EL MALESTAR (IV)

Por Rubén Darío Buitrón

Ana era una mujer morena y humilde, regordeta, morena, un metro y medio de estatura.

Vestida con impecable uniforme celeste, como todos los empleados permanentes de la casa o como todos los de medio tiempo, llegaba a la mansión a cuidar las manos y los pies de la matrona.

Sentada en su butaca preferida, con los pies reposando sobre un banquito de madera para atenuar el dolor de las várices, la señora Reina Inmaculada dejaba que Ana la acicalara y dejara su rostro lo más terso que pudiese.

Por un momento miró de nuevo hacia el jardín. El jardín que ella misma cuidaba, cultivaba, podaba cada sábado antes de ir a La Mañana y cada domingo antes de ir a misa.

¿Por qué esa mañana el jardín parecía rodeado de una suerte de velo de tul que lo oscurecía? ¿Por qué el intenso sol no lograba bañar de luz las plantas, los árboles, las flores?

Miró la portada del Diario. Sonrió un poco, con esa extraña mueca en que se convertía su ego satisfecho.

Como un orgasmo que ella había sentido una o dos veces en su vida, en ese momento era intensa la excitación en la corteza sensitiva del cerebro, el lugar que recibe e interpreta los datos sensoriales que recibe una persona.

Eso sentía cuando sus chicos eran obedientes. El titular, a lo ancho de la primera página, era exactamente el que ella ordenó: Malestar en las Fuerzas Armadas. Y el subtitular era perfecto: Militares que piden el anonimato afirman que hay descontento en oficiales y tropa.

Pero, de nuevo, vino la percepción del pesado velo de tul sobre el jardín, la intuición imprecisa, algo tan inusual en ella.

Sobre el velador reposaban los mandos y controles de los equipos electrónicos.

Como no podía accionar el control por sí misma, debido a que las uñas recién pintadas de rosa pálido aún estaban húmedas, pidió a Ana que encendiera el televisor LED de 84 pulgadas, ubicado a lo largo de la pared frente a la cama, y le ordenó que sintonizara uno de los noticiarios, el de la cadena Ecuavisión.

Era su programa favorito a esa hora de la mañana: el de la estación televisora cuyo propietario era su amigo Xavier Álvarez Rocafuerte.

En la televisión no citaron del titular de La Mañana. Hacía rato que habían dejado la costumbre, de la cual ella se sentía tan orgullosa, de leer los titulares de los periódicos.

Era una paradoja: Xavier, además de amigo de muchos años, era miembro de la Asociación de Propietarios de Periódicos y Revistas del Ecuador (APRE), pero parecía no creer demasiado en lo que decían los diarios.

¿No debía haber llamado anoche a Xavier para contarle con qué titular saldría su periódico? ¿No debía decirles a él y a sus colegas de la APRE que, al fin, había logrado lo que tanto le costó y que se unieran a ella averiguando más sobre el rumor y creando en el país un ambiente de incertidumbre, que era lo que en la Embajada de los Estados Unidos, durante la fiesta local del 4 de julio, le habían aconsejado que habría que hacer cuando llegara el momento?

No, no debía. Y tenía que aguantársela: la relación con los dueños de los otros medios tenía su límite. Cada cual aparecía con sus exclusivas y primicias, aunque fueran frívolas y superficiales, porque no cabía que todos vendieran lo mismo.

“Las leyes del mercado sobre la solidaridad gremial, señora Reina”, le dijo un día Arregui y a ella le molestó. ¿Arregui? El nombre se le vino como una ráfaga, como un latigazo, como un golpe seco. ¿Arregui?

Como Ana conocía tanto los hábitos matinales de Doña Reina, aplastó el botón del  televisor para dejarlo en “mute” y puso a funcionar el equipo de sonido Pionner SDF4.

En el receptor de radio Planeta, también de propiedad de Doña Reina Inmaculada, otro de los chicos, Angelito, repetía una y otra vez el titular, tal como ella le pidió anoche.

Angelito, como ella lo llamaba, anunció entrevistas presenciales y telefónicas acerca del tema y adelantó que en pocos minutos más el público escucharía un sondeo en vivo desde una esquina del norte de Quito (en el centro o en el sur de la ciudad no lo podían hacer porque las opiniones podían ser contrarias a su plan).

La señora Reina Inmaculada se sentía más poderosa que de costumbre cuando sucedían cosas como estas. Angelito era tan obediente. Más de 30 años junto a ella, era su informante preferido, no solo de las noticias políticas o económicas, sino también de los chismes, rumores y entredichos de que ocurría y se decía en los pasillos del Diario La Mañana.

En la tele los temas eran otros: noticias de barrios y de crónica roja, mezcladas como si ambas tuvieran relación directa, entrevistas sobre hechos de los días anteriores.

En la radio, el primer entrevistado por Angelito dijo no conocer nada acerca del titular del diario, pero el personaje, para que lo volvieran a llamar y que lo sigan considerando analista de temas militares, tuvo que decir que si La Mañana y sus prestigiosas fuentes lo afirmaban en portada, así debía ser, primero por la altísima credibilidad de La Mañana y, segundo, porque ya era hora de que el país y, en especial, sus gloriosas fuerzas armadas, se dieran cuenta de que…

Hubo un instante de silencio. De incertidumbre.  La señora Reina Inmaculada tensó los músculos faciales y pidió a Ana que se retirara por un momento de la habitación. Que fuera a la cocina y se sirviera un café con un pan o algo así. Que ella volvería a timbrar para que subiera a seguirla arreglando.

La preocupación se debía a que eso no fue lo planeado con Angelito. La noche anterior debía enviar por correo electrónico a sus entrevistados de la mañana siguiente una copia de la portada del periódico para que los invitados a la radio reforzaran la idea. ¿Cómo era posible que Angelito, su Angelito, hubiera olvidado un detalle tan importante?

Cuando Ana regresó a la habitación, Doña Reina la recibió con un gesto de mal humor. Pero era importante, como siempre, cuidar su imagen ante los demás.

De una manera brusca,  ordenó a Ana que siguiera con su trabajo. En absoluto silencio y sin mirar a su patrona, Ana continuó con el pedicure.