EL DICTADOR (CAPÍTULO VIII)

Rubén Darío Buitrón

El Chino era un colombiano de pasado oscuro y de pocas palabras, fanático de la música new age.

Nadie conocía cómo llegó al Ecuador. La historia que solía contar era que lo perseguían. Cuando sintió que lo tenían cercado cruzó la frontera por el mar y llegó al puerto de San Lorenzo, donde pasó un año escondido, viviendo con una familia de pescadores afro que a cambio de su trabajo le permitían dormir en una canoa.

Tampoco nadie conocía cómo llegó a Quito, dejando atrás su pelo largo y su viejo bluejean, aunque su versión era que doña Reina lo conoció en una asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en Miami, Estados Unidos, lo oyó hablar francés, se le acercó, conversaron durante horas y ella decidió que era el hombre adecuado para modernizar el periódico La Mañana.

Asistía a todo concierto de músicos locales o extranjeros, sin su esposa ni ninguna otra persona que lo molestara, y pasaba el tiempo aferrado a dos pequeños auriculares para escuchar la música desde su I-Phone.

¿Cómo era que, según él, sentía nostalgia por Esmeraldas y lo que menos le gustaba era la música tropical?

¿En qué parte de esa historia que él contaba había una fisura, una ficción, una mentira para ocultar algo mucho más grave de su pasado en los años difíciles en Colombia, en los momentos más intensos de la guerra irregular entre el Ejército y la guerrilla? ¿De qué lado, realmente, estuvo él aquellos años? ¿De quiénes vino huyendo?

Lo apodaban El Chino, por sus rasgos físicos, pero en realidad era un peón de hacienda que había llegado a convertirse en mayoral. Representaba, junto con Angelito, la sumisión total a Doña Reina Inmaculada pero, al mismo tiempo, iba acumulando y extendiendo su poder por toda la empresa al punto que llegó a tomar decisiones financieras, laborales, comerciales, publicitarias. Durante sus años en La Mañana fue un dictador.

Como Director de Edición, era quien, en teoría, comandaba la Mesa de Decisión Final, pero en la Redacción todos conocían que no era capaz de tomar ninguna decisión por sí mismo.

Lo poco que hacía estaba autorizado por la presidenta (echar una ojeada a las páginas antes de que se fueran a impresión, hablar con sus editores para que no se desviaran de la línea editorial de La Mañana, fingir amistades cercanas con sus colegas y buscar en su cuenta de twitter amigas periodistas con quienes coquetear).

Sus flirteos por twitter parecían contradictorios con la jerarquía de su cargo, pero eran parte de la estrategia de la presidenta para que El Chino mantuviera una red de información que pudiera ayudar al Diario en casos de “conflictos intensivos”, como ella calificaba a los problemas, sin saber por qué, solo porque lo había escuchado de alguien y le parecía una frase inteligente. Era su manera de evitar reflexiones que no era capaz de hacer.

El mérito mayor de El Chino en su vida profesional era el cargo que ocupaba en La Mañana desde hacía ocho años, una función que en la Redacción la mayoría no respetaba, porque el hombre no cumplía las funciones que el equipo periodístico esperaba de él ni era el líder que todos buscaban.

Él solía contar que había vivido en Francia y que allí estudió periodismo. Que allí trabajó en revistas y periódicos. Que allí conoció a grandes escritores latinoamericanos. Y que un día, cuando el dueño del diario El Tiempo de Bogotá estaba por París lo conoció y lo nombró corresponsal. Años después, le pidió que volviera a su país y fuera el director editorial.

¿Cuánto de mentira y cuánto de verdad existía en esas historias? ¿Cuánta megalomanía? Los hombres suelen construirse modelos de ellos mismos, pero nunca llegan a serlo y les toca alardear lo que les resulta imposible.

Pero aquí estaba y era imposible pensar, siquiera, que la presidenta, Doña Reina, lo moviera.

Su manera de vestir, siempre convencional y repetitiva (corbata a rayas grises y azules, camisa blanca, leva azul de tela delgada y con señales de brillo por el mal planchado, pantalón gris de poliester, medias grises decoradas con rombos azules y zapatos negros de cordón), no parecía la de un ejecutivo con poder y dinero.

Percibía un salario de 117.000 dólares mensuales, recibía bonos económicos especiales, cada jueves cenaba (en realidad, informaba) a Doña Reina en un reservado del antiguo y reputado restaurante Le Parisien y conducía un flamante auto Audi híbrido, de cuatro puertas, seis velocidades, cuatro por cuatro, obsequiado por la empresa.

Mucho menos complicado para él era justificar cada una de sus acciones con la muletilla de que era “una orden de la Presidenta” y que, frente a esa clase de órdenes, él no podía hacer nada.

Un día, por disposición de doña Reina Inmaculada, se acercó a Arregui, personaje bastante desconfiado.

Le invitó a un café en el bar de la planta baja y desde entonces logró tejer una telaraña en la que lo fue atrapando, hasta que Arregui empezó a contar cosas personales (su relación con Nelly, “exclusivamente sexual y sin futuro”, según él, de la cual ya estaba harto).

Le habló también de su anhelo de conseguir una beca y quedarse a vivir y trabajar en Europa. De su resolución de abandonar el oficio luego de cumplir uno de sus sueños: fundar una asociación de periodistas en La Mañana e irla ampliando con colegas de otros periódicos para desenmascar el poder de la prensa privada en el Ecuador, tomarse las direcciones de los medios y exigir participación accionaria.

Arregui conocía mucho estos temas pues los estudiaba al detalle, los escribía en su popular blog, que pese a la incomodidad de muchos de sus colegas del periódico, nunca dejaba de escribir y que contaba con un promedio de 40 mil lecturas diarias de sus posts).

Las confesiones de Arregui eran justo lo que quería saber Doña Reina.

El Chino se encargó de contárselo en una de las cenas en las que él creía que la Presidenta le hacía honores y que era un gesto de profunda confianza y afecto, pero en realidad eran movimientos estratégicos en la partida de ajedrez que los asesores y accionistas mayores jugaban con la certeza de que el país volvería a estar bajo sus pies.

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Próxima semana: La desaparición de Arregui (capítulo 9)