JORGE AMPUERO.

Aunque algunos allegados se esforzaron en pedir que dejaran de tocar las oxidadas campanas de la iglesia de San Jacinto, estas siguieron doblando con entusiasmo hasta que se confirmó el deceso.

Los campanazos solo habían sido un preludio trágico de lo que, a partir de las seis de la tarde, convocó a medio pueblo hasta las puertas de la casa de la viuda.

Don Alberto había muerto en Cuenca a causa de una extraña dolencia que lo dejó puro hueso, pellejo y casi nada de alma.

En el portal de la viuda se aglomeraron compadres, campesinos, profesores, ingenieros, ancianos, todos con la misma pregunta: ¿Por qué murió, si eran tan bueno?

Ese día, San Carlos se entristeció a lo largo y ancho de sus calles estrechas.

Los pocos negocios cerraron sus puertas, los perros estrenaron sus aullidos más lastimeros y la ropa negra comenzó a hacer tanta falta que hubo que mandar a comprar algunas prendas a la cabecera cantonal.

Era como si hubiera muerto el abuelo de todo el pueblo, el dueño de la nostalgia de todos.

En la noche, a partir de las 9, la gente llegó puntual a ver el rostro de don Alberto, a tratar de identificar algún gesto de sosiego y serenidad, algún mensaje para cada uno.

“Está como dormidito”, “Parece que solo descansara”, “Como que está sonriendo, ¿verdad?”. Todos opinaban tras comprobar que, efectivamente, don Alberto, metido a la fuerza en su terno azul preferido, andaba por otras parcelas muy lejos de allí.

La viuda, sentada en un sillón, lo recordaba de cuerpo entero, desde que se la había robado de la casa de sus padres en una canoa, río abajo, hasta que celebraron la primera cosecha de cacao, al despuntar los 70, cuando el pueblo era solo un manojo de casas de caña y tierra.

Durante la madrugada, como señal de respeto por el finado, nadie pegó el ojo, en especial luego de que un suculento aguado de pato pasara revista entre los concurrentes.

Hubo quienes, disimuladamente, pidieron otra porción para tener energías a la hora de cargar el ataúd hacia el camposanto.

Cuando apareció el sol, una ligera garúa oscureció las calles. Los amanecidos, todos, pidieron cargar la caja mortuoria, pero no ese privilegio fue para  pocos.

La caravana salió desde la iglesia, luego de que el cura de Balao diera una misa que les sacó lágrimas hasta los que no estuvieron presentes.

A paso lento, lentísimo, don Alberto llegó en hombros de sus seres queridos hasta el cementerio.

Tres de sus peones se encargaron de bajarlo hasta el lecho de tierra.

Los ramos de flores comenzaron a caer, uno por uno, sobre el ataúd, hasta casi cubrirlo todo.

Al cabo de unos minutos la tierra llenó el hueco y don Alberto se fue de los ojos de la gente para siempre.

Al regreso, nadie se dispersó, como si aún lo llevaran en hombros, como si el sepelio fuera cosa de nunca acabar.