Su aire de intelectual.
O talvez me equivoco. Sí, en realidad tiene cara de director de cine, aunque no sé cómo clasificar un rostro que tenga esa estética.
Sus orígenes son alemanes, colombianos, ecuatorianos. Creció en Austria hasta los 12 años, estudió artes visuales y era serio, bastante serio en sus estudios, en sus temas, en sus propuestas artísticas, hasta que un profesor francés que le enseñó a hacer guiones le pidió que liberara el humor, su humor.
¿Qué es el humor para Schlenker? Sonríe. No acepta que yo le brinde un café porque ahí, en la Universidad Andina, donde trabaja como catedrático, se toma diez, cien, no sabe cuántos cafés diarios. Y ese día ya ha llegado al límite.
“El humor es decir cosas absurdas en serio”, explica en un tono que mezcla la broma con la certeza.
A él le divierte desconcertar, y así como hace en todo lo que produce, hace en esta crónica. “Me gusta joder en clase”, expresa, satisfecho, mientras pasan sus alumnas (no sé por qué, pero en un lapso de una hora pasaron solo mujeres) a instalarse en la cafetería de la Universidad y con cada una saluda, amable y por el nombre.
Es de memoria brillante este Alex Schlenker que ha estudiado teorías visuales, cine, literatura.
Tiene 44 años, aunque por su estilo desenfadado parece de menos. Un treintañero maduro, quizás.
Es padre de tres hijos, uno grande que vive en Alemania, y dos pequeños que ha procreado con María Gracia, su esposa, una economista quiteña.
En su hoja de vida ya lleva tres películas. ¿Tres películas y recién me entero que existe un Schlenker capaz de hacer “Distante Cercanía”, un filme muy importante aunque haya estado tan poco tiempo, demasiado poco- en cartelera.
Inquieto, mira a su interlocutor pero mira también hacia la ventana, allá afuera, en la avenida por donde pasan decenas de autos y caminan cientos de estudiantes, la mayoría de ellos maestrantes de la Andina. Y mira también hacia el fondo de la cafetería, pura curiosidad. Curiosidad de artista, curiosidad de alguien que quiere comerse el mundo en una mirada.
Cuenta que su primera película fue “El duelo”, en 2005. Que luego hizo un documental con el grupo musical “Los Chigualeros”, para lo que tuvo que convivir tres años con la banda (acompañar, involucrarse, ponerse en los zapatos del otro, como el buen periodismo).
Realizó la cinta y también fue el fotógrafo oficial de ella. Toda una orquesta humana este Alex de camisa a cuadros, chompa gris con capucha, con más pinta de alumno que de profesor.
Y ahora ha disfrutado de la exhibición de “Distante Cercanía” porque gozó con las sonrisas, con las carcajadas, con el buen humor que logró encender en los auditorios de las salas de cine.
Un buen humor irónico, porque su retrato del poder es ese, una sátira en contra de la corrupción, del cinismo político, del magro poderío de la aristocracia, de la pequeñita Alemania Nazi que en Quito también se instaló en los años oscuros de la Segunda Guerra Mundial.
Riofrío pasa de la mansedumbre absoluta a la tiranía también absoluta. Asume el poder económico del pueblo al que llega a refugiarse escapando de la justicia, pero se da cuenta que el poder financiero de nada sirve si se no controla el poder político.
Y así, haciendo trampa a medio mundo, alcanza a convertirse en el alcalde del pueblo sin dejar de ser el banquero del pueblo ni el usurero del pueblo ni el empobrecedor del pueblo ni el carcelero del pueblo. Todo en uno.
“Distante cercanía” es una burla, pero es un instrumento de reflexión. No queda duda, por ejemplo, que para que existan estafadores de esa calaña se requiere gente ingenua que los crea, que piense que ellos sí son confiables, que a ellos sí se les puede entregar los ahorros de toda la vida a cambio de una promesa que nunca se cumple.
Unos dicen que es una caricatura del poder. Otros que es una parodia. Yo digo que es una bofetada a la inocencia angelical, un remezón a la conciencia social, una proclama en contra de quienes se disfrazan de honestos, limpios y seguros pero que, en verdad, son los que centavo a centavo se nos llevan nuestro dinero con el cuento de que con ellos la plata está segura.
Obsesivo para cuidar los detalles, muy apegado a sus hijos (Noah, de 4 años, y Aaron, de uno), nieto de una judía, calma sus ansiedades y su hiperactividad escribiendo artículos y cuentos.
El próximo proyecto de este director que da clases de Teoría del Arte con zapatos de caucho es un libro de 26 crónicas que ha publicado en revistas.
Cuenta que el origen de “Distante cercanía” es lejano. La venía soñando, borroneando, arrepintiéndose, emprendiéndola, desde hace más de una década.
En 2007 presenta el guión en el Consejo Nacional de Cine y gana dos premios. Pero aunque el dinero del galardón no fue suficiente ahí estuvieron quienes creyeron en el proyecto para aportar con el monto total de 140 mil dólares.
Filmó la película en seis semanas, en jornadas de 18 horas diarias.
Y lo que obtuvo fue eso que vimos ahí, en la pantalla: la historia de un banquero corrupto, mucho más cercana a nosotros de lo que parece, mucho más humorística de lo que parece, mucho más real de lo que parece.
Ojalá quien quiere mirarla la pueda encontrar en las tiendas de películas. No solo para volver a verla sino para tenerla en casa como un instrumento de reflexión, de indignación, de escepticismo frente a lo que los actuales banqueros también nos ofrecen.
Alex Schlenker nos deja la certeza de lo que ya sabíamos pero lo solemos olvidar: el poder financiero de la mano del poder político son una bomba de tiempo, pero no en contra de esos poderes sino en contra de la mayoría que deposita su confianza en esa mezcla mortal.
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Ficha técnica:

Título: “Distante cercanía”
Director: Alex Schlenker, codirigida por Diego Coral
Elenco: Gonzalo Estupiñán, Christoph Baumann, Natali Valencia
País: Ecuador