Corrían tiempos de jovencita (18 años). Fui a la Universidad a estudiar dos carreras hermosas: Trabajo Social y Jurisprudencia.

Mis sueños empezaban a realizarse. Pero, de pronto, empecé a sufrir, a tener miedo, a veces incluso pánico.

Sentía el acoso de compañeros y de profesores. Comencé fingiendo que no me importaba y les ponía un alto.

Al principio, suave: no lo hagas, no soy para ir a la cama.

Luego, más presionada por ellos, los mandaba a volar, furiosa, y brotaba mi carácter fuerte.

Los amenazaba con denunciarlos en la Rectoría y se burlaban. En una ocasión golpeé a uno y nunca más me vio.

Mis compañeras de clase me decían que no era para tanto, que no les parara bola, que eran unos bobos.

Pero yo les replicaba que esos hombres estaban queriendo vulnerar mi vida. Que no era bobo lo que me hacían. Que esas cosas no las toleraba de nadie.

Pasaron los años. En el último curso, las compañeras reían y me comentaban “ya vez, no pasó nada, así son todos”.

Ellas siempre aceptaron que era normal y yo no podía creer que siendo profesionales no vieran la gravedad del problema, pese a que era un secreto a voces en la Universidad.

Un día fui donde la directora de mi Facultad y le informé. Ella, siendo mujer, me respondió que “era un mal de la sociedad y que yo debía cambiar”. Cuando le pregunté cómo, no supo responder.

Al tiempo de lo que ocurría en la Universidad, en varias ocasiones fui a un médico particular y el doctor me observaba con una mirada insinuadora. Yo tenía 22 años.

Fue tan cínico el médico que me sugirió que regresara en la tarde, cuando ya no tenía pacientes, “para charlar con calma”. Me levanté de la silla y le tiré las cosas que tenía sobre su escritorio. El hombre palideció y yo salí y grite en la sala de espera que ese médico me había acosado, pero no escuché nada. Solo quería irme del lugar.

Hasta huí de un psicólogo al que fui a consultarle todo aquello. Pasé tiempos difíciles.

Cuando ya era profesional me encontré que madres, hijas y mujeres sufrían acoso sexual, pero todas decían “así es la vida, señorita”, yo empujaba a que no callaran, pero decían que era peligroso, que los hombres podían matarlas.

Poco a poco quedó atrás esa pesadilla. Me casé. Tuve dos maravillosos hijos y un esposo que fue un gran y dulce ser humano.

Cuando él falleció continué mi vida.

Pensé que aquello del acoso, que tanto sufrimiento me causó siendo jovencita, había pasado.

Sin embargo, no fue así. Busqué trabajo y acudí al mejor amigo, al que estuvo con mi esposo en mi casa. Nos conocíamos con la esposa e hijos.

Un día lo encontré en el club y le dije que llamaría a su secretaria porque quería una cita para que me ayudara.

Acudí a su oficina y me dejó hablar. Me preguntó cómo estaba y cuando le dije que necesitaba un trabajo (era un abogado que en aquella época era Contralor General del Estado), creí que él podría recomendarme algún  contacto.

Me dijo que sí. Peor me quedé perpleja porque de inmediato empezó a decirme que la viudez me había “sentado muy bien”, que me veía más joven y guapa (mi sangre estaba a punto de ebullición). Luego me propuso que regresara para tomar café con galletas en un departamento con sus amigos y que lo pasaríamos muy bien.

Me levanté, le dije que repudiaba la manera en que me estaba tratando y me fui.

Por hechos como esos, que se repetían con frecuencia, tomé la decisión de irme del Ecuador. Para los hombres influyentes y con poder yo no era una mujer profesional, sino un potencial objeto sexual.

Hasta que arreglara todo vendí y regalé mis cosas. No avisé a nadie y me dije “me voy”.

No podía siquiera pensar que mis dos niños crecieran en un ambiente así. Acá, en Estados Unidos, nunca hemos sufrido acoso (cuando ya los chicos crecieron les conté la verdadera causa por la que nos fuimos del Ecuador y ellos lo entendieron y me dieron la razón).

Ambos han viajado varias veces para “volver a conocer su país”, como suelen decir, pero yo nunca más.

Hasta hoy pienso que no he superado todo aquello. No volví a casarme, pese a que tuve oportunidades acá, pero el solo hecho de pensar que alguien pudiera hacer daño a mis hijos me hacía retrodecer.

Ahora soy feliz a mi manera. Mi familia creció y es maravillosa. Mi hija es doctora en psicología  y mi hijo, que es pastor, tiene una maestría. Conozco muchos pastores honestos que no se han hecho millonarios con la religión y que de verdad siguen al Señor.

He dejado para el final de este testimonio algo que me dolió mucho: entre aquellas historias que les he contado, el esposo de mi hermana, un abogado que  fue vicepresidente de la Corte Superior de Justicia me acosó.

Apenas hace un año se le conté a un hermano y se sorprendió tanto que, indignado, me dijo que debí agarrar un cuchillo y amenazarlo.

Nunca le conté a mi hermana porque estoy segura de que me hubiera culpado a mí. La ceguera y la falta de conciencia no excluyen a nadie.

En aquellos tiempos, en Quito, hasta el señor que barría la calle me miraba con lascivia.

Rubén Darío: Gracias por escucharme y dejarme abrir el corazón. Nunca me había atrevido a escribir este testimonio, pero ahora que usted me lo permite y que han estallado tantos escándalos, puedo hacerlo.

He terminado y me doy cuenta que un sudor frío me recorre el cuerpo y que tengo las manos húmedas y temblorosas.

Un abrazo,

Bárbara M.

21 de octubre de 2017