Por JORGE AMPUERO VACACELA.

A las 5 de la mañana sus cuerpos, seguramente, se distinguen solo por el ruido de sus voces.

Allá, en la manzana 1040, del bloque 7 de Bastión Popular, el ritual es el mismo de hace 15 años.

Obligados por la necesidad, algunas familias debieron acudir a la tradición añeja con sabor a coco y canela.

Amadeo Nazareno, de 60 años, es uno de los pioneros en la elaboración de cocada en este sector de la ciudad, donde las tricimotos satisfacen la demanda de transportación diaria y la gente encontró un refugio.

“Esta tradición viene de la parroquia Urbina, cantón San Lorenzo, provincia de Esmeraldas. Nosotros la trajimos por este sector, pero no desde que llegamos, sino después de que nos quedamos sin trabajo en la construcción, porque también somos albañiles”.

Empujados por la necesidad -recuerda Amadeo mientras el sol ya está arriba y las sombras de la gente laboriosa son como un duplicado de ellas mismas-, tuvieron que acudir al oficio ancestral de preparar el artesanal dulce.

Su padre le enseñó a él y a su padre su abuelo, y así sucesivamente hasta algún antepasado sin nombre ni apellido conocidos.

“Esto no es difícil. Verá, primero se ralla el coco, el coco maduro, con una máquina especial o con un simple rallo. Luego se derrite el azúcar junto a la canela, el anís y la naranja, tal como ve allá”, expresa y señala con su dedo bicolor a Teddy, un joven de 18 años y piel lustrosa, cuya negrura solo interrumpen los ojos y los dientes poderosos y parejos.

Como en una danza autóctona, su cuerpo se menea como poseído por un frenesí  que solo él entiende.

A poco de iniciar el proceso comienza a cantar una especie de reguetón que habla de su “gente sabrosa”.

Así se hace…

Instalado sobre unas piedras y apurado por unos leños ardientes, un tanque partido por la mitad sirve de alojamiento a los ingredientes señalados.

Teddy, asido de una vara, no deja de dar vueltas para que no se pegue y pueda derretirse hasta tomar el punto preciso.

“No tiene que hacerse bolas”, comenta Mónica, otra de las obreras de la familia, grita con ese son característico de la tierra verde y caliente: “¡El coco, pasen el coco!”.

Tras el llamado, un chiquillo ataviado acorde a sus limitaciones, de no más de seis años, corre con el producto donde Teddy.

Es el momento de la mezcla y Teddy vierte la fruta rallada sobre el azúcar cafecita e hirviente. “Hay que tener cuidado porque si le brinca el azúcar, se pela la piel”.

La advertencia se pierde entre la humareda que desfigura el rostro de Teddy por unos momentos y hace lagrimear a los que no están acostumbrados.

A unos metros de allí, Wilson Nazareno, con una barba de caprichoso diseño, aguarda que su compañero de faena termine su labor, la cual se prolongará por media hora.

Una vez cumplido el plazo, la cocada hecha grumos se la pone sobre una mesa de plywood de dos metros y se la extiende a lo largo y ancho de esa superficie.

Cuidadosamente, con un rodillo de madera, se la aplasta hasta dejarla a un mismo nivel.

A un costado de la mesa, Mónica y otra jovencita se esmeran en despegar unas mínimas funditas para empacar el producto.

Wilson las mira de reojo, como diciéndoles que él ya mismo termina y deben dejar la prosa. Ahora él también comienza a cantar cruzando estrofas con Teddy.

Cuando ya no queda un espacio sobre la mesa y el sol se ha peleado con todo el mundo, con una suerte de regla de madera, previamente humedecida, comienzan a dividir al ojo la plancha olorosa y tibia en pequeñas tabletas con un cuchillo.

El proceso no tarda más de media hora y las cocadas pasan de mano hasta donde las mujeres. Ellas se encargarán de guardarlas en las fundas hasta que se haga una nueva parada. Y canten de nuevo.

Rumbo al austro

¿Y cuál es su destino? “No, para aquí no son”, señala Mónica, tras advertir que todas se van a Cuenca para venderse por los “charladores de los buses”, es decir, los otros miembros de la familia que, a esa hora, están próximos a llegar y deben viajar para comercializarla.

Allá se quedan desde cuatro días hasta una semana.

El frío favorece la conservación del producto y este puede durar hasta tres meses. Por eso la preferencia para venderlo en la Sierra.

Según cuenta Amadeo, cerca de 20 personas, de cinco familias, se dedican en ese sector a elaborar cocada.

Cada una de ellas, según su capacidad, compra los cocos a 50 centavos la unidad. La cantidad va desde 80 hasta los 200.

Cada coco rinde, más o menos, unas ocho cocadas, las cuales se venden a 25 centavos la funda o un dólar las cinco.

Los cocos llegan de Esmeraldas o los compran en el sector del parque Chile.

Por esta época casi no hacen cocada blanca, porque requiere leche y no hay mucho capital.

Según Amadeo, les han negado los créditos porque todas las instituciones -incluido el desaparecido Banco de Fomento- piden un montón de papeles y hasta sugieren hipotecar sus casas, lo cual no están dispuestos a hacer después de tanto sacrificio para levantar su  humilde pero cálido lugar para vivir.