Capítulo 2.

LA LIPOSUCCIÓN

Rubén Darío Buitrón 

Desde entonces, para evitar los recuerdos y asegurarse que a ella la chequearan con mayor meticulosidad para comprobar que no tenía la enfermedad de su difunto esposo, viajaba cada seis meses a Londres, al Hospital Saint Thomas, uno de los más caros de Europa, pero reputado como centro de tratamiento estético de la obesidad y las várices.

En el Saint Thomas se realizó la primera liposucción, que los médicos le dijeron que fue exitosa.

Pero unos meses después, de nuevo en Quito, había recuperado su tradicional exceso de peso.

Sufría en silencio, pero no lo decía a nadie. No podía seguir la dieta recomendada por los médicos británicos porque el deseo de comer, el deseo de calmar su ansiedad, eran más fuertes que su voluntad.

Por aquellos días tomó otra decisión: para reducir un poco la nostalgia que le producía amanecer sola, donde durmió tantos años junto a un Francoise que ahora le parecía tan extraño, tan distante, tan inventado por ella, ordenó que se fabricara y trajera de Turquía, donde artesanos de tradición milenaria hacen los mejores muebles de madera del mundo, la cama donde duerme ahora: alta, amplia y con motivos barrocos en la cabecera, muy distinta a la anterior, traída de Francia.

Pagó lo que le pidieron en Capadocia, enviando el dinero con uno de sus chicos, Angelito, quien también era encargado de comprarle las pelucas en Miami y París. Podía pagar con tarjeta de crédito desde su computador, pero temía que sus enemigos descubriesen semejante capricho de miles de dólares.

Gracias a los contactos que aún tenía en Aduanas y lo que le había recomendado la señora Reina Inmaculada, Angelito, el eficiente y servil periodista y cómplice, eludió los impuestos de importación de un artículo suntuario con un jugoso soborno a un funcionario de la aduana.

Doña Reina Inmaculada, autoproclamada ícono de la ética en el periodismo y en su vida personal, asistía a misa todos los domingos y comulgaba con fervor luego de que confesaba lo que ella creía que era su único pecado: sus tormentos nocturnos por no perdonar a Dios y no dejar atrás el rencor que sentía hacia Francoise por no haberle contado la verdad antes de morir.

Pero luego de salir de la pequeña iglesia de Nuestra Señora de Palosanto, ubicada a una cuadra de su lujosa mansión que se alzaba sobre una pequeña colina y decorada de manera kitsch, se preguntaba, con cierto rubor, si era prudente que una católica comulgara cuando en su alma sentía un extraño y cada vez más fuerte deseo de venganza.

A veces pensaba que Dios la entendería, aunque en la mitad de sus reflexiones se percataba que todos esos malos sentimientos la habían vuelto más cínica e implacable, más frustrada de sí misma por la liposucción, pero con un poder capaz de ordenar que se hicieran las cosas más terribles contra personas inocentes.                                                                                   __________

La próxima semana el tercer capítulo de Los siervos de Doña Reina: LA INTUICIÓN