Por ELBA LUZARDO.

En medio del olor a desinfectante del piso recién trapeado nos levantábamos de nuestros asientos e íbamos a la ventanilla.

Cada media hora asomaba una enfermera para pedir medicamentos o apiadarse de alguien que no haya alcanzado el horario de visitas para dejarle ver a su familiar.

Veinte minutos. Este era el tiempo con el que se contaba en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) para ver a quien estaba adentro.

Si quería ver a mi padre debía levantarme de la colchoneta ploma que extendía sobre el piso para sentarme, correr al baño y luego ponerme un delantal médico.

—Corra niña, vea a su papito y si la ve mi marido, dígale que estoy afuera—, me decía la señora Jacqueline.

—Ya, señora Jacqui, le diré que a usted también la dejarán entrar—, le respondía.

Cinco personas más y yo esperábamos a diario noticias de nuestros familiares, fuesen buenas o malas. La expectativa era, siempre,  que alguien se asomara por la ventanilla.

Cuando aquella espera se convertía en angustia recordábamos lo que nos decían los médicos: la gran mayoría de pacientes de la UCI solo tienen 40% de probabilidades de recuperación.

Algunos familiares contaban anécdotas de cuando sus enfermos estaban sanos. Otros, menos serenos, llamaban temblorosos y angustiados a más familiares. Otros prendían velas en el altar de la sala.

Y otros, como yo aquel diciembre del 2014, ya nos habíamos acostumbrado. Lo único que hacíamos era quedarnos de pie, esperando, cerca de aquella puerta.

Mirábamos durante largo tiempo el letrero UCI-IESS hasta que el reloj avanzara y se comiera el día, mientras las horas transcurrían y se escuchaban nombres de todos los santos.

Ni en las iglesias de la ciudad había visto tantas estampas religiosas juntas. La fe y la esperanza se mantenían, aunque se borraban por ratos.

Ahí estaban…

En el humo de las velas, en las manos de quienes oraban y se negaban a volver a sus casas, pero, aún más, en los enfermos.

El esposo de Jacqueline, un anciano que tenía un desfibrilador a su lado. La niña que se había partido la cabeza y aún no despertaba. Mi padre que llevaba días entubado.

Los intensivistas eran alabados y cuestionados. Como si la vida de nuestros familiares solo dependiera de ellos.

—Sería bueno que con una pastilla pudieran curar a todos—, repetía a diario Jacqueline. Los demás la mirábamos.

Con quienes más hablaba era con nosotros junto a las paredes de yeso. Su esposo, Pablo, abaleado durante un robo, llevaba ya medio mes allí y ella solía decir que tenía el presentimiento de que pasaría Navidad en la UCI.

Yo la miraba. “Quisiera tener su ánimo” me decía a mí misma. Nunca se le terminaban las fuerzas y estaba segura que su esposo saldría de allí sano.

Pero yo no podía. Veía viejo a papá para la edad que tenía. Su enfermedad lo estaba consumiendo y aunque no tenía mayores esperanzas me negaba a ir a casa y dejarlo solo. Mi familia decía que en la UCI siempre iba a estar cuidado, que no era necesario permanecer allí.

Era cierto que lo cuidaban, pero aun así yo no me marchaba. Quería estar presente cuando las enfermeras llamaran el instante que él despertara, que me viera y supiera que los demás no estaban, pero yo sí. Que me dijera que me quedase junto a él, como cuando yo era niña y tenía pesadillas y él estaba a mi lado.

Extrañaba tanto mis pláticas con él. En cada visita quería acostarme a su lado y pedirle que despertara porque ya debíamos irnos. Decirle que no soportaba ver tantas velas en la capilla. Que la sala empezaba a dolerme.

Pero esos 20 minutos no me daban tiempo a nada. Aunque estaba todo claro, en cada visita a la UCI, apenas entraba los médicos me decían “hoy tampoco despertó”.

Yo me preguntaba cuándo lo haría. Papá se notaba abatido, solo tenía una pierna, seguía sin despertar y la sepsis se mantenía.

Los médicos me habían explicado que la sepsis es una respuesta inflamatoria del organismo ante una infección grave, que puede llegar a ser mortal si no se trata a tiempo y de forma adecuada.

A ratos mis ojos se llenaban de lágrimas y me faltaba el aire, me faltaba mi padre, me faltaba la vida. El cura que ofrecía misa me miraba mientras pedía que Dios sanara las almas nuestras y las de los enfermos.

-Dios, ¿dónde estabas? ¿Por qué no curabas a mi papá, a Pablo y a todos los pacientes?

Cuestionaba a Dios en silencio, durante los días difíciles. Perdía la fe y me derrumbaba.

No encontraba respuesta o quizás siempre me negué a una, a entender que así es el paso de una ser humano por la vida. Solo es eso, un paso, y quizás a esos cinco pacientes de UCI ya se les estaba acabando el camino.

No estaba segura de nada, mucho menos en ese lugar donde las emociones se mezclaban como un huracán.

Yo entraba a recibir el informe médico. A veces me decían su familiar se encuentra estable. Otras, está a punto de salir de la sala. Y, otras, la peor noticia: no responde al tratamiento.

Y así era. Papá no respondía al tratamiento.

Faltaban pocos días para Navidad y tras el último informe yo me había quedado sin respuestas, acostumbrada a mirar los movimientos de los labios del doctor, sin escuchar. El sonido de los equipos médicos me parecía más fuerte que las palabras.

Salía del cuarto y daba paso a otro familiar mientras el manubrio de la puerta se había vuelto más frío.

Después solía tomar un poco de aire fresco. Evitaba las preguntas de mis compañeros en la sala de espera. Jacqueline ya me conocía, había aprendido a identificar cuándo deseaba hablar y cuándo no.

Si me veía salir luego de hablar con el doctor, antes de que alguien preguntara algo ella decía:

– Niña, si la enfermera la llama, yo le timbro.

Yo ni la miraba y bajaba las escaleras a prisa. En el primer descanso me detenía, pero las lágrimas ya humedecían mi ropa.

Quería gritar, golpear, destrozarlo todo. Fueron muchas las veces que había rezado por mi padre. El doctor decía que lo siguiera haciendo, que la fe nunca se pierde, pero también me decía: “La sepsis es grave, produce la muerte de 1.400 personas al día en el mundo. Estamos evitando que su padre sea uno de ellas. Confíe”.

Confíe, confíe, confíe… Las palabras del doctor retumbaban en mi cabeza mientras lloraba junto al vidrio del extintor que colgaba de la pared en la escalinata.

Limpiaba mis mejillas y regresaba. Nadie podía estar mucho tiempo fuera de la sala de espera.

Siempre se necesitaba algo: ampollas de omeprazol, pañales, antibióticos o pintas de sangre. Tampoco nos movíamos porque debíamos esperar la orden de los 20 minutos.

Así pasaba el día en la UCI, entre esperas, oraciones, visitas, reportes médicos y cafés que se compartían por las noches en un termo mientras esperábamos que al día siguiente los milagros se acordaran de quienes los necesitábamos.

Para esas fechas éramos muchos los que esperábamos un milagro. Jacqueline decía que para el 24 de diciembre (Nochebuena) mandaría a preparar un pollo porque en esa fecha no debíamos pasar tristes.

—Ya llevamos aquí días, somos como una familia. Si nos toca estar el 24, preparamos algo. No celebraremos como de costumbre, pero servirá para pasar la noche—, dijo aquella vez, con una sonrisa, la señora Jacqui.

—¿Usted cree que sigamos aquí para esa fecha?

—Faltan 13 días. Si nuestros enfermos no mejoran, nos tocará.

“Ya, preparemos”, dijeron en coro los demás compañeros de sala. Yo los escuchaba. Jamás creí estar en un hospital en épocas como esas. Pero me gustaba la gente que me acompañaba. Nunca perdían la fe y a medida que avanzaba el tiempo me enseñaban que en estos casos la unión ayuda mucho.

Mientras aprendía a soportar el frío de las madrugadas, los reportes sobre unos pacientes cambiaban.  A Pablo estaban por bajarlo y Jacqueline estaba muy contenta. Recogía sus cosas y nos recordaba que quienes nos quedáramos siguiéramos en marcha con lo del 24.

Nos despedimos. Su esposo nos hacía señas con una mano. “Yo también quiero bajar”, susurré. Jacqueline volteó y dijo que pronto todos bajaríamos. Volví al puesto que era mío desde hace algún tiempo a seguir esperando.

Faltaban nueve días para Nochebuena y yo le cantaba al oído a mi padre en cada visita. Sabía que me escuchaba, que despertaría.

El lunes 15 me llamó el doctor Mendoza. Me senté frente a él, como de costumbre. Me miró en silencio, un largo silencio, un silencio que me decía muchas cosas.

-Pasó algo con mi papá-, le pregunté.

– Sí, despertó. Ya no necesita estar entubado-, Me respondió.

No supe qué decir, llevaba tanto tiempo esperando esa noticia.

El doctor me decía muchas cosas mientras yo hacía esfuerzos por escucharlo, pero había pequeñas desconexiones en mi cabeza.

Lo único que pensaba era que papá saliera de ahí. El doctor dijo que no podría verlo hasta la mañana siguiente, porque estaba en controles con otros especialistas. No me importó esperar porque ahora era diferente.

Salí y no fue necesario contar nada. En mi rostro se expresaba la buena noticia.

Todos agradecieron en mi nombre a los santos y me quitaron de la lista de quienes pasarían ahí Nochebuena.

Al día siguiente una enfermera me llamó y me dijo: “No hay 20 minutos, tendrás todo el día para ver a tu papá. Hoy baja”.

Salté, grité, lloré, pero las lágrimas tenían una sabor diferente. Recogí todas las cosas y las guardé en la maleta que tanto esperó para ser usada de nuevo.

Mientras salía la camilla de papá miré a mis amigos. Dejé la colchoneta gris a don Lucas, el abuelito de la nena que aún no despertaba. Le dije que muchas veces no lloré gracias a la fuerza de él. Agradecí a todos con un abrazo y me fui de la UCI prometiéndome no volver nunca a ese lugar donde la muerte parece estar cerca, demasiado cerca.