Por Viviana Garcés *

Era un 14 de febrero y Adriana había preparado una cena romántica a su manera: pizza todavía en su caja original, un mantel rojo algo desteñido, un six pack de Budweisers recién congeladas y un par de vasos que, en apariencia, estaban limpios.

Era su ritual de San Valentín, al que acompañada de “Orange is the New Black”, su gato Pancho y su mejor amigo, Roberto, (fornido, trigueño y de ojos color miel), nadie podía superar.

No obstante, presintió que este año sería distinto. Roberto no le había confirmado su visita.

Lo sentía extraño desde hace días: perfumado, con la barba bien arreglada y con camisas pegadas a su cuerpo de gimnasio.

“Este no es el que yo conozco”, se decía Adriana, observaba las publicaciones en Facebook, con canciones y memes dedicados al amor, aunque nunca su excompañero de universidad le había confesado estar enamorado de ella.

Siguió estoqueándolo, indagando cada imagen, frase de Coelho y “me gusta” que Roberto diese a otras personas, en especial, mujeres, en redes sociales. No había indicios.

Eran las once de la noche y la cita nunca se concretó.

Entonces Adriana prefirió beber, sola, las seis latas de cervezas. Cada vez que ingería una, poco a poco, su cuerpo se encogía más y más.

Pensó que la cebada por expirar y que no compró cerveza fresca, pero un momento ya no logró colocarse en pie.

Su cuerpo ahora no lograba tocar el suelo y su estatura varió de 1,65 mts., en la primera bebida a 5 cms. en la última. Mañana me baño y se me pasa el delirio, se dijo.

Intentó dormir de nuevo, pero en esa inmensa cama, que observaba a diario sus lágrimas de amor, sería ridículo recostar su diminuto cuerpo.

Reposó. Mañana será un día diferente y, a lo mejor, Roberto aparezca entre las señales de humo.

En su larga noche de insomnio debía verificar si Roberto tendría una buena excusa para no haberse presentado.

En whatsapp intentó leer sus mensajes, pero no pudo teclear: el celular era enorme.

Al despertar, sus brazos delgados  se habían permutado en alas, los ojos se agudizaron en dos grandes esferas azules verdosas y  tenía la nariz tan puntiaguda que ineludiblemente le recordó a Pinocho.

Observarse en el espejo de cuerpo entero era un riesgo, pero lo hizo ya no caminando, sino volando con torpeza.

¿Volando? Era diminuta pero a la vez liviana: aún estaba segura de que eran los estragos de las Budweiser.

Sabía que Roberto se ejercitaba a diario para que ese trasero de encanto y esos bíceps se notaran bajo las camisetas de algodón.

Eran las seis de la mañana y ella despertó con la ilusión de verlo. Emprendió vuelo, pero en una nueva versión de sí misma. Se transportó cuadras más allá para visitarlo y observarlo.

De repente se dio de que conocía que Roberto: era alérgico a los zancudos y más bien iría a cobrar las deudas pendientes.

Dentro del gimnasio, se mantuvo suspendida en el aire con movimientos rítmicos de sus alas. Posó su aguijón a un lado de la ingle de Roberto. Tanto abandono sería vengado con un buen pinchazo.

Su eterno crush, sin un buen tónico contra los mosquitos en sus bolsillos, comenzó a agitarse. La alergia contra los zancudos era efectiva y cayó sobre el piso del gimnasio.

Los curiosos, entre estorbos y manos colaboradoras, decidieron llamar al hospital más cercano, mientras Adriana sonreía dando vueltas por el tumbado.

Un camillero se acercó al cuerpo. Tomó su pulso. Un médico diagnosticó que la fiebre era inminente.

Lo esculcó en la sala de emergencia, le tomó la temperatura. El paciente empezó a delirar, se tocaba la piel infectada y se rascaba, desesperado.

Adriana suspiró. Ahora era extremadamente fuerte después de haber ingerido la sangre de su víctima.

Era su primera picadura, sus fuerzas se renovaron, necesitaba seguirse alimentando de Roberto. Su sangre le había provocado una súbita euforia, el dióxido de carbono que aún expedía su víctima era intenso, debía recorrer más partes de su cuerpo para saciar su hambre.

El brazo izquierdo recibió una punzada. Luego, sus manos, piernas y rostro se infectaron con más picaduras. Adriana entendió que tenía más poder que él y ansió ver completamente rendido a Roberto. Los médicos seguían batallando contra la fiebre tan alta del paciente. En una habitación, donde Adriana, pese a que alguien intentaba atraparla, atacaba sin cesar.

El suero hacía relativamente efecto. Roberto comenzó a reaccionar. Preguntó qué le había sucedido, aún un poco aletargado. El médico revisó de nuevo sus signos vitales mientras Adriana empezó a vomitar el exceso de sangre aspirada.

Cada miligramo de plasma que expulsaba le hacía crecer, primero en el aire, luego en el piso la sala de emergencias.

Adriana era ahora la misma que pasó bebiendo sola el 14 de febrero. Se acercó a Roberto, quien tenía aún los ojos entrecerrados y todavía no reaccionaba a plenitud, le dio un beso en la boca, lo acarició y le susurró al oído que cuando despertara ella lo esperaría en su casa con ese encanto y esa piel y esas ganas que él nunca antes se atrevió a desear.

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Viviana Garcés pertenece al equipo de Los Cronistas. Escribe periodismo narrativo y cuentos. Vive en Santa Elena, Ecuador.