Son las tres de la tarde en Guayaquil y un sol con cara de pocos amigos calienta todo lo que se mueve y lo que no.

Rogelio Chiluiza se ha subido al bus de la cooperativa SAN con rumbo a Naranjal, en donde tiene previsto celebrar su cumpleaños.

Lleva consigo una torta de manjar y unos cuantos bocaditos que allá, en su tierra natal, no es fácil de encontrar.

Junto a él, y sin que aún el carro inicie su marcha, duerme una señora gorda que ronca, como si dijera un poema en arameo, con largos intervalos de silencio que todos parecen agradecer.

El ayudante del chofer, un joven orgulloso de su peinado iguana y del dragón tatuado que le desemboca en el pecho, cuenta los pasajeros y le dice al conductor que todo está listo.

Tras quince minutos de espera, el bus con “aire climatizado”, según dice en una plaqueta adherida a la parte superior donde está el chofer, sobre el parabrisas,  inicia su marcha lentamente.

El oficial se afana poniendo una película de artes marciales en donde Jackie Chang habla en un idioma castellano purificado, de aquellos que no encajan nunca con los personajes, y los “venga tío” y “hostias” se escucharán durante el resto del viaje.

Rogelio, un poco impaciente, se entusiasma algo con la película, pero su compañera de asiento, la mujer que ronca, se encarga de arruinarle todo con su melopea fastidiosa.

El bus cruza el puente de la Unidad Nacional y desde ambos lados carteles con las sonrisas angelicales de los candidatos presidenciales Guillermo Lasso y Lenín Moreno se robarán el corazón de algunos, como si la campaña electoral aún no terminara.

Tan buenos que se los ve. Dan ganas de creerles.

Pero Rogelio tiene otras prioridades: asegurarse de que asistan los tíos, las primas por parte de madre y amanecerse escuchando decir cómo la voz de Julio Jaramillo hace llorar a sus guitarras.

En el kilómetro 26, el bus hace una parada obligada. En medio de los pasajeros irrumpe una tropa de vendedores ambulantes que se cuela en el estrecho espacio de la mitad del vehículo.

Su finalidad es seducir el estómago de los viajeros con un plato de fritada, un helado, una gaseosa, un jugo en vaso de plástico, muchines con la grasa que se transparente hasta el otro lado del papel periódico, panes de yuca en fundas de plástico, papas rellenas en plato de plástico y empanadas con las mismas características de los muchines.

Los brazos se alzan, circulan las monedas, mucha gente come, la mayoría feliz…

Todos, menos un hombre de avanzada edad cuya misión en esa tarde es llamar al arrepentimiento masivo de los cuerpos y de las almas pues, según dice, el mundo está en sus últimos tiempos.

Invita a orar al Señor, pero su prédica pierde la batalla ante un grupo de pecadores contentos, bullangueros e indiferentes.

Rogelio echa un vistazo a su torta y advierte que las cerezas han cambiado de sitio, como si se hubieran empujado entre sí.

Lo lamenta, las acomoda de otra manera y cuenta los minutos para llegar.

Su compañera de asiento sigue roncando, pero ahora cabecea sobre el hombro izquierdo sin terminar nunca de apoyarlo resueltamente.

Está a punto de despertarla, pero ya falta poco para llegar.

El bus se ha ido desocupando poco a poco. Jackie Chang ha golpeado, sin inmutarse y sin que le quede ningún rasguño, a todo cuanto enemigo se le ha cruzado.

Desde ambos lados del bus, las ventanas dejan ver el verde de la matas de guineo, que parecen una obsesión o una necedad en las ventanas.

Luego de dos horas de viaje Rogelio llega a su parada.

Lo único que ese momento le importa es haber dejado atrás los ronquidos de una mujer que no sabe adónde va.

Porque mientras camina y se acerca a su casa, el mundo no parece haberse enterado de que él, campesino emigrado a la ciudad para trabajar y ahorrar algo de dinero, ha cumplido 50 años y que para él, quizás solo para él, es una fecha especial.

Porque es notorio para la gente que pasa a su lado que carga una torta con las cerezas desubicadas.

Pero también es notorio que eso a nadie le importa.