Por Jorge Ampuero.

Manuel tiene más de 30 años trabajando para el patrón. Cree que lo ha hecho con fidelidad y responsabilidad.

Casi no ha tomado vacaciones y de la pared de su casa, en el suburbio, penden varios pergaminos entre los que destaca aquel de “Al mejor empleado del año”.

Y por eso está allí, con su corbata amarilla, el terno café de siempre y un pañuelo a cuadritos cuya punta sobresale de la solapa.

Se ha lustrado los zapatos camino del trabajo y hasta se perfiló los bigotes con inusitado esmero.

Está listo para pedir su jubilación porque quiere descansar y pasar con su esposa, quizás, sus últimos años de su vida.

Son las 8 en punto de la mañana. La secretaria del patrón teclea una máquina de escribir eléctrica -aún no se acostumbra a las computadoras- que apenas se escucha. “¿Al fin se decidió, Manuelito? Y él: “Sí, doña Carmen, ya era hora”.

A medida que pasan los minutos los demás obreros van llegando y todos lo saludan afectuosamente, como si no lo hubieran visto luego de muchos años o le estuvieran preparando un homenaje de despedida. A todos les sonríe.

En la oficina del patrón no pasa nada. Salvo él y la secretaria. Un antiguo reloj de pared se come los minutos con ansias y el retrato de un expresidente con cara de momia lo mira desde una ausencia de décadas.

La secretaria le ofrece un café, pero Manuel prefiere no aceptarlo porque desde hace algún tiempo el azúcar le complica la salud y prefiere mantenerse quieto, repasando las palabras repetidas durante la noche y la madrugada: “Verá, patrón, quería pedirle que me jubile, ya son 30 años aquí. Por usted tengo todo lo que tengo, pero ya quiero descansar…Además, estoy un poco enfermo”.

A las 9 y 10 de la mañana llega el patrón. Guardado en un impecable terno gris y con un perfume que se prende de las narices, inevitablemente, mira de reojo a Manuel y, sin decir palabra, entra a su privado como quien se desentiende del mundo.

Suena el teléfono de la secretaria y a Manuel el corazón se le acalambra.

Pero no es para él, sino para solicitar un cafecito bien cargado. La secretaria le sonríe. “Está leyendo los diarios”, le dice, sin mirarlo.

Manuel sabe, por experiencia, que esa lectura le tomará, siquiera, un hora. Pero él está allí con una consigna decidida.

Pasan las dos horas y aunque el teléfono ya no suena, del ascensor cercano bajan tres tipos con pinta de extranjeros a los cuales el patrón está esperando para hablar de negocios y de la crisis que lo tiene a mal traer. Carmen, amabilísima, los atiende y, en pocos minutos están adentro, dialogando y riendo con el patrón.

Ya es mediodía y Manuel, el obrero fiel, presiente que las palabras aprendidas en la noche no serán escuchadas.

La puerta dorada del privado se abre de improviso y el patrón, junto con los empresarios, sale.

Manuel intenta hacerse presente, pero la secretaria le hace un gesto diciéndole que mejor no lo interrumpa, que siga esperando, que en la tarde está más desocupado. Manuel acepta el encargo silencioso y decide esperar.

A las 3 de la tarde el patrón vuelve, pero ahora con otro terno y otro perfume. Es que tiene tantos y tiene a tantas personas que atender… Entre ellos a Manuel, a quien mira de reojo, con cierto desdén.

Manuel se acomoda la corbata, se limpia los zapatos con la parte de atrás de los pantalones y se estira los bigotes hacia los costados. Llegó la hora, dice para sí mismo. Ahora es cuando.

La secretaria, al fin, termina de torturar a la máquina y saca el papel; ingresa a la oficina del patrón y demora unos 20 minutos.

Cuando sale con un sobre y le entrega, él lee: “Para Manuel Paguay. Y no hay otro Manuel Paguay dentro de la empresa que no sea él.

Arqueando las cejas, la secretaria se le acerca y le dice: “Es su liquidación, Manuelito. El patrón no quiere hablar nada con usted. Ha sido despedido”.

Manuel se queda mirando sin mirar a todas partes. Agarra el sobre. Quisiera preguntar por qué, pero prefiere alejarse, despacio, de la oficina del patrón.

Se mira, de cuerpo entero, en el reflejo de los cristales de la puerta. Ve su propio rostro, derrotado, y sale del local.

En calle, mientras la vida parece acelerársele en medio de un vértigo desconocido, se percata de que está hablando para sí mismo:

“Demasiado elegante para ser echado del trabajo… Demasiado elegante…”.

Y sigue caminando, sin saber a dónde.