POR IMARY BRITO.

El imponente Fasayñán emerge del piso con una altura de alrededor cuatro metros.

Es cilíndrico, en el medio tiene un orificio por el cual cinco columnas lo atraviesan horizontalmente. Sobre ellas se colocan las piezas que luego recibirán el calor de la viruta que arde.

Tres hornos más, de menor tamaño, están afuera, en la parte izquierda de la casa. Ellos dan vida a las piezas de cerámica.

Más tarde se pone color a la cerámica. Amarillo o verde, que se obtienen de la naturaleza. De plantas como sauce y eucalipto.

Luego del vidriado, jarrones, ollas, medianos, cazuelas o macetas quedan listos para su uso.

El taller artesanal del alfarero Carlos Ríos Palomeque está en la comunidad El Quinche, cerca del cerro Cóndor Caca y a diez minutos del centro cantonal de Chordeleg, cantón azuayo situado a 42 kilómetros desde Cuenca. Allí laboran nueve personas que con sus manos dan diferentes formas al barro.

En el taller “Ríos Gómez” hay réplicas de casas construidas de tabla, arcilla y otros objetos dispuestos a recibir el sol para el secado.

“Bienvenidos, pasen”, dice María Gómez, esposa de Carlos. Nos abre la puerta y deja que nos adentremos en su mundo.

Ella es una mujer alta, delgada. Su cabello castaño es corto, por encima de los hombros, aunque su gorra de lana no lo deja ver. Con su voz suave y delicada cuenta que tiene siete hijos.

Mientras los pies de Carlos mueven el torno, sus manos blancas y callosas dan forma al barro que finalmente terminará convertido en una olla.

Cuando tenía 12 años aprendió el arte de sus padres, Miguel Ríos y Elvira Palomeque, quienes también recibieron el conocimiento de sus abuelos, oriundos de Chordeleg y artistas alfareros.

También aprendió los oficios de la zapatería y la joyería, sin embargo, cuando estos negocios decayeron, hace 12, años volvió a utilizar sus manos para dar formas al barro.

Carlos, de 65 años de edad, es un hombre de baja estatura y complexión medio gruesa. Usa una gorra para disimular la calvicie que le acompaña y unos pocos cabellos blancos aparecen, rebeldes. Aunque su voz es vibrante, suena baja y refleja el paso de los años. Sus ojos saltarines demuestran la pasión por el arte.

El torno de Carlos está ubicado al lado izquierdo de la casa. Ahí crea piezas utilitarias como ollas, tortilleros, medianos, cazuelas, jarras, macetas…

Allí están ubicados más tornos. El de su esposa está a la derecha, los de sus hijos se han dispuesto en otros lugares de la casa.

Un metro cuadrado mide un torno: su altura es de 1,20 metros.

Una rueda de hierro se conecta por medio de un tubo a otra rueda asentada en el centro de la mesa. El torno gira y gira y gira mientras los pies del artesano lo activan.

El espacio de 500 metros cuadrados está distribuido en tres grandes habitaciones que facilitan el secado de las piezas torneadas.

En la habitación de la entrada a la casa está el Fasayñán. Sobre pequeños espacios en el piso se colocan los objetos para el secado.

En la parte izquierda de la casa está el torno de Carlos, rodeado de cerchas donde se colocan las piezas utilitarias que ya están secas y que más tarde recibirán otro tratamiento y al final se quemarán.

La tercera habitación, igual ubicada en la parte izquierda, alberga jarras, macetas, cazuelas para el secado que durará más de una semana. Todo depende de que el sol se mantenga allí o que las nubes lo oculten.

Mientras él trabaja, uno de los oficiales, Manuel, pasa la lija a las piezas y retira las asperezas que pudieron haber quedado al momento de la elaboración.

Carlos muestra el proceso para hacer un objeto de barro: trae la tierra o arcilla de un terreno que heredó de sus padres, ubicado en La Unión, la tiende bajo techo y la hace secar. Este proceso dura hasta una semana.

La arcilla seca se pasa por un molino eléctrico y de allí sale el polvo. “Antes teníamos que triturar la tierra con un palo, pero gracias a la tecnología nos ha facilitado el trabajo”.

A esa tierra se le agrega agua y se forma un terrón o bloque de barro, listo para su transformación.

Para trabajar el barro hay que escoger bien la tierra, comenta María, pues hay arcillas que chupan la humedad y luego las piezas se trizan.

Luego de que la pieza está lista, pasa al secado, que puede durar más de una semana. Todo depende del clima. Luego se pasa la lija para que vaya directo al horno. Dos o tres horas demora el quemado de la pieza.

Su sonrisa florece cuando relata que en medio de la casa tiene a su querido Fasayñán, el horno grande que lleva el nombre de uno de los cerros cercanos al lugar.

Hay quienes prefieren la pieza con el color natural por su aspecto rústico. Sus clientes, entre ellos turistas extranjeros, se llevan ollas, macetas y medianos como recuerdo.

Otros artesanos, como Ana López, quien tiene una tienda en el centro de Chordeleg, adquieren sus objetos para darles color. Las piezas de Carlos, aquí, cambian de aspecto.

Imágenes de Chordeleg de antes y ahora. Paisajes naturales, animales y escenas de la vida diaria, elaboración de joyería, preparación de gastronomía y cuidado de animales.

Fabián Anrango, comerciante de Otavalo, lleva sus piezas para exhibirlas en un restaurante rústico de su ciudad. Sus compras llegan a los 100 dólares. Cada seis meses visita Chordeleg.

Ana, una joven de 25 años, mide 1,52 m y su contextura es gruesa. Sus ojos de color café brillan y sus labios dibujan una sonrisa cuando habla de cerámica, de repujado, de aluminio, de pintura, joyería y obras con material reciclado. Estas habilidades le aseguraron ganar el primer puesto en el concurso de elaboración de pesebres en 2016.

Recuerda que muchas familias chordelenses se dedicaban a la elaboración de piezas utilitarias de barro, sin embargo esta herencia se está perdiendo debido a que los jóvenes prefieren dedicarse a estudiar una profesión en las aulas universitarias.

Ana dice que la cerámica se diferencia de la alfarería por la fabricación de piezas más delicadas. Juegos de tasas para té o café, ollas o jarrones, perfeccionados, forman parte de la cerámica.

Pompilio Orellana fue un artesano que destacaba de los demás por sus trabajos originales.

En sus piezas de alfarería dibujaba tigres, leones, cóndores, colibríes, serpientes o lagartos. Su dedicación le llevó a tener reconocimiento nacional.

Eso entristece a Ana: “Ahora solo se hacen piezas sin valor cultural”.

En el taller de Carlos  se elaboran alrededor de 60 piezas diarias, trabajo que se reparte entre todos los que laboran en este lugar: sus cinco hijos, dos varones y tres mujeres, su esposa y dos oficiales. Realiza entregas a los comerciantes del centro de Chordeleg. Otros clientes acuden al taller a realizar las compras o pedidos especiales.

Cuando habla de proyectos futuros se pone triste y duda. “Soy cobarde para eso, me da miedo endeudarme. Quisiera ampliar el taller. Construir un almacén para expendio directo de mis artesanías, pero no quiero endeudarme”.

Sus hijos también trabajan allí. Juan Pablo Ríos, en su propio torno, ubicado a la derecha de afuera de la casa, trabaja desde hace cinco años.

Muestra su sonrisa al recordar cómo aprendió el oficio: fue difícil, dice, las piezas se dañaban o salían mal hechas. “El pie no era ágil para hacer girar al torno. Fue un reto hacer que las piezas tomaran forma”.

Dice sentirse orgulloso de su padre por mantener viva la alfarería, pues “ahora hay jóvenes que ven este oficio como una vergüenza”.

Solo personas mayores se dedican a esta tradición milenaria. Pero de su familia, cinco hermanos trabajan con el padre.

Carlos habla de sus raíces. Su madre, Elvira Palomeque, entregó una pieza de cerámica al Papa Juan Pablo II. Un cáliz que todavía permanece en El Vaticano.

– Mi madre murió, Juan Pablo II también, pero la pieza de Chordeleg todavía permanece en ese lugar santo.

En el museo de la Municipalidad de Chordeleg se exhibe una fotografía de su madre. En ella se la observa dando forma a una pieza de barro. Sus manos avejentadas dan vida a lo nuevo, un mediano.

Carlos también canta. Desde los 15 años lo hace en sus tiempos libres. A veces se reúne con sus amigos y ellos entonan mientras él deleita con su voz.

Le  gustan mucho las canciones de Fausto Huayamabe, conocido como el Cantor del Pueblo. Entona melodías como Cristo de Oro, Palomita Errante y Señorita. Por eso sus conocidos lo apodan “Huayamabe”.

Mientras nos despedimos, sus manos generosas nos ofrecen duraznos de la zona. Al mismo tiempo, canta:

“Yo tengo un Cristo de oro que me dejó mi madre/ en el pecho lo guardo como reliquia grande/ el Cristo es milagroso, el Cristo es admirable/ en el pecho lo guardo, herencia de mi madre/ en el pecho lo guardo, herencia de mi madre”.