Por Rubén Darío Buitrón.

 

Dedicatoria: A los periodistas autosilenciados

 

1.

EL RENCOR

Mientras la señora Reina Inmaculada abría los ojos, todavía revolviéndose entre las sábanas de seda y los edredones de plumón importado, recordó el titular a seis columnas que la noche anterior ordenó poner.

Y aunque lamentaba que aquel titular ya no tendría mayor efecto, porque el diario La Mañana cada vez tenía menos lectores y sufría una honda crisis financiera y de credibilidad, ese primer recuerdo la hizo sonreír: era la expresión de un poder que a ella aún le costaba entender que se iba volviendo irrelevante.

Quizás por eso, que venía ocurriendo como un tsunami en contra de la prensa, los días de la señora Reina Inmaculada ahora eran distintos.

Esa mañana, por ejemplo, trataba de entender por qué le parecía gris el jardín, su jardín, ese espacio de colores y formas y aromas. Cuidado por ella y que se veía inmenso y florido a lo largo de los amplios ventanales de la habitación de madera falsa y aluminio.

Quiso quedarse unos minutos más en la cama y buscó la manera de que los cojines, con los forros de lino con motivos franceses, bordados a mano por una costurera de Calderón, pueblo cercano a Quito, le sirvieran para acomodarse mejor y evitar el dolor de espalda que la atacaba cuando había comido demasiado la noche anterior.

Eran los efectos del exceso de peso que no podía controlar pero que, curiosamente, le afectaban no solo a su prominente estómago sino también a la espalda y a las piernas.

Aplastó el timbre instalado en la esquina derecha de la cama king size de pino, traída en barco desde Capadocia, Turquía, al puerto de Guayaquil y, luego, en un camión con bodega interior acolchonada, hasta Quito.

Lo hizo cinco semanas después de que enviudara de su marido Francoise Arceneau (ella pronunciaba “Agcenuí” y así tenían que decirlo todos los que estaban bajo su mando), con quien cumplió, cuando ella tenía treinta y dos años de edad, su sueño de casarse de blanco en la catedral de Saint Denis, una de las joyas estéticas y religiosas de París.

Cuando eran novios y paseaban de la mano por aquella ciudad, Francoise le contaba que la de la Saint Denis era su iglesia preferida.

Solía narrarle, aunque ni él ni ella entendían demasiado de arte, que en el coro de esa catedral nació el estilo gótico y allí estaban enterrados casi todos los reyes de Francia.

Aquellos chispazos de conocimiento cultural e histórico impresionaron mucho a la ecuatoriana, enamorada de un francés con un apellido que, aunque no lo fuera,  parecía aristocrático, sonaba aristocrático, llevaba un tufo semejante al de los príncipes de las revistas rosa.

Pero ese era el pasado que ella ya no quería recordar. Aún le dolían y todavía extrañaba los treinta y nueve años que vivió junto al aventurero francés que al volver al Ecuador recibió, a cambio de su supuestamente ilustre apellido a la señora Reina Inmaculada, una parte de la fortuna de la familia.

Como a Francoise le gustaban mucho los autos lujosos, el suegro, propietario de La Mañana, le regaló un almacén donde exhibiría y vendería ese tipo de carros, fabricados en Francia e importados directamente para el local.

Era un negocio lucrativo, pues las influencias que el suegro tenía con los gobiernos de entonces le permitían traer los autos a bajo costo, evadiendo los impuestos (como si fueran menaje diplomático), y acá, como eran de importación exclusiva, Francoise ponía los precios a su antojo.

Pese a que solía decir que con su esposa y el negocio de los autos tenía suficiente, Francoise era un excéntrico que se daba lujos personales: fingía ser un esposo modelo pero vivía una vida paralela de casinos, juergas, amantes, estupefacientes y banquetes orgiásticos.

Se metió en dos o tres líos judiciales complejos, relacionados con tráfico de drogas, los cuales eludió gracias al poder que su esposa, en aquel entonces, tenía sobre los presidentes, los jueces, los fiscales, la policía y las fuerzas armadas.

Ella terminaba perdonándole todas las travesuras, sobre todo porque cuidaba mucho su imagen de “señora Reina Inmaculada de Arceneau”.

Pero lo que no lograba asimilar era la sorpresiva muerte de Francoise, por una enfermedad extraña que la viuda nunca explicó a nadie, pero que aún le producía incertidumbre y resentimiento.

Apenas dos meses antes habían estado en Houston, Texas (Estados Unidos), en la prestigiosa clínica de la élite latinoamericana, la M.D.  Anderson, referente mundial de la medicina, donde el paciente podía encontrarse en los pasillos con las personalidades más famosas y con los dueños de las fortunas más suculentas de América Latina.

Los diagnósticos para los dos, que siempre iban juntos a los chequeos semestrales, no fueron agradables.

El médico internista David Johnson llamó a Francoise, sin la presencia de la señora Reina Inmaculada de Arceneu, le mostró los exámenes de sangre y le dio una noticia que él, hasta su muerte, no contó a nadie, ni siquiera a su esposa.

La mentira que inventó fue que le diagnosticaron un alto nivel de hígado graso, con tendencia al letal cáncer de páncreas, y que le pidieron que se cuidara de lo que bebía (coca-cola, coñag y café), de lo que comía uno (bocadillo y opípara comida que le aumentaban los males en sus vísceras), de lo que fumaba (dos cajetillas diarias de los afamados cigarrillos franceses Gauloises) y de sus excesos nocturnos con los amigos.

A la señora Reina Inmaculada, que sí estuvo acompañada del marido cuando la diagnosticaron, le habían advertido que comía mucho más de lo debido, que mantuviera una dieta balanceada porque ya se hallaba en el nivel tres de obesidad y que hiciera mucho ejercicio contra las várices que se multiplicaban en sus piernas.

Aquella obesidad hacía sufrir mucho a la señora Reina Inmaculada Concepción, aunque lo disimulaba con su sonrisa diseñada con perfectos dientes de porcelana por el prestigioso odontólogo-esteticista cubano Jaime de la Cruz, de Miami.

Le habían explicado que unas piernas gruesas necesitan mayor aporte sanguíneo de las arterias y que ese exceso se drena por las venas, que al sobrecargarse producen dolores y que, con el tiempo, cada vez tendrá más dificultades al caminar.

Nunca siguió las instrucciones médicas. La obesidad, el placer de comer que atenuaba su ansiedad y su neurosis derrotaban a la posibilidad de aliviar sus malestares.

No tuvo hijos con Francoise y ese fue otro misterio que nunca se aclaró. Conocía el pasado oscuro de su marido durante su juventud en Francia y aunque ella deseaba quedarse embarazada, él jamás le dio ese gusto.

Arceneu falleció tres meses después de que volvieran a Quito de Houston.

Desde su regreso se mostraba hostil, con bruscos cambios de carácter, extraño, distante de su esposa.

Perdía peso rápidamente y se sentía más débil cada día. Se negó a ir a un médico local y más bien optó por llegar al trabajo y encerrarse en su oficina del segundo piso del edificio donde vendía los lujosos autos franceses de contrabando.

Una noche se puso tan mal que pidió que le trajeran un médico. Vomitó bilis, perdió el conocimiento y cuando despertó lanzó un grito desesperado: no quería morir, pero al día siguiente estaba en un ataúd.

La versión oficial para la familia, las amistades y los empleados del periódico y del almacén de vehículos fue que había fallecido de un cáncer fulminante del páncreas.

Nadie preguntó nada sobre las causas de la súbita muerte. Era mejor el silencio. Era mejor no saberlo.

En la parafernalia del velorio y en la misa de asistencia multitudinaria, a la cual fueron obligados a asistir todos los funcionarios y el personal de las empresas de la familia, estuvo representada la aristocracia empresarial y la intelectualidad conservadora del país.

La señora Reina Inmaculada nunca se explicó por qué en Houston no le comunicaron el avance de la enfermedad de su difunto esposo y se disgustó para siempre con los médicos del M.D. Anderson, hospital al que nunca ha vuelto.

Aunque la política del centro médico era mantener en absoluta reserva los diagnósticos cuando los pacientes solicitaban que fuera así, la señora Reina Inmaculada logró que un juez estadounidense obligara al internista a exhibir los exámenes y el diagnóstico. Así fue cómo se enteró, con sorprendente indiferencia y rabia, de las causas de la muerte de su esposo.

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Próxima semana, el capítulo 2: La liposucción