Por JORGE AMPUERO VACACELA

Estás dentro de una gran bestia de metal que serpentea de norte a sur abriendo sus fauces para que engullir y vomitar a decenas de individuos sin rostro a las que nunca termina de masticar y digerir.

Por 30 centavos tomaste la Metrovía en la estación de Bastión Popular y te diste una vuelta completa…

Nada más empezar el recorrido te enteras de la clase de objetos humanos que la frecuentan.

Jóvenes que calzan tenis de marca, pero que sus manos rudas delatan su oficio de albañil.

Abuelas que duermen con la boca abierta mostrando sus dentaduras incompletas mientras sueñan en pos de quién sabe qué recuerdo.

Ejecutivas con carterones que sonríen sin despegar sus ojos y sin dedos del celular y colegiales que entonan canciones en inglés de las que no entienden ni el título.

Unos fingen mirar el paisaje urbano a través de las ventanas grasientas e ignoran a las embarazadas o ancianos que luchan por un puesto.

Otros desfilan por el estrecho pasillo y muestran sus sobacos peludos, blanqueados con Nodor, que apenas hace efecto.

Y otras, como las jovencitas de agraciado cuerpo y apretados jeans, que arriesgan su integridad al dejar que se acerque algún contumaz libidinoso.

Hay mujeres gordas cuya misión parece ser la de pisar callos y los que, excedidos de comidas de mal olor y sabor reparten sus flatulencias por todo el ambiente del bus.

Y como encuentras individuos de todo tipo, hasta llegas a observar a sujetos con libros bajo el brazo, a quienes se les ocurre hablar de la insoportable levedad del ser o del jardín de los senderos que se bifurcan.

A ellos, desde luego, nadie los toma en cuenta, porque, ¿a quién se le ocurre leer un libro dentro de la gran bestia de metal que te traga y te escupe, que te escupe y te traga?