LA INTUICIÓN (Capítulo 3)

Rubén Darío Buitrón.

Mientras afuera trinaban las golondrinas y los colibríes, doña Reina Inmaculada disfrutó por unos instantes del placer de recordar que en menos de diez minutos, como era la consigna de la servidumbre, estarían sobre su regazo el desayuno y el periódico del día.

Una de las cosas que más alimentaba su sensación de ser la empresaria mediática más poderosa del país era el ritual de recibir, de madrugada, el primer ejemplar que su sofisticada prensa, llamada en su honor  “La Reina Inmaculada”, imprimía con nitidez y calidad.

En su homenaje, los técnicos que instalaron e hicieron funcionar la maquinaria, habían impreso durante esa madrugada.

Después venía el segundo ritual: el largo placer de sentir las caricias de las burbujas en el jacuzzi, junto al dormitorio.

El cuarto de baño, al igual que todas las estancias de la casa, estaba rodeado de ventanales con vidrios que no permitían que se viera desde afuera hacia adentro, pero sí al revés.

Eran cristales traídos de Munich, Alemania, tal como ella lo había solicitado: vidrios de alta eficiencia energética, bloqueo térmico, doble panel antibalas y visión unidireccional.

Desde que murió Francoise, temía que la mafia con la que él solía tener relaciones y la disputa que La Mañana mantenía con un gobierno que por primera vez no le hacía la reverencia, pensaba que alguien podría ir a la mansión y la mataría.

Por eso ordenó que le cambiaran las características de los gruesos ventanales y dobló el número de guardaespaldas, que custodiaban la residencia por las noches y que la acompañaban, en una comitiva de tres autos aparte del de ella, cuando se trasladaba a las instalaciones de la empresa o iba a una invitación en algún punto de la ciudad.

Disipado ese temor, desde su jacuzzi disfrutaba del paisaje verde y fecundo, de las plantas y las flores, de los sonidos musicales del canto de las aves.

Mientras se bañaba, además, escuchaba y veía las noticias y entrevistas del día en un televisor LCD de 42 pulgadas, empotrado con dificultad en las baldosas, con la pantalla táctil y el control de mando a prueba de agua.

Entre tanto, en la habitación, una de sus empleadas domésticas, Helena, arreglaba la cama y elegía las ropas que su patrona vestiría ese día (¿quién irá a visitarla hoy al Diario para pasarle información de primera mano y, como siempre lo hacía ese tipo de gente, pedirle algún favor a cambio de los datos confidenciales que le dejaba?).

Luego del baño, la atención de Ana, la estilista y masajista, era exquisita: le retiraba del rostro, con sumo cuidado, los restos del suero rejuvenecedor Estee Lauder para no anular el efecto de la crema antiarrugas de la misma marca, colocaba sobre las mejillas, la frente y la gruesa papada bajo la mandíbula el bálsamo hidratante y las délices de Cartier, pulía las uñas de las manos y de los pies y luego rociaba con generosidad el cuerpo regordete con el perfume de moda, el francés Viktur & Rolf.

Entre las burbujas, las sales y las noticias, de nuevo se preguntó quién iría a visitarla hoy al Diario: era el alimento para su ego cotidiano.

Mientras más alto era el personaje, en especial político o empresario, mejor se sentía porque, de alguna manera, ellos compensaban la ausencia de altos mandos militares, ministros y funcionarios gubernamentales que no iban al periódico desde unos cinco o seis años atrás.

No tenía formación intelectual. Le costaba mucho esfuerzo leer libros: revisaba no más de 15 o 20 páginas de una obra y la dejaba a un lado. Si le parecía de interés, preguntaría a uno de sus subalternos de qué se trataba y pedía a uno de ellos, en reserva, que le escribiera un resumen de una cuartilla.

Sus hobbies nocturnos, al volver del periódico, eran mirar los noticiarios de televisión y ver comedias románticas por Netflix.  Las disfrutaba en la cama, saboreando los deliciosos bocados de su diaria bandeja de sushi enviada cotidianamente por Shiro, el más prestigioso chef de comida asiática en Quito.

En su juventud, la señora Reina Inmaculada no había logrado aprobar más de tres créditos en el primer nivel de la facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, en Nueva York, pero frente a sus visitantes y en las pocas reuniones sociales a las que asistía se manejaba con soltura gracias a su habilidad para mantenerse informada con los datos que recibía de sus chicos, como ella llamaba a los más altos jefes de la redacción de La Mañana.

Conversaba con sus subalternos, mezclaba las ideas, las convertía en suyas y las trasladaba al visitante.

Luego escuchaba al huésped y si la información le servía llegaba a un acuerdo: le daría espacios en el periódico (entrevistas o reportajes sobre sus actividades) a cambio de que se sumara a lo que ella consideraba esencial, según decía: evitar que el país cayera en manos de los comunistas.

En cuanto a quién iría a visitarla esa mañana, en realidad no le importaba el lapsus amnésico.

En media hora la llamaría Valeria, su secretaria particular, y le recordaría la agenda.

Lo que le preocupaba desde hace pocos días era aquella sensación extraña, nueva, desde que despertó.

Era una mujer que solía jactarse de que nunca le fallaban las intuiciones y esa mañana presentía que había un ambiente inusual en su entorno, algo fuerte, muy fuerte.

Esa percepción no le dejaba sentirse tranquila.

Era algo feo, algo complejo, pero no lograba percibir de qué se trataba ni lograba recordar hechos que encadenaran el pasado con el futuro, que era lo que más temía.

¿Algún terrible accidente, alguna grave tragedia, alguna muerte de un personaje importante?

___________________

Próxima semana, capítulo 4: El malestar