Novela

LA DESAPARICIÓN DE ARREGUI 

Rubén Darío Buitrón

Por su conocimiento de cómo era y cómo pensaba Arregui, El Chino tenía la certeza de que el caso del reportero no se trataba de un enamoramiento.

Tampoco creyó en la idea de un súbito romance.

En La Mañana todos conocían aquellos flechazos que terminaban en la cama del motel más cercano al periódico.

Otras parejas, más temerarias o ansiosas, resolvían sus deseos más lascivos en los baños y ciertos lugares poco frecuentados del mismo periódico. Sucedía con frecuencia entre redactores, diseñadores, fotógrafos, ilustradores, secretarias, editores…

Cuando pretendían pasar inadvertidos organizaban con premura, y a veces hasta con torpeza, viajes desesperados al Motel El Paraíso, a un kilómetro del periódico, junto a una vía rápida de la ciudad.

Había que llegar sorteando estrechas y oscuras calles de curvas infinitas que ayudaban a ocultar el acceso y las miradas curiosas de los vecinos.

En La Mañana quienes más lo hacían eran los mismos que solían reflexionar en voz alta y plantear elevadas discusiones sobre la ética, la honestidad y la transparencia.

Ellos y ellas eran quienes encabezaban los episodios más sonados de infidelidad, traición y mentiras.

Todos argumentaban igual: la deslealtad afectiva –que llamaban “desestrés”- les permitía bajar los niveles de presión, las tensiones por cumplir los horarios de cierre y aquella suerte de nubarrones sobre sus cabezas cuando sucumbían a la sumisión y la obsecuencia a los mandatos de doña Reina.

Otros, los que se jactaban con sus colegas, decían que era el mejor remedio para huir de la rutina periodística y familiar.

Así se multiplicaba el sexo furtivo: un casado con una divorciada, un soltero con una casada, un casado con una casada, un divorciado con una soltera, una pareja de solteros que, cada uno por su lado, tenía planes inmediatos de matrimonio…

Y sus consecuencias: embarazos sorpresivos, escenas de celos en la puerta del diario, demandas por juicios de alimentos, solicitudes de divorcio, escapes nocturnos a los  prostítulos más caros para evitar las tentaciones con las compañeras, traslados de ciudad hasta que pasara el escándalo cuando quienes eran sorprendidos en sus relaciones gozaban del afecto de El Chino o de Doña Reina.

Así, lo fácil para la empresa era provocar que se difundiera por la sala de redacción que Arregui se había extraviado en una de aquellas aventuras pasionales con alguna colega.

De esa manera evitarían especulaciones acerca del paradero del compañero que justo para ese día había convocado una reunión secreta en su departamento. Frenarían el vuelo del boomerang.

El objetivo de Arregui era diseñar las tácticas con las que irían propagando entre el personal del periódico la idea de que La Mañana era un negocio próspero para Doña Reina, sus asesores, sus accionistas y El Chino, pero no para los empleados, que cada vez más sufrían por los recortes de personal, las exiguas utilidades anuales, los salarios precarios, la falta de logística para trasladarse a sus coberturas…

Arregui estaba convencido de que La Mañana debía cambiar, que dejara de ser una empresa mercantilista.

El periódico tenía que convertirse en un medio que sirviera como escenario social.

Un espacio para elevar la capacidad de reflexión de sus lectores.

Un foro abierto para que la sociedad entendiera que el país era una tramoya que se debía echar abajo para empezar de nuevo.

Pero Arregui, por tercer día consecutivo, no apareció por la Redacción.

Ponía en peligro su estabilidad laboral, pues 72 horas de ausencia eran un causal de despido.

Y los pocos compañeros que conocían de la reunión decidieron pensar que era un irresponsable y un hablador.

Segovia, sin embargo, no creyó lo que rápidamente se había regado por los pasillos del edificio de la empresa.

Sabía que su colega no se iría del periódico por cosas como aquellas.

Sebastián Segovia era el mejor amigo de Arregui. Un hermano.

Y, como amigo y hermano, hizo lo que tenía que hacer: fingió sentirse con fiebre, solicitó permiso médico y salió en busca de su colega.

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Próxima semana: Capítulo 10: La entrevista