LA MUJER QUE CONTROLABA EL PAÍS

Rubén Darío Buitrón

Ana de los Milagros Carrasco-Andrade (así, con guion, para que sea un solo apellido) era un periodista de origen aristocrático.

Los lectores del periódico Ahora la consideraban una de las más influyentes periodistas del país.

Aunque pocos sabían que Ahora era un diario a punto de morir: cada vez desfallecía más por la deficiente administración y gestión de sus directores y de sus administradores, que desviaban los ingresos del periódico para otros negocios que empezaban a reportar millonarias pérdidas.

Ana de los Milagros era una cincuentona que aparentaba tener diez años menos.

Nada de ella era auténtico: ni su forma de vestir ni de peinarse ni de maquillarse -siempre impecable pero estacionada en la moda de los años 80- ni su cultura ni formación -no estudió en la universidad pero se jactaba de conocer mucho mundo gracias al dinero de sus padres, y, por esas razones, solía repetir con insistencia que gracias a esos periplos poseía amplios conocimientos de cultura, arte, geografía e historia.

Pero su reputación la había construido no a través de lo que escribía y ni siquiera de sus apellidos, sino de sus contactos.

Ana de los Milagros, soltera y arrogante, era comensal de la embajada de los Estados Unidos, de los empresarios de grandes corporaciones, de sus familiares económicamente poderosos, de los presidentes de los gremios de exportadores y de los directores de medios de comunicación que con frecuencia la invitaban a que opinara en noticiarios de televisión o radio.

Ese día llegó orgullosa al gigantesco despacho de la dirección de La Mañana luego de pasar cinco filtros de seguridad y preguntarse, como si cometiera un pecado, ¿a qué le temía tanto doña Reina?

Minutos antes, cuando atravesó los jardines del periódico, observó una enorme pila de piedra de río en el centro, con un alto, poderoso y permanente chorro de agua.

Por delante de la pila vio dos grotescos y desgastados bustos de personajes con rasgos aindiados: los fundadores de La Mañana.

Uno era en memoria del patriarca, Joaquín, y el otro en homenaje a Leonidas, padre de doña Reina.

Una mujer que no fuera Ana de los Milagros habría intuido que La Mañana era una institución abiertamente machista.

¿Por qué no había mujeres en la legendaria historia de La Mañana?

¿La abuela y la madre no tuvieron nada que ver en la construcción del imperio que ahora manejaba doña Reina?

¿Por qué la doña Reina nunca reivindicó el rol de esas mujeres?

¿Por qué nunca habla de ellas?

Pero Ana de los Milagros no lo pensó. Y, más bien, estuvo a punto de hacer una venia a los bustos del patriarca y de su hijo.

Ascendió por las amplias escaleras de mármol y mientras miraba las paredes adornadas con obras maestras de famosos pintores y, por un momento, la invadió un complejo de inferioridad: por qué ella, toda una Carrasco-Andrade, no era parte de ese periódico tan espléndido, tan monumental?

Cuando estaba por llegar al despacho de doña Reina volvió a preguntarse por qué nunca la habían llamado de La Mañana a trabajar allí, pese a la amistad y a la consideración que la dueña decía sentir por ella.

Pero tuvo que serenarse: no era el momento para dudas existenciales.

En el despacho de muebles anchos, amplios y de estilo antiguo, revestidos con cuero de color café oscuro, fue como si se encontraran dos majestades de la rancia realeza europea, la una de 75 años y la otra de 49.

Parecían madre e hija. Por los gestos. Las primeras opiniones que se cruzaron. Los halagos mutuos por sus presuntas elegancias, por sus  “qué joven se la ve, qué bien que se conserva”.

Y los peinados. Y el maquillaje. Y los velos y los trajes sastre y los pañuelos de seda. Y la forma de hablar. Y los temas.

La puerta de abrió y apareció María Valentina, la asistente del despacho, con su cabello arreglado al estilo de la cantante estadounidense Carol King, reina del soul-pop en los años 70.

El tiempo parecía detenido en ese ambiente señorial e impecable, con aquellas tres mujeres de aspecto físico como si durmieran con naftalina y de una manera de dirigirse a la otra impostando cada palabra, frase, gesto.

María Valentina preguntó si deseaban tomar algo, memorizó la orden recibida (solo dos cafés negros con azúcar dietética, si eres tan amable, y dos vasos con agua).

Salió del lugar y llamó a Renancito, el mesero itinerante que cada día iba de oficina en oficina, escuchando todo lo que alcanzaba a oír, sirviendo decenas de tazas de café a doña Reina, al presidente ejecutivo, a los editores jefes y a los visitantes.                                                                                                                           Ana de los Milagros empezó a formalizar la entrevista. Lo primero que dijo cuando se sentaron en esa gigantesca mesa de manera tallada fue que El Bermejo, primo hermano de doña Reina le enviaba muchos saludos.

A Reina Inmaculada le pareció inapropiado que Ana de los Milagros le trate con tanta irreverencia a su primo, que en realidad se llamaba Joaquín, pero no lo dijo, aunque esbozó una sonrisa y un gracias que le salió forzado.

Ana de los Milagros siguió atacando para ganarse más la confianza de doña Reina.

El Bermejo mandaba a agradecer por la maravillosa cena del domingo pasado en la residencia de su prima y, modestamente le enviaba a la mejor entrevistadora de  “Ahora” (lo dijo sin un dejo de bochorno en las mejillas ni algún gesto de modestia, aunque fuera simulado).

La misión de Ana de los Milagros era mostrar que para el país, una de las noticias más importantes de este año era en centenario de La Mañana.

“Insisto en que se la ve muy bien, doña Reina”, dijo Ana de los Milagros y mostró su sonrisa de dientes perfectos forrados en porcelana.

“Gracias, Ana de los Milagros, a ti también”, respondió su interlocutora, con una sonrisa en formato parecido.  “Por favor, puedes llamarme solo Reina y tutearme. Contigo estamos en el mismo nivel social e intelectual”.

Doña Reina, cuya capacidad para verbalizar y expresarse era limitada, estaba tranquila pese a que no se encontraba allí Maquiavelito, subdirector del periódico y asesor personal de su patrona cuando venían a entrevistarla.

Maquiavelito, un hombrecillo de un metro con 5o centímetros de estatura y con una personalidad oscura, tenía una inigualable habilidad para convertirse en necesario, para hacer creer a los demás que sin él era imposible pensar. O planificar. O escribir. O pronunciar discursos. O publicar noticias. O definir el editorial institucional.

De trajes anchos y grises, siempre grises y siempre acompados con camisa blanca y con corbatas finas pero de tonos pálidos y anchísimas, Maquiavelito -a quien, a sus espaldas, los periodistas de la Redacción lo apodaban “Enano”- ocupaba uno de los puestos más importantes de “El Diario”.

Uno de sus roles era escribir los discursos de Doña Reina, corregirla en caso de que cometiera algún error cuando ella hablaba al personal de La Mañana y prepararla cuando algún medio la invitaba a opinar sobre el país.

Maquiavelito debía estar de viaje, como lo hacía cada mes, en representación de La Mañana, o quizás doña Reina suponía que si la entrevista la hacía una empleada del diario de su primo, no habría de qué preocuparse.

– Señora Reina Inmaculada, ¿siente que -Dios no quiera- usted deba dejar el periódico, este se quedará en buenas manos?   

Estoy tranquila porque hay siete miembros de la cuarta generación preparados para asumir el futuro de La Mañana: todos aman el recuerdo del abuelo y del bisabuelo, es decir el país y el periodismo.

Era apenas la primera respuesta, pero Ana de los Milagros estuvo a punto de reír cuando escuchó la frase. ¿O sea que su padre es el periodismo y su abuelo el país? Pero omitió decirlo.

-¿Qué papel debe desempeñar la prensa escrita en nuestra sociedad?

– Una prensa como la nuestra, que tiene una tradición tan grande de la verdad, la justicia y la independencia, debe desempeñar un papel importante.               

-¿Cómo enfrenta la dirección de un periódico en un país gobiernos que no respetan la libertad de prensa?   

-Son sobresaltos permanentes que nos vemos obligados a luchar.  Doña Reina tomó la taza de café que le correspondía y Ana de los Milagros observó que su mano derecha temblaba.     

– ¿Cómo evitar equivocarse en los enfoques?                    

Doña Reina pasó la servilleta por sus labios y le pidió a Ana de los Milagros, casi susurrándole, que, por favor, le hiciera preguntas más sencillas, aunque esta sí te voy a responder, dijo.

-Primero, teniendo mucha calma, luego cerciorándose de los hechos con diversas versiones. Después reúno al consejo editorial, presidido por mí, claro, pero si es necesario llamo a especialistas en la temática; hay que consultar a muchas personas conocidas de la casa para no meter la pata (sí, sé que esta expresión es fea, pero tú le acomodas, ¿verdad?).                 

-¿La última palabra la tiene la directora en estos casos? 

(Doña Reina se movió y acomodó varias veces en su sillón, como si le molestaran los kilos que se desparramaban en el mueble).

-Sí, desde las más importantes decisiones del consejo editorial hasta la división de secciones, desde quién aparece y quién no aparece en “La Mañana”, incluso en cómo se dividen las secciones, quién son los encargados de cada sección y quién debe ser despedido o ascendido. Escucho, pido sus razonamientos y explico los míos. Siempre estoy mirando, captando, tengo algunas antenas. Debe ser un don de mujer. Yo lo controlo todo. 

Miró hacia el amplio ventanal. Los jardines. Los árboles. La pileta. Los bustos de bronce: solo ella sabía que su padre temía que, a su muerte, fuera Reina quien manejara el periódico porque, en su versión masculina de la vida, no resistiría los embates de las circunstancia y el imperio mediático se vendría abajo).                             

-¿Cómo ha sido la transición del periodismo que vio de niña al de ahora?

(Ana de los Milagros estaba decepcionada. En su orgullo y soberbia, se le cruzó la idea de que si pudiese volver al pasado le pidiera a su padre que comprara un periódico para ser ella, más culta que cualquiera, la directora. Pero siguió escuchando).                                         

-Cuando mi padre vivía ya hablábamos del cambio tecnológico, pero él se asustó mucho. Recuerdo que me dijo: “Reinita Inmaculada, quiero pedirte permiso porque quiero traerle a tu primo Joaquín como subdirector general y yo sé que tú sueñas con trabajar aquí. Yo le respondí: “Papi, todo puedo hacer, menos cambiarme de sexo. Tráigale no más al Bermejo, que es el hijo que ha soñado”. Pensé que tendría que ceder un poco. Traer al Joaquín era una buena idea, porque le gusta la tecnología y está preparado.

-¿No tuvo celos?

– Sí, claro (pero esto no puedes publicar). Pero mi papá estaba aterrado de que el plomo desaparecería y que los operarios perdiesen el trabajo. Ay, mi padre, tan complaciente con sus obreros. (Esto tampoco escribirás. ¿Deseas otro cafecito?). 

-¿Y qué pasó?

-Lo electrónico le parecía de otro planeta y eso le trajo dificultades, porque como no teníamos técnicos aquí, hubo equivocaciones y atrasos en las ediciones. Se levantaba asustado. Un día salió la página editorial del día anterior y por poco renuncia. Luego de su muerte, a mí me tocó cambiar todo, incluso los equipos que estaban obsoleto. Fue horrible, porque no tenía un dólar en caja.                                                                   

¿Esto puedo publicar?                                                                

-Claro que sí, mija. Había que tomar decisiones duras, empezando por infiltrar el sindicato, dividirles y luego disolverlo con la ayuda de mi amigo, el ministro de Trabajo. Sin embargo… (esto no lo publiques, pero tengo información de que después de tantos años de controlar yo misma la asociación de empleados, algo falló y ahora están armando otro sindicato más sofisticado. ¡Ay del que se atreva!).                                         

-Fueron grandes aciertos suyos, doña Reina, porque hoy La Mañana es una empresa sólida y es el periódico más importante del país. ¿Cómo lo logró?

(La noticia del nuevo sindicato le trajo a Ana de los Milagros una esperanza: si sale gente del sindicato, podría entrar ella).

-Con una mezcla de humildad y orgullo: humildad de saber que se tiene que aprender y con el orgullo de ir y decirles que este es “La Mañana” y a mí no me pidan ni firmas ni garantías… Los bancos privados nos ayudaros y se convertieron en accionistas menores. El primer año hice un milagro, pero no fue obra de un genio, sino solo sentido común.                                                         

-¿Qué huella deja “La Mañana” en sus 1o0 años? 

-Es inusual que un diario que cumple 1o0 años haya tenido solo tres personas que lo manejen; no me había percatado, hasta cuando lo dijo el subdirector Jorge Solano en un homenaje que le ofrecimos por ser el periodista más antiguo y que sigue ejerciendo. 

-En lo político pasa lo contrario, se cambia de autoridades a cada rato. En La Mañana a usted le toca, incluso, desafiar al sistema. 

-Así es, hay que desafiar por el hecho de ser mujer. Y desafiar a los gobiernos de izquierda. Si no hacen caso a la opinión pública, que la generamos nosotros, pues hay que tumbarlos. Y yo decido eso.                                                                                       

-¿Cómo lo hace una mujer tan delicada y suave como usted?                                                                            

-Al principio los militares y los congresistas me tenían un poco de recelo porque, para comenzar, a los hombres no les gusta recibir órdenes de una mujer. Es lo mismo que he hecho en La Mañana: convertir a los gerentes en amigos, demostrarles que soy capaz y que tienen que ser mejores que yo. Por eso me quedé con Jorge Solano como subdirector adjunto, porque digan lo que digan de él (hasta agente de la CIA le han dicho, ja, ja, ja. Ojo, otra confesión impubicable). La Mañana es apasionante, no hay trabajo más maravilloso que el nuestro: no nos vemos ni viejos ni anticuados.                                                                            

–Los herederos confiaron en que usted sacaría adelante La Mañana.

-Cuando papá murió yo me fui con el Joaquín al “Ahora”, donde  tú trabajas, y eso enojó a la familia. Pero lo hice a propósito. Luego me llamaron. Me esfuerzo mucho, me encanta trabajar y pese a mi avanzada edad aún tengo mucha energía.  

(“Pero si está joven, doña Reina”, se vio obligada a decir la entrevistadora).                   

-¿Cómo supera las presiones, las traiciones y los halagos del poder?  

-No hago caso a nada ni a nadie. No creo a nadie. Soy impermeable a los halagos y hasta a los ataques comunistas de mis enemigos.       

-¿Se siente una mujer poderosa?                                              

-No, me siento como cualquier persona con buen sentido común (pensó: ¿cuál será el sinónimo de “sentido común” para no repetirlo tantas veces?, pero no lo encontró). No se puede envanecer ni usar el poder que puedes tener, a menos que la patria esté en peligro de caer en manos  de los indios o de los sindicalistas.                                 

¿-Cuál es su referente de periodista o empresario de comunicación?

-Katherine Graham, del Washington Post (“Oh, mi God!”, pensó Ana Maribel, casi inconscientemente). Me dicen que me parezco mucho.                                                                                   

-Ella solía tener en su mesa a presidentes y ministros, a diario, para decirles lo que debían hacer.

-Yo también les tengo aquí cada vez que quiero, sentados a mi derecha y explicándome por qué hacen esto y por qué no hacen lo otro. Si quieres halar las cuerdas, lo haces. Creo que el arte más fantástico es estar segura como persona y, como periódico, que tienes fuerza, poder y credibilidad. No creo que sea necesario mostrar nada. Si invito a alguien, viene inmediatamente porque ya sabe que tiene que escucharme.         

-¿No hay un dejo de soberbia? 

-No. Solo sé que mi sentido común (esta vez ya se incomodó con tanta repetición) es infalible.                                                  

 -¿Qué le ha dado “La Mañana” al país?

-En primer lugar, estabilidad en los momentos duros; luego, viendo los archivos, te sorprendes, porque no solo hemos sido testigos de la historia, sino protagonistas decisivos. De este despacho han salido hasta presidentes nombrados.

-¿Los medios somos responsables si nos equivocamos al apoyar a un gobierno?

-No, porque les advertimos, les halamos las orejas, les llamamos la atención, pero a veces los políticos no hacen caso.                                                                                                                                            -¿Y tendrían que hacernos más caso?

-Por supuesto. Nosotros somos la opinión pública. 

-¿Se siente frustrada cuando no la escuchan?

-Los políticos, con excepciones que sí las hay, se equivocan mucho por tratar de ser equilibrados, por no entender que el empleo lo creamos los empresarios y por tanto tenemos la última palabra.

-¿Cómo ve al país a futuro?

– Imposible saberlo. Siempre decimos que este año es la tragedia, y nada. Gracias a los medios, nunca pasa nada grave ni hay cambios de fondo. La nación es conducida por medios como La Mañana y Ahora, con gran sentido común. (Lo hizo de nuevo, se mordió la lengua pero disimuló. Se prometió que la próxima vez, antes de cualquier entrevista o discurso, preguntaría a Maquiavelito qué se puede decir en lugar de “sentido común” y que no dejaría que él no estuviera a su lado para corregirla al oído).

Ana de los Milagros y doña Reina rieron cuando, al despedirse con besos en las mejillas, coincidieron en que usaban el mismo perfume: Chanel 5.

Bromearon. La próxima entrevista sería en París, en el café Lex Deus Magots, favorito de las dos. Y hablarían -dijo doña Reina- hasta del caso Arregui, que no te atreviste a preguntarme-.

Excepto ese tema, que a la reportera se le quedó en el cuestionario por temor a la respuesta o al silencio, todo coincidía entre ellas.

Ana de los Milagros bajó las escaleras de mármol del edificio insatisfecha con la entrevista, aunque segura de que sería la próxima periodista llamada a integrar la cúpula de la sala de redacción de La Mañana.

Ese era su sueño. Pero la decisión de doña Reina fue llamar de inmediato a su primo Joaquín y pedirle que la próxima vez no enviara a una reporterita cualquiera que seguramente creía que imitándola conseguiría el poder que a la dueña de La Mañana tanto le costó.

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Próximo capítulo: El informe secreto