Por LEONARDO CEBALLOS *

La primera vez que Lourdes murió acababa de cumplir cuatro años. No recuerda muchos detalles de aquello, solo que le dolía el cuerpo y de un momento cayó en un sueño profundo, sedante.

La velaron dos días, encima de una mesa de madera.

Su familia no tenía dinero para el ataúd y esperaba la ayuda de los vecinos para el sepelio.

Al segundo día, en la mañana, Lourdes despertó sobresaltada, como queriendo capturar el aire con la boca.

En pocos segundos la sala de su casa, llena de vecinos y familiares, quedó vacía.

Solo su madre se atrevió a tocarla y luego llevarla a un médico. En el hospital le dijeron que había sufrido catalepsia, una enfermedad que inmoviliza el cuerpo y hace parecer que la persona que la sufre está muerta.

Pero su primera muerte no le dolió tanto como la segunda. En esta muerte tenía 12 años. Vivía en una zona rural del cantón Santa Ana.

Su padre, un hombre de campo, rudo y machista, estaba convencido de que las mujeres solo servían para cocinar, tener sexo y criar hijos.

A los 12 años empezó a manosearla. Cuando su madre salía al mercado, él la llevaba al cuarto y tocaba sus partes íntimas.

Lourdes no comprendía por qué lo hacía. De lo que sí está segura es que a los 12 la mató en vida.

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Marzo del 2017, mes de la Mujer. En Manta el salón municipal está lleno, 100 personas más o menos. Hay una charla de violencia intrafamiliar. Expositores, psicólogos, analistas. Testimonios, víctimas.

Lourdes es una de ellas y ha decidido guardar la historia de sus dos muertes.

Le han pedido que diera su testimonio. El auditorio espera en silencio.

Lourdes  titubea. Mira a su alrededor, acerca al micrófono y empieza a hablar.

– Fui maltratada desde mi infancia. Mi padre le pegaba a mi madre, mi esposo me pegaba a mí y así anduve por la vida. Pero lo que les puedo decir es que he superado todo con la ayuda de Dios. Ahora soy cristiana y mi mundo es distinto. Todas podemos dejar de ser víctimas de la violencia.

El público aplaude y murmura. Quizá esperaba más del testimonio.

La moderadora le agradece. Le dice que es valiente.  Ella sonríe y vuelve a sentarse.

Le pregunto si puedo entrevistarla.  Dice que sí. Salimos del auditorio

Ella es una mujer bajita, un metro 60. Lleva una falda que llega hasta los tobillos. Piel canela, ojos cafés.

– ¿Se puso nerviosa? ¿Por eso habló poco?

– Así es, es que si contaba mi historia completa  íbamos a terminar llorando todos. Se lo resumo, a mí me dieron por muerta, fui abusada sexualmente, huí de mi casa, me maltrataron y aún sigo viva. No me alcanzaría el tiempo para contar todo.

La historia de Lourdes es un doloroso recorrido por el machismo enraizado en una sociedad.

Aquel que luego se convierte en violencia y que en lo que va del año ha matado a 15 mujeres en el país.

Ita de Jervis es una psicóloga residente en Estados Unidos. Atiende problemas de violencia intrafamiliar. Ella señala que el problema de la violencia y el machismo está arraigado en los ecuatorianos.

– Es como una costumbre: nos enseña los roles de cada uno.  Se crean los estereotipos de que la mujer siempre debe estar en la casa y el hombre trabajando, que las muñecas son para las niñas y los balones para los niños. Entonces, cuando hay un choque, aparece el machismo, generador de problemas y conflictos familiares.

Ita cree que el tema de la violencia a la mujer debe ser tomado como un asunto de salud pública.

– Hay  abuso sexual y se requiere un psicólogo y un ginecólogo. En casos de golpes se requiere de un traumatólogo o médico general. Ahora todos esos costos los está asumiendo la víctima o se busca fundaciones que ayuden.

Ita nació en Chone, Manabía, pero lleva 20 años viviendo en Estados Unidos, trabajando en organismos estatales. Ella le da un giro al tema de la violencia y considera indispensable que se trabaje con los hombres.

– Hay que cambiarles la mentalidad- dice mientras lleva sus manos a la cabeza y frunce el ceño-. ¿Cómo le cambiamos el chip machista  a una sociedad? ¿Cómo hacerlo si vengo de una familia agresiva?

– Con charlas, capacitaciones en escuelas, colegios, universidades y barrios. Tenemos que empezar por algo. Hay que iniciar con los hombres. Estamos enseñándoles a las mujeres a defenderse, pero, ¿y si mejor les enseñamos a los hombres a no pegarles?

Es que todo esto inicia cuando el padre le dice a la hija que solo sirve a la cocina o cuando maltrata a su madre al frente de todos los hijos.

Aquello le sucedió a Lourdes.  Cuando cumplió 14 años entendió que su vida estaría marcada por el machismo y la violencia. Por esos años le dijo a su padre que dejara de tocarla y él le respondió que no y que si le contaba algo a su madre las mataría a las dos.

Lourdes pensaba que nadie en la casa se había dado cuenta de lo que sucedía. Hasta que su madre, poco después de que ella cumpliera 15 años, le pidió que huyera con el primer hombre que le propusiera ser su “novio, marido o lo que fuera”.

– Nunca olvidaré la cara de mi madre, lloraba mucho. Me pidió perdón y me dijo que sabía lo que pasaba. Solo que no decía nada porque mi papá le pegaba y tenía miedo de que al reclamar nos matara a las dos.

Y así ocurrió. Lourdes se casó a los 15 años con un muchacho que en ese entonces tenía 18. Ella pensó que su pesadilla había acabado, pero apenas empezaba.

Tres años después, y ya con un hijo, le propinó la primera paliza.

– Me pegó con un cinturón, hacía que me arrodillara y siempre me sacaba en cara que él me había rescatado de mi padre. Yo no decía nada. Tenía miedo, porque cada vez que llegaba borracho se ponía violento.

Las cosas siguieron igual por dos años más y luego Lourdes terminó separándose. Huyó de su casa con su hijo y no regresó jamás.

– Lo dejé y decidí empezar mi vida nuevamente. Llegué a Manta a trabajar, sola, con mi hijo. Años después conocí a otro hombre. Con él tenemos dos hijos y las cosas han cambiado, él no me grita, tampoco me pega.

Lourdes sonríe al hablar de su actual relación. Dice que ama a su  esposo. Que es el primer hombre bueno que ha conocido en su vida.

Suspira, deja salir un par de lágrimas.

– No crea que es tristeza, estas son de alegría.

Adentro, en el auditorio, los asistentes siguen con sus relatos. Hablan de denuncias, trámites y familias destruidas.

Lourdes dice que debe volver al auditorio, pero puntualiza que agregará algo a la charla. Se lo dirá al oído a uno de los expositores.

– Creo que también se debe hablar de perdón. Yo ya lo hice.

Más de 25 años después y a pesar de todo lo que le hizo, Lourdes cuida a su padre. Ahora es un hombre anciano, ciego y golpeado por la diabetes. Depende de ella hasta para comer.

Lourdes, la niña a la que mataron dos veces, asegura que logró perdonarlo.

– Es como empezar de nuevo- dice. Es su resurrección.

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-Tus papás están muertos-, dijo su tía del otro lado de la línea telefónica- Ven a la casa, están muertos, mijo. Tu papá la mató y luego se ahorcó.

Eran las seis de la tarde.  Esteban recuerda que no tuvo reacción.

Algo, no sabe qué, se rompió dentro de su pecho.

– ¿Has sentido ese vacío en el estómago cuando te dan una mala noticia?- pregunta mientras lleva sus manos al abdomen. Ese golpe en la nuca y el temblor en las piernas que no saben en qué momento te dejarán de responder. Eso me sucedió.

Esteban encontró la noticia imposible. Había visto  a sus padres en la mañana. El papá salió  a trabajar y la mamá quedó en casa, limpiando la sala.

En ese instante, aún con el teléfono en la mano, recordó también la pelea que ambos tuvieron un día antes y donde hablaron de separación. También le llegó a la mente unas palabras a las que en ese momento le encontró sentido: “Te voy a matar, no me provoques, si me dejas te voy a matar y luego me mato yo”, había gritado su padre en la discusión.

El muchacho salió corriendo de la Facultad, tomó un taxi y 20 minutos después se hallaba en su casa, ubicada entre los límites de Manta y Montecristi.

Es una vivienda de una planta, con un pequeño patio delantero rodeado de una cerca de madera.

Afuera, un grupo de policías habían creado un perímetro con cintas de peligro.

Esteban llegó llorando y tres agentes lo detuvieron.

– Señor, quién es usted, a dónde va-, le dijeron mientras lo agarraban de los brazos.

– Déjame pasar, son mis padres, déjame pasar.

Los agentes lo sostuvieron con fuerza.

– No puedes pasar, criminalística está adentro trabajando y puedes alterar la escena del crimen. Espera un momento.

Esteban se sacudía como gato para que lo soltaran.

-Déjame entrar, hijueputa. Suéltame. Quiero verlos, quiero ver a mi madre.

Los policías amenazaron con detenerlo y entre la multitud un hombre gritó: Deja al pelado, cómo lo vas a llevar preso si se le murieron los padres, suéltalo, déjalo pasar.

Otro grupo de vecinos se unieron al reclamo. Hubo forcejeos para que lo soltaran. Al final lograron calmarlo y los agentes lo dejaron ir.

Esteban lloraba recostado en un poste de luz, a un lado del cerramiento del patio de su casa. Parecía tranquilo, pero en un instante, cuando los agentes de criminalística cruzaron la puerta de la vivienda con sus trajes blancos, Esteban saltó la cerca y entró a la vivienda sin que ningún policía pudiera detenerlo.

Desde afuera, a través de una ventana, se lo veía abrazar el cuerpo de su madre. Le besaba las manos y luego, tras colocar su cabeza en la barriga, empezó a gritar. “Mamá, no mamá, porqué te mataron, por qué mamita”.

Nunca tocó ni miró el cuerpo de su padre.

Dice que no tenía por qué hacerlo.

– Acaba de matar a mi mamá y eso jamás se lo voy a perdonar.

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La primera vez que se habló de femicidio en el país, fue después del 20 de febrero del 2013, luego del asesinato en Quito de Karina del Pozo.

La  joven de 20 años fue hallada muerta, con signos de tortura y agresión sexual en una quebrada de la población de Llano Grande, nororiente de Quito.

Hubo marchas y se advertía que lo mismo ocurría en otras ciudades. Desde entonces se incluyó al femicidio como delito dentro del Código Orgánico Integral Penal.

Actualmente las cifras se han duplicado en relación al mismo periodo transcurrido en el año anterior.

En lo que va del 2017 han matado a 15 mujeres; sus parejas o ex parejas las habrían asesinado. En el mismo periodo del 2016, se registraron 8 casos, según la Policía.

Andrea Capello lidera en Manta  el Departamento de Violencia Intrafamiliar (Devif).

lla señala que están aplicando métodos para evitar los asesinatos, pero  es difícil determinar cuándo van a suceder.

-Capacitamos a las mujeres en defensa personal, les pedimos que cambien de rutas, incluso les activamos un botón de pánico en el celular, en unos casos resulta, pero en otros no.

Melissa M. Un nombre, una letra que se supone es su apellido víctima de violencia. Ella  tenía activado este botón, pero fue asesinada en Manta en junio del año pasado. Tenía una boleta de auxilio para evitar las agresiones de su ex pareja. Pero el asesino la encontró en la calle y le dio dos puñaladas.

Más  600 mujeres tienen uno de estos documentos y están dentro de un programa que maneja el  Devif.

El botón de pánico es la activación en el celular de un número, que al ser presionado, envía una alerta a la UPC más cercana, para que la mujer reciba ayuda.

Andrea Capello dice que los agentes ya tienen una base de datos con nombres y direcciones  por lo que enseguida acuden a la vivienda de la víctima.

El problema ocurre cuando están en la calle, ya que lo pueden presionar, pero el policía acude inmediatamente a la casa, no al sitio donde se hallan fuera de la vivienda.

Otro factor determinante es que en algunos casos el asesino opta por suicidarse.

Ronald Intriago, docente universitario y sociólogo, cree que hay algo más que machismo para que un hombre se suicide luego de matar a su mujer. Él se inclina por la hipótesis del miedo a no saber qué hacer.

– Es simple, mata a su esposa. Tal vez fue planeado o tal vez un impulso, pero luego no sabe qué será de su vida. La mayoría de esta gente nunca ha matado a nadie. No se trata de un asesino profesional que acaba con la vida de alguien y luego va a la esquina y se toma una cola. En estos casos, los de femicidio, es su primera vez.

“Entonces no saben cómo manejar el asunto y optan por suicidarse”.

Esteban no sabe por qué su padre cometió el crimen. Tampoco quiere saberlo. Lo único que  sabe, y de lo que tiene certeza, es que la mató de una puñalada y luego se suicidó colgándose de una viga.

Esteban hace una pausa. Lleva su mano derecha al rostro y seca sus lágrimas.

-¿Por qué quieres saber esto? -pregunta-. Cada vez que lo recuerdo vuelven las interrogantes que siempre trato de no hacerme. No es fácil que tu padre asesine a tu madre. La gente le dice femicidio, yo creo que es mucho más que eso, es el crimen de un hogar, de toda una familia.

Esteban tiene 24 años y era hijo único. Es un muchacho flaco, mide un metro 80, de voz sonora y hablar pausado. Hasta el año pasado su familia siempre lo comparaba con  su padre. Decían que eran iguales físicamente. Que tenían la misma forma de caminar e incluso que posaban igual en las fotos. Pero eso era hasta el año pasado, antes de que matara a su madre.

Ahora Esteban, sentado en el muro de un portal afuera de la casa de una familiar, está confundido.

-No quiero que me digan que me parezco a él. Es más, tengo su mismo nombre y apellido, pero no lo quiero llevar. Por eso  a todos mis amigos le pido que me llamen por mi segundo nombre, Esteban, el primero ni siquiera te lo voy a decir. Además a mi familia tampoco le gusta que hable de esto.

Una tarde de agosto del 2016, horas después de que mataron a su madre, su teléfono empezó a sonar. Era una llamada insistente.

Esteban colgaba, intentando no interrumpir la explicación que ese instante realizaba su profesor en la universidad.

Activó modo Silencio. Pero segundos después, agobiado por la duda, pidió autorización y salió de clases.

Fue entonces cuando contestó el teléfono y al otro  lado de la línea escucho decir: “Tus papás están muertos”.

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* Leonardo Ceballos tiene una vida periodística cortísima. Antes de dedicarse a escribir, vendió calzones en el mercado de Tarqui durante cinco años. Tiene 29 años, es reportero en Ediasa desde el 2008. Labora en Diario La Marea, periódico popular que circula en Manta, Montecristi y Jaramijó. Le apasionan la lectura y la crónica.