EL GUARDIÁN (capítulo VI)

Por Rubén Darío Buitrón

El segundo día que Arregui no llegó a trabajar fue una jornada de intensos comentarios en la redacción y en la dirección del diario La Mañana.

Era como si todos soñaran en una tarde soleada, pero la naturaleza se empeñaba en hacerla gris.

Pasado el mediodía, los más altos jefes de La Mesa de Decisión Final decidieron contar la noticia a la dueña del periódico, llamada por ellos –unos con más sumisión e hipocresía que otros- Doña Reina.

Acostumbrada a manejar su empresa a base de la información confidencial con la que contaba y a las decisiones autoritarias que solía tomar, aunque tenía la habilidad de hacerlas ver como consensuadas con la Mesa de Decisión Final, la dueña, presidenta y directora ya conocía las versiones que circulaban sobre la ausencia de Arregui.

En el impecable y amplio despacho presidencial persistía un olor a madera húmeda.

La oficina estaba decorada con antiguos muebles de caoba, óleos de pintores ecuatorianos, en el piso una desgastada alfombra persa, pocos libros colocados en un viejo anaquel y muchos portarretratos con imágenes de los nietos de la señora Reina Inmaculada.

De repente, la mujer hizo un comentario que obligó a que los altos jefes, reunidos a su alrededor, tuvieran que reír forzadamente:

-¿No sabían que Arregui está enamorado? (lo dijo con un rostro irónico, desde su rostro con la ceja derecha más arriba que la de ceja izquierda, ambas sin vellosidades pero dibujadas cada mañana, cuidadosamente, con un lápiz Maybelline por una mano experta). Debe andar escondido en los tejados.

No lo dijo como broma: era la conclusión que le había entregado Estévez, el jefe del aparato interno de inteligencia.

Las funciones que cumplían Estévez y su gente, quienes fingían ser auditores internos de la compañía, era la contradicción más flagrante de la línea editorial del diario La Mañana sobre la defensa del derecho a la libertad de expresión.

El trabajo de Estévez era secreto: ni siquiera lo conocía la Mesa de Decisión Final. Aparte de la presidenta, solo sabían de él cuatro personas: los dos asesores de la Señora, el Banquero, el Jurista, Chui y Maquiavelito.

El equipo del departamento de inteligencia, al mando del sonriente Estévez (simpático y amable con todo el personal del Diario, pero no era por su personalidad cordial, sino parte de su trabajo), estaba compuesto por diez analistas, contratados tras firmar un estricto convenio de  confidencialidad y luego de pasar por el polígrafo.

El grupo, en horarios de ocho horas cada uno y durante las 24 del día,  elaboraba cuadros de relación luego de chequear todos los correos electrónicos personales de los periodistas, escuchar las llamadas telefónicas de los aparatos convencionales, registrar los números más frecuentes que se marcaban desde los celulares entregados al personal por la empresa con un minúsculo e indetectable chip localizador a cada empleado y averiguar a quién pertenecían esos números.

Aunque en  verdad no lo necesitaba, porque gracias a los chips era posible determinar la trayectoria y ubicación geográfica de cada periodista, la tarea se redondeaba con misiones especiales en las que los choferes de mayor confianza de la empresa presentaban a Estévez un informe de seguimiento a uno u otro periodista cuando el sospechoso terminaba el trabajo y salía del Diario.

Todo el trabajo se hacía con un equipo electrónico comprado en Brasil, el Guardian Z-10.

Y fue Guardian Z-10 el que detectó dónde estaba Arregui. Pero también fue Arregui quien días antes había descubierto la existencia del computador espía.

_____________

Próximo capítulo: La represalia (VII)