MARÍA JOSÉ PINARGOTE.

Mi historia quizás no sorprenda, pero es mi historia. Es la historia de Rubén y es la historia de Amel.

Mi historia la habrán vivido muchas mujeres jóvenes, pero en cada una hay hechos singulares que hacen de cada vivencia una experiencia única.

Por eso estoy aquí. Para contarla. Para compartir dolores y alegrías. Para enterarme yo misma de que he sido y de lo que soy.

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De las más de 7 millones de mujeres ecuatorianas, 3.645.167 son madres. De ellas 122.301 son adolescentes, dicen los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en el 2010.

Según el rango de edad, el 3.4% de madres tiene entre 12 y 19 años, es decir, 122.301 madres son adolescentes. En el 2001 el número era menor: 105.405.

El embarazo adolescente ha ido en aumento según UNICEF Ecuador. Los embarazos de madres adolescentes han ido en ascenso para ubicarse en el 7%. Yo quedé embarazada tres meses antes de los 20, así que formo parte de las miles de madres adolescentes en el país.

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En un día en que no recuerdo con exactitud empecé a sentirme algo enferma. Aún no sabía qué era: tenía presunciones de asma o dengue, pues me sentía cansada y adolorida.

Era mayo del 2015. Yo cursaba el cuarto semestre de periodismo en la universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí, en Manta.

Llevábamos de novios casi dos años con Rubén. Él tenía 29 y yo 19, pero la diferencia de edades no importaba, sabíamos cómo tener una buena relación, disfrutar de los momentos juntos, apoyarnos en las distancias.

Rubén es alto, dulce piel canela, cabello indomable, ojos almendrados y pestañas rizadas. Me encanta. Siempre hace actividad física. Es curioso. Ama leer y aprender.

Yo soy delgada, un fideo de piel blanca. Mi cabello es castaño claro, largo y abundante. Mi cara es fina, mis ojos grandes y expresivos. Disfruto de escribir, charlar e investigar.

En aquellos meses realizaba un programa de variedades en una radio on-line, de 12:30 a 13:30.  Me llamo María José y producíamos el espacio con una compañera de clase, María José Pinoargote. Debido a la coincidencia de nuestros nombres decidimos bautizar el programa como “Miscelánea con las Majos”. En el espacio hablábamos al público sobre distintos temas.

El viaje que realizaba desde la casa de mis padres hasta mi trabajo y universidad duraba hora y media. Yo vivía en San Gabriel, comunidad de  Ríochico, parroquia de Portoviejo.

Para trasladarme a Manta debía salir de casa a las 10:30. Tomar un autobús que me trasladara al terminal durante 30 minutos, luego otro bus por 45 minutos más y, finalmente, en taxi hasta la radio.

Después del programa salíamos a almorzar con los compañeros de la universidad y luego a clases, de 15H00 a 21H00.

Mis padres no aceptaban que saliera con Rubén, así que lo veía por las mañanas o después de clases si salía temprano. Cuando no había clases nos íbamos a la playa o veíamos películas.

Rubén trabajaba como maestro de teatro en un laboratorio de arte en la Universidad San Gregorio de Portoviejo. Cuando yo tenía libre en la universidad, también iba allí.

Solía compartir también tiempo con sus amigos del grupo de teatro Contraluz de Portoviejo. Fui acercándome a ellos a medida que iba conociendo a Rubén y me la pasaba genial.

A inicios de junio no me llegaba la menstruación y con Rubén comenzamos a tener la presunción de un embarazo.

Rubén compró la prueba en una farmacia cercana al departamento. Vivíamos cerca de la Clínica San Antonio y era muy fácil conseguir una prueba entre tantas farmacias. Recuerdo su costo: seis dólares y algo más.

Nos dirigimos a su departamento y ya en la intimidad nos dispusimos a salir de la duda que nos enfriaba hasta los huesos. Una atmósfera de silencio y dudas se respiraba en la habitación.

Aquella mañana había un clima templado, propio de mayo en la costa. Hablamos de que verdad queríamos ser padres y estábamos dispuestos a cuidar de ese bebé.

Al depositar las gotitas de mi orina en la prueba vimos, en instantes, dos líneas rojas.

El examen era positivo. Él besó mi vientre y yo viví un momento nuevo, una esperanza, un futuro.

Él sonreía. Era como un estado de perplejidad acompañado de risas y lágrimas. Nos abrazamos, muy fuerte, nos besamos y nos dijimos muchas cosas tiernas. Aún ahora guardo la prueba.

Lo tuvimos claro: el bebé sería recibido con amor y alegría.

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Contar a mis padres sería difícil, así que esperamos el mejor momento para hacerlo: después de que Rubén viajara a Quito a un taller de teatro. En mi familia somos seis: mis papás, Fernando -el mayor, de 31-; yo, de 21; Cristina, de 18; y José, de 14.

Una noche de agosto estábamos en la sala. Rubén vendría a hablar. De nuevo viví ese ambiente como una cuerda a punto de romperse. Mi mamá, enojada; mi papá igual. Era un sinfín de reproches.

Y yo derrumbada y sola, apenas con la fuerza y la certeza de que Rubén estaría conmigo, pero cargar la culpa de decepcionar a los padres no es algo que un hijo quiera llevar para siempre.

Llegó Rubén, cerca de las siete y media de la noche, con camisa roja y pantalón largo, oscuro. Muy bien peinado, demasiado para mi gusto.

Habló de que sería responsable y que formaríamos una familia, pero mi papá refutaba diciendo que yo no era una mujer de oficio (es decir que supiera hacer todas las cosas de la casa).Yo no dije nada. Fue la primera semana de agosto. La sala era un caos anímico. Hubo llantos, decepciones, enojos, resentimientos, gestos desconcertantes, risa que en realidad expresaba lo nerviosa que yo estaba.

Al final de la corta plática se acordó que yo viviría con Rubén y que al día siguiente, por la noche, me iría.

Me fui y estaba feliz y tensa, una mezcla extraña de sentidos. Rubén esperaba afuera, nadie de la familia se despidió de mí. Salí y lo abracé fuerte. Íbamos camino a una vida juntos.

Su departamento ya lo habíamos adecuado. Ya tenía mi parte del closet, compartiríamos el departamento con Luis, un compañero de teatro de Rubén. Estaba en un tercer piso con ventanas gigantes y en media ciudad, por la avenida Manabí. Llegar a vivir allí no se me hizo extraño, más bien percibía en mí paz y confort.

Los controles prenatales empezaron. Una amiga de Rubén nos aconsejó la Maternidad de Andrés de Vera, en Portoviejo. Ingresé mis datos, abrieron carpeta y me dieron cita, todo de la mano de mi amado.

Fue un trato que no esperaba de un servicio público. la doctora fue amable, nos solucionó dudas, dijo que mis náuseas eran normales, que el bebé necesitaba la compañía de su padre y que lo más importante era que yo estuviera tranquila.

Ya liberados de la tensión y establecidos en una nueva vida que comenzábamos juntos, yo lo tenía todo: mi bebé y mi Rubén. Sabía que no iniciábamos un camino fácil, sino una cuesta arriba donde habría buenos y malos momentos.

Aunque todavía llevaba el dolor de haber decepcionado a mis padres, por dentro sentía tranquilidad y estaba dispuesta a luchar.

Rubén me acompañó a los controles y estuvo en todas las visitas. Era un padre muy comprometido con nuestro bebé, leíamos Babycenter.com para conocer más cómo ser padres.

En septiembre, ya con cuatro meses de embarazo, no tenía barriga y acababa mi cuarto semestre.

Vivíamos la ternura de la espera, el regocijo de tenernos el uno al otro para recibir al bebé, una luz que venía a poner más luz en nuestras vidas.

Durante la convivencia nos conocimos más, aunque había que tener paciencia. Nunca discutimos con brusquedad. Si uno de los dos se equivocaba el otro le llamaba la atención.

Rubén me recomendaba hacer ejercicios prenatales para estar en forma en el parto. Vi algunos videos en youtube, pero nunca hice nada. Mi idea era descansar, consentirme y estar tranquila. Solo eran excusas, nunca he tenido afinidad para el ejercicio.

La familia de Rubén me recibió con cariño y calidez. Hicieron que me sintiera en casa. Mi familia, poco a poco, superaba el dolor e intentaba dar vuelta a la página y estar atenta a mi embarazo.

A finales de septiembre, un día antes del cumpleaños de Rubén, en la noche, su madre, Amelia, se puso enferma.

Blanca y de contextura gruesa, cabello castaño, sonrisa inmensa, ojos almendrados y pestañas rizadas, era una mujer en todos los sentidos: madre, esposa, trabajadora, líder de la comunidad.

En ella uno encontraba palabras de aliento pero también regaños si lo merecía. Pero era transparente, clara. Nunca escondía nada. Lo que pensaba lo decía.

En el cumpleaños de Rubén él se encontraba en el sector Jesús María de Chirijos, rodeado de montañas, bosques y ríos.

Él y un compañero, Juan, nacido en Argentina, dictaban un taller a un grupo de chicos y chicas sobre teatro y expresión corporal en la montaña. Yo llegué en la víspera de su cumpleaños, en la tarde.

Al regresar, non encontramos con la noticia de la enfermedad de su madre.

Pasaron los días y ella no mejoraba, seguían los dolores de cabeza, vómitos, malestar. La llevaron a distintos médicos y ninguno acertaba un diagnóstico preciso, hasta que en el hospital Regional Verdi Cevallos dedujeron que era un caso de posible aneurisma y que debían internarla de emergencia.

Una arteria había explotado y creado coágulos de sangre en el cerebro. Nos dijeron que los coágulos podían eliminarse con medicamentos y que debía tener cuidados en su alimentación. Pero las terminaciones sanguíneas no estaban en buenas condiciones y debía someterse a cuidados y visitar el hospital luego de que fue dada de alta, 15 días después.

¿Fue un presagio?

Cuando ella fue dada de alta a mí me detectaron pielonefritis, una infección mal curada de las vías urinarias que había subido hasta los riñones. Ahora tenía que internarme yo y tratarme con antibióticos intravenosos.

Jamás había estado en la cama de un hospital, nunca me habían puesto un suero. Y sufro de claustrofobia.

Lloré. Los doctores me consolaban contándome lo sano que se encontraba mi bebé. Fueron tres días en el hospital, compartiendo habitación con otras ocho embarazadas. La atención fue positiva, pero que me estuvieran revisando constantemente me ponía nerviosa y a la defensiva.

Salí con medicamentos en mano, el compromiso de tomar más agua y cuidarme.

Volví en octubre a la universidad. Mi amado y yo alquilamos una casa cerca de la Universidad San Gregorio, su lugar de trabajo.

Ya se notaba mi barriga y la gente en la facultad me preguntaba de todo, la mayoría con asombro,  pero luego, con amabilidad y ternura, tocaban mi barriga.

Otros decían que había perdido mi futuro, que no saldría adelante, que para qué “tanto cerebro” (inteligencia) para terminar así. Frases como látigos.

A pesar de los halagos y desalientos yo estaba consciente de qué era lo que quería y que tenía todas las posibilidades de acabar mi carrera, ser mamá y tener éxito en la vida. Lo único que necesitaba era desearlo y hacerlo.

En noviembre, ya con seis meses, era hora de saber el sexo: nos daba igual lo que fuera porque lo único que deseábamos era tenerlo. En la primera ecografía no se dejó ver el sexo, así que algo tristes regresamos a casa, tendríamos que volver la última semana de enero para saber si era niño o niña.

Rubén y yo íbamos muy seguido al mar, sentíamos una conexión fuerte cuando estábamos en la playa, era el mar, su inmensidad y tranquilidad. Experimentaba que el bebé estaba a gusto cuando el agua nos rodeaba.

Al finalizar el mes fuimos a la segunda la ecografía. Rubén le dijo al bebé que si quería se dejara ver y si no, que lo entenderíamos, que no lo obligaríamos a nada.

Llegó la hora y el doctor hizo su trabajo, cuando nos iba explicando cada una de las partes de bebé su tamaño y estado nos dijo: “Es una niña”.  Nos quedamos perplejos, la felicidad era una cascada inmensa y limpia.

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Amel sería su nombre. Significa esperanza en árabe y agua en celta.

Lo supe por una noticia que vi en CNN sobre una familia en Siria, una madre embarazada junto a sus dos hijos habían sobrevivido a un bombardeo, los llevaron al hospital y los doctores vieron que la madre estaba herida de metralla en la barriga, así que, hicieron una cesárea de emergencia.

Al nacer, la bebé tenía un trozo de metralla incrustado en su ceja, era una víctima de una guerra que a diario cobra vidas inocentes. Los médicos la llamaron Amel, porque era una esperanza en medio de la crueldad y el caos.

Dolida por esa realidad se lo conté a Rubén y él, con el mismo sentimiento, aceptó poner el nombre a nuestra bebé, primero por su significado y luego en memoria de los que sufren aquella tremenda injusticia. Amel sería, para siempre, un recordatorio de que debemos ser solidarios con el sufrimiento de los otros.

En diciembre, época de Navidad, la mamá de Rubén era conocida en el barrio porque hacía unos pesebres hermosos y ahora su sueño era construir uno muy grande en su casa e iniciar la novena en la comunidad.

Un día antes de comenzar la novena sufrió una aneurisma fulminante, la llevaron al hospital pero nunca más despertó.

Recibimos la noticia en casa, a las nueve de la mañana. Aún dormidos recibimos una llamada de un tío de Rubén, preguntando por el estado de su mamá. Rubén le comentó que estaba bien, que el domingo habíamos pasado en su casa y comido una excelente cena de pescado asado con plátano junto a unos amigos de teatro de Rubén.

Pero el tío le respondió que se había enterado que la señora estaba grave en el hospital y que esa mañana había convulsionado.

Rubén llamó a su familia y fue al hospital. Yo me quedé en casa. Él sabe que me hace daño ir a un centro de salud.

De inmediato supe que todos estaban conmocionados. Lloraban, rezaban y pedían ayuda para que se salvara.

Los médicos dijeron que el estado de Amelia era crítico, su presión arterial había subido mucho, provocándole el derrame, si sobrevivía podría quedar en estado vegetativo.

Yo no conocía la gravedad y el alcance de este mal: según la Organización Mundial de la Salud y el INEC, en 2014 más de un tercio de la población mayor a 10 años (3’187.665) era prehipertensa y 717.529 personas de 10 a 59 años padecía de hipertensión arterial.

Unas cifras que lo explicaban todo.

En la madrugada del 17 de diciembre, Joel, el hermano de Rubén, vino a darle la noticia.

Rubén se metió al baño. Lo escuchaba llorar. Luego salió, me miró y me dijo que nos vamos a San Gabriel, “mi mamá murió”.

Fue un golpe, pero no lloré. Agarré lo que pude y nos subimos al carro en el que venía su hermano. Rubén decidió: “Yo me quedaré en mi casa, tu irás a la de tus padres. No quiero que veas esto, puede hacerle daño a la bebé, mañana te voy a buscar”.

En el silencio de la noche, las lágrimas parecían tener sonido al caer sobre mi rostro. Yo callaba, pero me afectaba saber que mi compañero estaba con el alma en añicos.

Llegué donde mis padres, mi mamá un tanto extrañada me recibió, preguntó que pasaba, le conté la noticia. Me dijo: “Tienes que ser fuerte, tranquila, no te sobresaltes, serénate y duerme”.

En el velatorio en casa de la familia de Rubén estuve afuera en el patio, no entré.

Él se mostraba tranquilo, sereno, estábamos juntos, me sorprendía su fuerza, su manera de llevar esto. Era un valiente, mi héroe.

Luego del sepelio y las siguientes nueve noches acompañamos a la familia y permanecimos unidos a pesar del dolor en cada rostro y en cada alma de la familia Romero Valdez.

La muerte es un misterio, así como la vida. Nunca sabes cuándo llega, pero cuando aparece es como un huracán, un tsunami, un terremoto.

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En enero, con ocho meses de embarazo, nos acercábamos al nacimiento de Amel. A pesar del luto estábamos con la esperanza y la alegría de recibir a nuestra hija. Mi barriga estaba cada día más grande, muy saludable.

El pronóstico era un parto normal, ubicación correcta, peso estable. Todo lo necesario para un buen alumbramiento.

A pesar de eso, yo ya no era tan ágil desde hace algunos meses.

Ahora caminaba lento, iba más seguido al baño y los controles prenatales se hicieron más seguidos por las pocas semanas que quedaban para el parto.

En la maternidad cambié de doctor gíneco-obstetra a las obstetras, que eran las encargadas de recibir a los bebés de forma natural. En caso de complicaciones y posible cesárea me enviarían de emergencia al hospital Verdi Cevallos.

Rubén y yo rebasábamos cualquier expectativa de padre. Alistábamos cada cosa con amor, la ropita, la cuna, decorando su cuarto, arreglando sus poquitos juguetes.

La bienvenida de Amel era especial.

Nuestras familias decían estar felices, preguntando todo sobre mis últimas semanas.

Febrero, el noveno mes, fue el de la dulce espera. Con el calor del invierno costero yo me ahogaba en las noches, pero tenía a mi compañero para ayudarme en mis incomodidades.

Era un trabajo en equipo, los dos estábamos para que Amel naciera de la mejor forma.

Rubén me invitaba a caminar en las mañanas y en la noche a salir por la comunidad a dar un paseo porque dicen que ese ejercicio ayuda a facilitar el parto.

Me parecía buena idea, aunque me costaba, pero él hacía que caminar por la misma senda fuera nuevo para mí todos los días, a paso lento y pensado, mi barriga y yo de la mano con él.

Al mismo tiempo estaba en las últimas semanas de mi semestre en la facultad, así que lo único que deseaba era terminar exámenes y poder dar a luz tranquila.

Pero no fue así. Las situaciones idílicas y perfectas que uno elabora en el cerebro no suelen suceder en la realidad.

En la mitad de la semana de exámenes, el miércoles 17 de febrero del 2016 por la mañana estaba dormida junto a Rubén. Desperté y eran las ocho. Sentía un pequeño cólico como me había pasado días anteriores.

Pero ese día no pasaron los retortijones, sino que aumentaron con fuerza.

Con la presunción de que tal vez era el día en que nacería Amel, Rubén me invitó a caminar. Yo no quería, pero accedí a su pedido.

Teníamos ya la maleta lista para el hospital.

Salimos a caminar y a los 15 minutos de camino yo ya no podía más, dolía mucho y regresamos.

Eran las temidas contracciones que venían cada diez minutos.

Con la esperanza de ir a la universidad a dar exámenes, llegué a casa y me derrumbé.

Llamé a la presidenta de mi clase para que justificasen mi examen, no podía ni hacer eso, las contracciones hacían que mi voz variara y movida por el dolor hasta me quejaba.

Rubén quería que siguiera caminando en casa, yo pensaba que estaba alucinando.

Eran las 11h00 de la mañana y las contracciones venían cada 4 minutos. Imaginaba por el dolor y las contracciones que ya era hora de ir a la maternidad.

Almorcé, solo probaba bocado cuando no dolía, pero regresaban las contracciones y me retorcía.

Rubén me llevó a casa de sus padres para avisar que estaba con dolores y  caminamos otra vez. En casa solo estaba su hermano Joel, que me miraba como si él también sintiera mis dolores.

A las 14H00 mi papá y mi mamá nos llevaron a la maternidad. Llegué como si nada, regia, no deseaba que nadie notara lo mucho que me dolía y me daba vergüenza hacer escándalo.

No duró mucho la idea. Llegué y me hicieron la preparación, controlaron los signos vitales de la bebé y los míos. Tenía dilatación 3 y tenía que llegar a 10. Dios mío.

La doctora dijo: “Es posible que des avanzada la noche o en la madrugada, pero hay casos que el parto sucede antes y das a luz rápido”.

No me consolaba, dolía mucho.

A mi lado estaba mi mamá, Josefa, bajita de contextura media, ni muy gorda ni muy delgada, blanca como la carne de coco, su cabello castaño y su cara es fina. Ambas nos parecemos.

Su consejo era que mordiera una toalla para no gritar.

Mi papá, Alfredo, alto y fornido, bronceado y cabello negro, cejas gruesas, rostro cuadrado, me miraba callado. Suele parecer que estuviera enojado pero en realidad tiene un carácter más tranquilo que mi mamá.

Él tenía que viajar a Playas Villamil a su trabajo. Se fue esperando que todo saliera bien y que avisáramos el desenlace.

A las 13H00, Rubén, coincidiendo con mi mamá, me aconsejaron caminar. Lo único que yo deseaba era que se callaran y me dejaran acostada, sufriendo.

Pero la insistencia de Rubén era tal que me convencía salir a caminar afuera de la maternidad. En un patio donde había un árbol, un UPC comunitario y un chivo de pelaje negro amarrado a unos troncos que no paraba de hacer ruido.

Yo deliraba de aquella situación, la gente me veía y yo comencé a llorar, le dije a Rubén que me dolía mucho, que no podía más, el me sostenía en cada contracción pues mis piernas no aguantaban más, no sé si fue flojera o que en realidad me estaba doliendo.

Empecé a vomitar.

Rubén me miraba, yo solo quería acostarme y el chivo no se callaba.

Regresamos a la maternidad, mi mamá me decía que no hiciera ruido, Rubén que saliéramos a caminar.

A la 16H40 regresó la obstetra para evaluarme. Empezaba a mostrar señales de que la bebé venía en camino.

Ya tenía nueve de dilatación, estaba más tranquila y concentrada en mi labor de parto.

Rubén estaría presente en el quirófano, yo me sentía segura porque el personal de la maternidad era amable.

Vi a un enfermero con una cámara, Rubén sostenía mi mano y yo pujaba, la obstetra me animaba a hacerlo de forma correcta.

Cuando empezaba a aparecer la cabeza, qué dolor y alegría, llegó mi hija y estaba sobre mi vientre, inmóvil.

Un ser humano había salido de mí.

Rubén cortó el cordón y después de observación la tuvimos en nuestros brazos. Amel era una bebé sana y yo, aunque adolorida, estaba feliz.

Éramos tres, unidos por el amor.

Amel dulce, Amel nuestra. En mi mundo tenerla fue un ocaso y un amanecer: terminaba una parte de mi vida para renacer en otra.

Como la canción de Natalia Lafourcade, “Yo te llevo dentro, hasta la raíz…”.

Como todas las raíces, pero Amel es mi raíz.