Por Rubén Darío Buitrón.

LA REPRESALIA 

Guardián Z10 permitía que, al mismo tiempo, 30 personas accedieran a la vigilancia en tiempo real del tráfico que generaban hasta 800 celulares y 200 líneas de teléfonos fijos.

También creaba cuentas-espejo de hasta 100 suscripciones de e-mails y monitoreaba, de forma simultánea, todas las redes sociales que usaban los periodistas del Diario.

La decisión de comprarlo, seis meses antes, fue sugerida por Estévez y tomada por la presidenta cuando se multiplicaron los rumores de que se estaba formando, en la clandestinidad, un gremio de periodistas del que, probablemente, como arrojaban todas las investigaciones y los indicios, Arregui sería el más probable líder.

En el periódico La Mañana todos conocían que Arregui era un rebelde. Lo cuestionaba todo, era el más consciente (y lo decía abiertamente) de las mentiras y los sesgos con los que se trabajaba en la Sala de Redacción y no estaba de acuerdo ni con la asociación de dueños de periódicos, que solo servía para reunirse cada seis meses en lujosos hoteles de Quito, Guayaquil o Cuenca, ni con la Unión Nacional de Reporteros, un organismo aparentemente destinado a defender los derechos de sus agremiados, pero, en realidad, títere de los dueños de los medios.

Antes de adquirir el equipo, cuyo uso por empresas particulares estaba prohibido en el Ecuador pero ella estaba dispuesta a imponerse sobre cualquier control gubernamental, la Señora Reina Inmaculada consultó con dos de sus principales asesores y accionistas menores del Diario, El Banquero, economista Ezequiel Bertero, y El Jurista, doctor Fátimo Corrales, dos aristócratas adinerados que mantenían prestigiosos despachos de consultorías y asesorías en Quito y cuyas reflexiones aparecían en el periódico en espacios privilegiados cada domingo, en la sección Opiniones.

Ambos habían nacido en pequeñas ciudades del centro del país y provenían de familias propietarias de  aquellas antiguas haciendas donde nada había cambiado a pesar de que habían pasado cientos de años: los indígenas eran los peones de la siembra y la cosecha, no percibían ningún salario y sobrevivían del capricho de los patrones, cuya relación con sus peones era vertical, autoritaria, patriarcal y cruel.

Bertero recomendó a su socia y amiga que era legítimo comprar los equipos Guardián Z-10 para proteger el futuro de la empresa, sobre todo su capital e inversiones, y Corrales, preocupado por la posibilidad de que se sindicalizara al personal, se encargó de los contactos y los trámites para importar el equipo bajo otra denominación.

El Banquero y el Jurista, dos hombres setentones y lúcidos, exfuncionarios gubernamentales en épocas pasadas, conocían todos los resquicios de las leyes para evadir los controles.

El sistema costó 800 mil dólares y el contrato incluía capacitación, mantenimiento y servicio técnico anual a cargo de la firma proveedora.

Lo compró el mismo Estévez, quien fue enviado por la presidenta a un supuesto curso de actualización en auditoría empresarial a Sao Paulo, Brasil. Allí  permaneció un mes conociendo la efectividad del Guardian Z-10 en distintas instituciones y compañías.

A su regreso, una vez instalado el equipo en un lugar secreto de la empresa, junto a los jardines laterales del edificio, Estévez incorporó secretarias, asistentes y pasantes, todas mujeres, a quienes hacía firmar contratos por tres meses con o sin renovación, según su rendimiento. Su objetivo no era hacer trabajo de oficina, sino seducir a los periodistas rebeldes y obtener información clasificada.

Cuando la presidenta dijo lo que dijo, sabía por qué pronunciaba cada frase.

El segundo día de ausencia de Arregui estaba todo configurado para que La Mañana pudiera solicitar su despido a las autoridades del Ministerio de Trabajo. Solo faltaban 24 horas. Y ya.

Pero la presidenta, que además de su obesidad tenía problemas en la circulación de la sangre por sus gruesas piernas, lo que le impedía caminar con normalidad, quería que todo pareciese un acto de rutina: “Una más del conflictivo Arregui”, repetía para que le escuchara el auditorio de sumisos que la rodeaba.

Les dijo gracias y les pidió que volvieran a sus oficinas, pero antes les exigió que desacreditaran a Arregui como un indisciplinado y libertino si algún redactor preguntaba qué estaba pasando.

-La versión oficial es que perdió la cabeza por Nelly, que el marido de esta ya lo sabía todo y que lo estaría buscando para golpearlo. Por eso no aparece: está escondido y es un cobarde. Y recuérdenle a Nelly que le ordené circular el chisme. Ya le instruí lo que tiene que decir, aunque me costó un bono de 500 dólares.

Los hombres hicieron una venia antes de abandonar el despacho. Angelito, uno de los más leales a la presidenta y que fue envejeciendo junto a ella, se quedó para salir al último, dando paso a todos y reteniendo la puerta.

Angelito sabía lo que tenía que hacer, como un payaso en una comedia: fingir que estaba por salir pero regresar donde la presidenta para ayudarle a retirar la minibutaca en la que, alternadamente, descansaba una y otra pierna. Ayudarla a levantarse era un ritual a la que ella y él estaban acostumbrados.

Por eso Angelito fue el último que la vio mientras ella se dirigía, despacio, pesadamente, tomada del brazo izquierdo de Angelito, hacia el elegante cuarto de baño de la amplia oficina.

Ese momento no supo por qué, pero él, que la conocía tanto, cuando se despidió con un beso en la mejilla se dio cuenta, por primera vez, de que algo desencajaba en el regularmente sereno e inexpresivo rostro de la Señora Reina Inmaculada.

Y entonces, cuando se disponía a despedirse, palideció: desde la puerta del baño la presidenta, con un tono de satisfacción, pareció decirse a sí misma, como sin darse cuenta de que Angelito podía escucharla:

– Arregui está muerto. Y bien muerto.

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Próxima semana: Los agachados (capítulo 8)