Por Gonzalo Curbelo

Con seis décadas de magnífico trabajo encima, el estadounidense Gay Talese es una leyenda viviente del periodismo y los reportajes, además de uno de los creadores de ese estilo estilizado que, a pesar de peinar canas y calvicies, seguimos conociendo como “nuevo periodismo”.

Al igual que otros popes del género, como sus compatriotas Tom Wolfe y Truman Capote –y a diferencia del no menos distintivo, pero gracias a su particular falta de gusto a la hora de elegir su indumentaria, Hunter S Thompson–, Talese es un hombre notorio por su elegancia a la hora de vestir, siempre de traje y corbata (incluso en su juventud en los años 50 y 60), algo que en su caso no parece provenir del deseo de sumarse al personaje de periodista-estrella de su generación, sino simplemente al hecho de ser hijo de un sastre.

Pero tal vez la elegancia y formalidad del periodista –aunque se refiere a sí mismo como un non fiction writer o “escritor de no ficción”, es decir, un autor de lo que en castellano se suele llamar “novela testimonio”– puede hacer olvidar que sus temáticas preferidas suelen ser, al igual que las de sus colegas de género y generación, como Norman Mailer y los ya mencionados Capote y Thompson, las que tratan de los aspectos más controvertidos y marginales de la sociedad estadounidense, desde las mafias neoyorquinas hasta las comunas sexuales californianas, investigaciones que muchas veces lo llevaron a la inmersión personal entre individuos y ambientes cuestionables.

De todos modos, y por lo menos en los últimos 20 años, un Talese ya mayor abandonó un poco el trabajo de campo y se dedicó a escribir sobre su propia experiencia como periodista y sobre las dinámicas del oficio al que dedicó su vida, cuando de pronto una historia resurgida de su pasado lo puso nuevamente en la senda del reportaje de investigación.

Como producto paralelo de ese retorno, comenzó en 2013 un registro documental, a cargo de los directores Josh Koury y Myles Kane, de la elaboración del libro-reportaje que iba a ser el fruto de ese trabajo.

Sin embargo, el periplo de Voyeur’s Motel (2016), que ahora es narrada como un documental de Netflix con su nombre abreviado a Voyeur, terminó siendo –por motivos absolutamente válidos– un poco como la del documental Weiner (Josh Kriegman, 2016).

Este fue pensado como la observación del proceso de regreso triunfal de Anthony Weiner, integrante del Partido Demócrata de Estados Unidos, a la política luego de un escándalo sexual relacionado con la afición de ese personaje a mandarles fotografías de su pene a admiradoras, pero durante el rodaje el incorregible Weiner volvió a incurrir en esa conducta exhibicionista, lo que convirtió el documental en el registro del devastador derrumbe de un político brillante pero incapaz de controlar su conducta privada.

En forma similar, la historia de Voyeur es la de un triunfo o un fracaso periodístico, o ninguna de las dos cosas (y no me estoy haciendo el vivo paradójico con una descripción tan ambigua: como se explicará más adelante, se trata de una obra muy difícil de valorar en términos de ética profesional o de simple moral).

En el momento en el que comenzó la filmación, Talese decidió retomar una historia extraordinaria que había comenzado más de 30 años antes, luego de la edición de su libro Thy Neigbor’s Wife (“la mujer de tu prójimo”, 1981), una investigación acerca de la liberada vida sexual de los estadounidenses en los años 70, que llevó al periodista a involucrarse personalmente en diversas experiencias extramaritales, algo que, como era bastante previsible, fue luego expuesto mediáticamente, pero quizá mucho más allá de lo que le habría gustado al autor.

El caso fue que uno de los admiradores de Thy Neighbor’s Wife fue un tal Gerald Foos, dueño de un motel (en Aurora, una ciudad de unos 300.000 habitantes en el estado de Colorado), quien le escribió a Talese y –admirado por el espíritu liberal y poco adepto al juicio moral del escritor– decidió contarle con franqueza una reprobable costumbre que había consolidado durante más de una década.

Foos era un voyeur compulsivo que espiaba diariamente a las parejas que visitaban su motel, por unas mirillas instaladas en los techos de las habitaciones y accesibles desde un sistema de ductos de aire en el cual el mirón se desplazaba para observar, eventualmente masturbarse y luego registrar todos los detalles de lo que había visto en una serie de cuadernos que archivaba, al parecer convenciéndose a sí mismo de que lo que hacía era una especie de investigación sociológica.

A Talese le interesó el caso, tanto que llegó a visitar a Foos y a comprobar personalmente la existencia de su “plataforma de observación”, desde la que pudo ser testigo de un acto sexual, pero, ante la (comprensible) negativa del motelero onanista a que se publicara su nombre en el reportaje, el periodista descartó la historia.

Pero en 2013, Foos –ya octogenario, al igual que Talese– volvió a contactarlo y lo autorizó a narrar la historia con su nombre real, debido a que eso ya no lo pondría en peligro, porque sus delitos voyeurísticos habían prescripto.

Talese aceptó y, con todos los registros de Foos a su disposición y junto con un equipo de filmación, decidió realizar el reportaje, en un principio para que fuera publicado como una nota en la prestigiosa revista The New Yorker, y que luego se convertiría en el ya mencionado libro, lanzado el año pasado.

Lo que no esperaba el periodista era que se multiplicaran las reacciones negativas –motivadas en parte por el hecho de que Talese no hubiera denunciado al voyeur en los años 80, cuando supo acerca de sus actividades– y que un colega de The Washington Post hiciera una investigación inmediata a la publicación del libro, que lo llevó a identificar y divulgar algunas contradicciones claves en el relato de Foos (por ejemplo, que este no había sido propietario del motel durante ocho años en el período abarcado por el libro).

Talese advirtió, desde el prólogo del libro, que este se basaba en una única fuente, a la que no consideraba del todo confiable, pero algunas de las observaciones publicadas por The Washington Post le parecieron tan importantes que terminó renegando de su libro, considerándolo herido de muerte en su credibilidad y admitiendo que era el fin de su carrera.

Sin embargo, la historia no era tampoco tan sencilla ni tan definitiva, y es sobre esta historia humana y compleja en términos periodísticos y legales que trata Voyeur.

Periodistas y pajeros

¿Cuál es el auténtico tema de Voyeur? ¿La historia de un elaborado e impune mirón compulsivo o la de una leyenda viviente del periodismo frente a lo que tal vez fuera una de sus últimas investigaciones?

¿O la interacción entre ambos, o incluso el registro de dicha interacción, como si fuera una ficción no guionada pero perfectamente consciente de los límites entre la relación interpersonal, la honestidad y la protección entre un periodista y su fuente? ¿O simplemente sobre los egos y la privacidad? ¿O incluso sobre otro de los rictus cadavéricos de la muerte del periodismo?

Promediando el documental, a la altura de la historia en la que el libro ya había sido editado y su contenido había generado rispideces –documentadas por separado– entre Talese y Foos, los directores hicieron que ambos se reunieran para intercambiar descontentos e impresiones sobre el lado oscuro de la notoriedad y las críticas que Talese recibió por las inconsistencias del libro.

En la charla entre esos dos ancianos, se recoge un momento de metaperiodismo –¿o metacine?– absolutamente excepcional, cuando el director comienza a hacer algunas preguntas desde fuera del encuadre y quiere que Foos diga si está resentido con Talese por el reportaje.

Foos responde cándidamente que “ya había contestado eso” (al director, en una entrevista anterior), y esto hace que Talese se encolerice y le explique a Foos que lo están emboscando, que le repiten una pregunta cuya respuesta ya saben, para que, inhibido por la presencia del propio Talese (a quien sin dudas Foos admira, más allá de que pueda estar irritado con su libro), dé una respuesta diferente, que luego los autores del documental puedan confrontar con la anterior y así presentarlo como un hipócrita.

“Eso es periodismo”, dice, molesto, el viejo maestro de periodistas, generando un momento único, incómodo, abierto, que debería aprovecharse para enseñar en futuras clases de periodismo de la Facultad de Información y Comunicación o de cualquier otra institución pública o privada (¿es o no es periodismo, o documental, montar una situación con un objetivo preestablecido?: por suerte el documental no intenta darle respuesta a esa pregunta, ya que no hay una definitiva).

La crítica Bridget Read, de la revista femenina Vogue, tituló su reseña sobre el documental “Voyeur, en Netflix, llega en un muy mal momento para los hombres viejos y siniestros (creepy)”, pero en verdad el momento es perfecto.

Seguramente ni los directores ni Talese se imaginaban, cuando comenzó la producción del documental, cómo se iban a desarrollar los acontecimientos posteriores relacionados con el propio reportaje y el subsiguiente libro.

Pero tampoco pudieron haberse imaginado que, en el momento del estreno de esta película, toda la sexualidad masculina –especialmente la de hombres adultos de mediana edad o mayores– iba a estar cuestionada con mucho rigor, a partir de los escándalos relacionados con diversos abusos hollywoodenses, y que el voyeurismo de Foos –en definitiva, una forma más de abuso sexual– iba a ingresar en un campo minado al que además Talese le agregó algunos explosivos extras, al perfilarse como una de las escasísimas figuras notorias que defendieron al ahora célebre paria Kevin Spacey, luego de que este fuera defenestrado en tiempo real.

Es justamente este contexto moral de la actualidad el que hace más relevante el aparente amoralismo de Voyeur –que, en realidad, es el registro en términos no binarios de un profundo conflicto moral–.

Talese, que no parece compartir en absoluto la excitación enfermiza de su sujeto de investigación, pero que está fascinado por su meticulosidad, define la imposibilidad de evaluar una conducta tan extraña con una frase de antología sobre el voyeurismo: “Es peor que aburrido, es real”.

Para un periodista, un documentalista o un estudiante de alguna de estas dos profesiones, Voyeur no es sólo interesante, es ineludible, casi obligatorio.

Para cualquier cinéfilo o curioso acerca de las vidas secretas en general, es simplemente un trabajo magnífico.

De hecho, parece por momentos un documental tan estropeado como el libro, por las revelaciones que volvieron dudosa la veracidad de la historia de Foos, pero en el fondo esos descubrimientos terminan visibilizando lo dudoso, lo artificial de cualquier historia, lo manipulable de cualquier relato.

El artificio mismo del proceso estético del documental es transparente, al recurrir en varias ocasiones a la reconstrucción fílmica de acciones vistas por medio del ojo del mirón y que, obviamente, no fueron registradas por él.

Pero, además, toda la cuidadosa edición, el delicado paralelismo que se establece entre el altivo y elegante Talese y el más bien desagradable Foos (que, a pedido del periodista, se viste con sus mejores galas cuando los filman juntos, y vuelve a su vulgaridad indumentaria cuando lo filman a solas), la misteriosa e inquietante figura de su esposa Anita –constantemente en pantalla, pero que jamás deja siquiera intuir el motivo que la unió durante décadas con un evidente pervertido dedicado a actividades ilegales–, la climática banda de sonido y un montón de detalles estéticos delicados y efectivos (en el único momento en que los documentalistas se vuelven el centro de las discusiones, un breve plano posterior los incluye en la historia y en la pantalla) convierten a Voyeur –título obvio, pero que se puebla de connotaciones una vez que se nota su carácter crítico del periodismo y autorreferencial– en un magnífica pieza cinematográfica, que merece su inclusión en cualquier lista de las mejores películas –documentales o en general, o “no ficción”– que se hayan estrenado este año.

Es posible que no sea así, porque, como señalaba la colega de Vogue, su temática es un fierro demasiado caliente para que sea recibida con el interés y la ecuanimidad que merece, y quizá todo termine siendo usado contra Talese, su investigación o los autores del documental, que nunca caen en la salvaguarda de hacer las evaluaciones morales explícitas hoy recomendables a la hora de narrar cualquier historia relacionada con la sexualidad.

Pero si uno puede sacarse la toga de juez sexual durante una hora y media (o dejársela puesta con cierto criterio), Voyeur es una auténtica obra de arte, que como tal cuestiona ante todo lo que consideramos real, o lo que creemos una verdad única y solitaria.

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Voyeur, dirigida por Josh Koury y Myles Kane. Netflix, 2017. Con Gay Talese y Gerald Foos.