Por ANA MARÍA VILLARREAL.

Me llamo Ana María y desde Cuenca escribo estas historias. Afuera escucho caer la lluvia. Transcurren  los primeros días del mes de abril, cuando crecen las chacras y el maíz, lo cual avizora una buena cosecha de esta especie milenaria. Reverdecen las plantas y hay una explosión de color con el florecimiento.

A los nacidos en Cuenca nos dicen morlacos y nosotros respondemos con un verso: “Morlaco la morlaquía / porfiado quiere decir / yo he de porfiar y porfió / por la tierra en que nací…”.

Hernán es mi esposo por el lapso de 40 años y ambos estamos jubilados. Queremos viajar por nuestro maravilloso país, estudiar otro idioma, escribir con propiedad y creatividad, disfrutar con buenos amigos y  buenas lecturas, cuidar nuestra salud física, mental y espiritual,  cruzar por caminos nuevos.

Sabemos que las puertas están abiertas y podemos emprender el vuelo. Hemos cumplido con la vida y ella nos ha bendecido con tres hijos: Fabiola y Diana, que ejercen la medicina, y Javier, ingeniero hidráulico. Nos ha dado seis hermosos nietos, a quienes amamos inmensamente. Tenemos una familia a la que también queremos mucho y oramos por ella: es como una deuda social siempre latente.

Para Hernán el fútbol es su pasión. Lo practicó desde su niñez, pero ninguno de los nietos lo juegan. Han preferido el tenis de mesa, el hockey y la natación. Disciplinas en las que se han destacado. Nosotros apoyamos y respetamos sus elecciones. Sin embargo, les dejamos como legado todas las medallas obtenidas por nuestra participación en competencias atléticas.

Hacemos de la  caminata una rutina diaria por las orillas del río Tomebamba, entre los eucaliptos, cipreses, sauces llorones, cucardas y buganvillas.

Nos agrada recordar nuestras épocas de niñez y juventud: los juegos, la música, los artistas, las fiestas,  los profesores,  la férrea disciplina escolar, los éxitos y  los tropiezos.

Hernán cuenta: En mi niñez fui un “as” en el manejo del trompo y en el fútbol. Cuando jugaba con otros niños hacíamos piruetas para elevar del suelo tapas de gaseosa, aplastadas y  preparadas,  para que al contacto con el trompo volaran lo más alto y lejano. Algunas veces se estrellaban contra los vidrios de las vitrinas o de algunas ventanas, ante lo cual los jugadores desaparecíamos y volvíamos a aparecer en otro lado. Este juego de trompos era solo para varones, al igual que el fútbol. Si las mujeres se  atrevían a jugar les llamaban “machonas”, un feo apelativo con el que se pretendía satanizarlas. Hoy a las mujeres les encanta el fútbol y lo hacen con pasión, como Fernanda y Alegría Vásconez, quienes juegan en la Selección del Ecuador.

Yo, en cambio, recuerdo los juegos que hoy por tradicionales y formativos se pretende rescatarlos en las instituciones educativas: las canicas de colores, con las cuales se jugaba a la zapatilla, la semana, el avión, las rondas, la macateta, los marros, el quillillico, el lirón, salta la cuerda, el gato y el ratón,  las cometas, las chasqueras, el  columpio, las rondas, los colores, las prendas.

Otro juego se denominaba la cebollita, que consistía en sentarse en hileras de 10 o 20 niñas agarradas de la cintura, una detrás de la otra. La primera niña se agarraba del tronco de un árbol o de un poste y la más corpulenta intentaba desprender del grupo a cada una, iniciando por la última, ante los movimientos frenéticos de todas por no querer salir.

Reímos con nuestros nietos al recordar estos felices tiempos de su niñez.

Él dice: Cuando éramos guambras jugábamos con las bolas o canicas de colores, haciendo un círculo con un carbón y dentro colocando los pirulos, que eran  fréjoles de colores y si estos eran de color blanco con negro se llamaban vaconas, las más deseadas por sus llamativos colores y no muy comunes. Se tingaba o empujaba la canica con el dedo índice intentado expulsar los pirulos del círculo. El ganador llevaba a casa su funda de fréjoles que su madre cocinaba para la cena.

También recordamos que de niños participábamos en las comparsas de Año Viejo con payasos, guitarristas y bailarines. Era el payaso el que ponía orden y protegía al grupo blandiendo la morcilla de tela rellena de aserrín. En Carnaval se jugaba con agua, polvo y serpentinas. Los enamorados lanzaban globitos llenos  de agua a sus amadas, quienes se ubicaban en los balcones de las casas y desde allí los recibían. A veces, a estos noviecitos les fallaba la puntería, mojaban a la dama o destruían ventanales.

En el  Pase del Niño, tradicional en Cuenca, las madres vestían a sus hijos de cholitos, danzantes y de personajes navideños. Luego los colocaban en los carros alegóricos que desfilaban por la principal calle de la ciudad, la Simón Bolívar.

No era agradable para Hernán este episodio de su niñez, porque terminaba muy cansado, insolado y hambriento. Esta tradición continúa más arraigada por la presencia masiva de la gente de las diversas parroquias rurales de la ciudad.

Los priostes son los encargados de la organización. Cada grupo se esmera por arreglar el mejor carro alegórico y  la mejor comparsa, desde donde arrojan fundas de caramelos y juguetes a los espectadores. Esta tradición religiosa es un deleite para los turistas. Los extranjeros filman, toman fotografías y expresan su alegría y asombro por un espectáculo tan colorido que dura todo el día y que se prepara con dos o tres meses de anticipación.

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Nuestra primera hija, Fabiola, radica en Quito por motivos laborales. Por eso viajamos frecuentemente a esta ciudad y comprobar por qué es Patrimonio Cultural de la Humanidad, un destino turístico de primer orden, una joya nacional.

Nos encantan sus parques, plazas, iglesias, museos, valles, estadios, sus reservas ecológicas, sus montañas y miradores.

Hemos realizado largas caminatas por el parque Guanguiltagua, en el noroccidente, por el de La Armenia hacia el valle de los Chillos, por el de La Carolina en el centro norte, de Quito, y por el de Cumandá, en el sur.

Por la cercanía con la casa donde habitamos vamos con frecuencia el Parque de la Carolina, observando, conociendo y adentrándonos en cada uno de sus espacios y de su gente.

Cuando llegamos a la esquina de las calles Shyris y Eloy Alfaro observamos la estatua de un niño, quien a través de una manguera, como si estuviera orinando, llena con agua una laguna, artificial y pequeña. El niño, que parecería de unos 10 años, está en el centro. El agua fresca que esparce en destellantes y diminutas gotas provoca relax y paz.

Desde las caminerías se ven el césped bien cuidado, árboles jóvenes, otros añejos y hojas secas que inevitablemente caen. Por los senderos las personas corren, caminan y  ciclean presurosas. Unas van con sus mascotas, ataviadas con ropa deportiva, sombreros, gorros y mochilas.

Más allá está la Campana de la Paz Mundial, construida  en China y colocada en ese lugar dentro de una pérgola con reminiscencia y estilo orientales. Fue colocada allí el 17 de enero de 1999.

Causa profunda emoción hacerla resonar no con una cuerda, sino con un tubo travesaño junto a la campana. Cuando lo hice, recordé el significado de una campana: llama, une, congrega, convoca.

A pocos metros, hacia la izquierda, está la Faraona Criolla. Tiene alrededor de su cabeza una tela o capucha, al estilo de Cleopatra, y en su parte posterior se ubica un ojo gigante. Es la figura de una mujer gorda sentada, con las piernas recogidas hacia adelante, con exuberantes pechos desnudos. La mano derecha toca su abdomen y la otra se extiende hacia el costado.

Por el bulevar de las flores llegamos al monumento a Jefferson Pérez, en cuya placa se lee: Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos Atlanta 1996. Oro Marcha Atlética 20 km, Juegos Olímpicos Pekín, China 2008.

Jefferson fue un niño cuencano, vendedor de periódicos, que un día soñó ser el mejor. Hoy gerencia una fundación para niños que lleva su nombre y administra una empresa que organiza eventos deportivos como las 15K, Últimas Noticias en Quito y la 5K de las Huarmi Runner en Quito, Guayaquil y Cuenca.

Al sureste del parque se encuentra la laguna del Colibrí, que ocupa un área de 5.000 m2, aproximadamente, en cuyo centro se localiza un bar y el servicio de una treintena de canoas a pedal, en la que caben cuatro personas y cuyo costo es de cuatro dólares por canoa por cada media hora.

Es un hermoso recorrido en el que las dos personas que van adelante pedalean y una de ellas maniobra la palanca de conducción. Se tiene una bella sensación de escalofrío cuando se pasa por entre los surtidores de agua que recrean una cascada rodeada de colibríes de vibrantes colores.

En el recorrido se pasa por debajo de dos puentecillos donde se encarama la gente para tomar fotos.

En una ocasión iba una canoa con cuatro personas, dos niños y dos adultos. En la orilla apareció la abuela y todos los de la canoa, efusivamente y con insistencia, la invitaron a subir.

La señora aceptó y al tratar de subir desequilibró la canoa, que amenazaba voltearse y mandar al agua a todos sus ocupantes ante la mirada atónita de los espectadores que estaban listos para ayudar en caso necesario.

La abuela, con su medio cuerpo en el agua, pujaba para trepar y equilibrar la canoa. Gracias a la maniobra desesperada de su conductor, lo logró. Luego el equilibrio, luego la calma y una lección aprendida. Esa abuela era yo.

A un lado de la laguna está una hilera de kioscos con sus vendedores que expenden alimentos y bebidas. Son gente amable, alguna de la costa, muy afanada en ofrecer sus productos. La mayor parte de vendedores de comidas, artesanías y  pequeños comerciantes son mujeres.

Muy cerca de la laguna se encuentra el área para el skate y el rollerbike, deportes extremos en donde es indispensable el uso de patines, cascos, tablas de skate, rodilleras, coderas y guianza en el entrenamiento.

Conversamos con Alex, alumno del Borja 3, quien expresa que quiere ser un profesional para que una buena marca lo auspicie, pero que todavía debe practicar por lo menos un año más en las rampas, en los tubos y en los cajones.

En la pista se desliza una veintena de chicos con camisetas y gorras, haciendo piruetas. Unos se caen, otros se levantan y vuelven a intentar.

Por el bulevar de Las Flores llegamos a la pista de atletismo, cuya periferia tiene 800 metros. Si uno da cinco vueltas recorre 4 kilómetros.

Adentro está la zona de crossfit para acondicionamiento muscular. Un entrenador de box con sus pupilos y entre ellos una joven muy bonita y esbelta que se esmeraba en seguir las instrucciones de su entrenador: “saca la mano”, “gira la cabeza”. El entrenador es Humberto Sosa, quien hace del box una terapia de rehabilitación. Expúgil, medalla de plata panamericana, con galardones de bronce sudamericanos y bolivarianos.

A sus clases llegan gente de diferente tipo, edad y  clase social: profesores, amas de casa, comerciantes, expandilleros y quienes ven en el box una alternativa de crecimiento personal.

Formó el Club Sosa en el Atlantis Gym y da clases particulares. Una joven y bonita responde a nuestra pregunta: ¿por qué practicas este deporte? “Me ayuda a ser más disciplinada, tomar decisiones difíciles, a ser más organizada para cumplir con las responsabilidades. Requiere mucho sacrificio y  dedicación”. Otros juegan fútbol americano y otros béisbol, deportes no muy populares en nuestro medio.

Circunvalando la pista atlética llegamos al monumento de La Cruz del Papa, que tiene una altura de 20 metros y en su base tiene una placa con la siguiente inscripción: “En memoria a la visita apostólica realizada por el Papa Juan Pablo ll, Karol  Josef  Wojtyla, a nuestra ciudad, en enero de 1985. Julio 2015”. Este es un ícono de la ciudad y del parque.

Hacia el sur está el espacio para mascotas. Hermosos canes se deslizan por las pasarelas, esquivan las barreras, saltan los obstáculos y socializan entre ellos.

Una perra llamada Cony va el rabo entre las piernas y su cabeza baja. Su cuidadora, una venezolana llamada Libely, cuenta que la perrita pasaba sola todo el día, ya que sus amos trabajan.

En el lado este del parque se encuentra la pista de bicicross, donde  los niños y adolescentes entrenan bajo la atenta mirada de sus instructores y de sus padres.

Lía Sandoval, de 11 años, entrena desde hace cuatro. Es campeona panamericana, viajó al mundial de Colombia, donde quedó semifinalista, y tiene “un montón de medallas y trofeos”, según cuenta. Le apasiona tanto la bici que abandonó el tenis y el ballet.

Hay canchas de fútbol, tenis, voly, básquet, ráquet, todas ellas con césped sintético, pero dos canchas de voly para señores de la tercera edad siguen siendo de tierra, aunque a ellos parece no importarles.

El voly de los viejitos no solo es deporte, sino un espacio para sus ocurrencias y palabrotas. Se enojan, suspenden el partido, pelean, luego se abrazan, ríen y reanudan el juego. Más allá, otros juegan a las cartas, completamente absortos.

Por la calle Portugal y la avenida de Los Shyris está el Bulevar de la Quebrada, donde un letrero grande explica parte de la historia de Quito.

“Durante el verano el nivel de agua bajaba y quedaban extensos pantanos. Hace algunos años, Quito era una ciudad de quebradas. A los pies de las laderas del Pichincha se ubicaba la laguna Iñaquito, donde los patos se escondían entre los frondosos sigses. El nivel del agua bajaba y quedaba extensos pantanos, sin embargo cada invierno las aguas venían incesantes por la quebrada Rumipamba, aumentando el nivel de la laguna y la vida silvestre que en sus riberas se concentraba. Con el pasar del tiempo y el relleno de las quebradas, la laguna Iñaquito se fue secando y finalmente se consolidó como la hacienda La Carolina, propiedad de doña María Augusta Urrutia… En 1975 se estableció el parque de La Carolina, pulmón verde de la ciudad y corazón de los quiteños’’.

En este bulevar se recrea un lugar mágico, bellamente decorado, donde se observa una raposa gigante y un enorme colibrí que chupa una flor de taxo.

Antes de ingresar a este espacio se encuentra un cartel bellamente ilustrado: “Déjate llevar por los vibrantes colores y el movimiento del colibrí y siéntete afortunado porque Ecuador es unos de los países con más diversidad en esta especie, siente en el ambiente el aire que deja su vuelo y como poco a poco generan sus nidos en las plantas, sobretodo en la de taxo, que predominaban en este espacio. El emblema natural de Quito”.

En otro cartel se explica: “Raposa, marsupial nativo de Sudamérica, que emprende camino y huye despavorido una vez que se encuentra contigo. Ve como esta especie se enreda entre los sigses, que son su cálido hogar”.

La llamativa y frondosa flor de taxo es una planta frutal nativa, representativa de Quito.

En este espacio rodeado de jardines juegan los pequeñuelos, suben sobre la raposa, trepan en su cola y hacen piruetas mientras sus padres les toman fotos. Saltan y luego se deslizan por una red que aparenta ser un caracol gigante.

De la mano con mi esposo Hernán caminamos y observamos una escultura metálica de once chicos tomados por la cintura, que hace referencia al juego tradicional de medir fuerzas entre dos grupos homogéneos, quienes halan una cuerda en sentidos opuestos. Gana el que logra llevar a su lado al grupo opositor. Cada grupo debe tener el mismo número de personas.

En el Jardín Botánico se realizan cursos de agricultura orgánica, jardinería, proyectos educativos para estudiantes, con una exhibición permanente de orquídeas y un Museo Etnobotánico. En el Vivarium habitan ranas, tortugas, iguanas y serpientes.

Me siento orgullosa de que Ecuador es uno de los países más megadiversos del planeta. Ocupa el séptimo lugar en reptiles y el tercero en anfibios en el mundo.

“Debería fomentarse  la cultura museística en los niños para que puedan conocer e interpretar  los bienes culturales, entender la realidad, el patrimonio. Los museos deben ser sitios de encuentro e inspiración, nada serios ni solemnes”, reflexiona Carmen Cordero, museóloga. 

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Por La Carolina circulan personas que visten uniformes. Otras, trajes deportivos. Otras usan gorras, sombreros, pañuelos, ternos, ponchos, pantalones cortos, delantales.

Unos corren, otros trotan, otros caminan, anuncian, leen, conversan, juegan, ríen, preguntan, descansan, venden, comen, beben, pedalean.

En el parque hay ferias, exposiciones, eventos y espectáculos artísticos que congregan mucha gente. Aquí no se ve gente de clase alta o adinerada. Ellos tienen sus clubes recreacionales privados.

La Carolina parece un pequeño Ecuador: vendedores en kioscos o ambulantes, turistas, estudiantes, deportistas, jugadores, burócratas, lectores, fotógrafos, ciclistas, guardias, policías, malabaristas, guitarristas, enamorados, niños, jóvenes, ancianos, heladeros, obreros y jubilados como yo y mi esposo.

Así vivo Cuenca. Así vivo Quito. Así vivo el país.