Por Rubén Darío Buitrón*

Segundo Silva nació fotógrafo. Y morirá fotógrafo.

Es uno de los símbolos históricos más importantes de la fotografía clásica ecuatoriana (aquella de los grandes retratos sepias y retocados como acuarelas, aquella de los momentos históricos decisivos de la cotidianidad humana).

Trajo su vocación desde el ADN de su padre y desde el vientre de su madre. Una familia con un paisaje de imágenes.

Nacidos en el popular barrio quiteño de La Tola, los cinco hermanos crecieron y decidieron ser fotógrafos.

Y para no competir entre ellos, sino para que el arte de la imagen se extiendiera por todo el país, se regaron por el Ecuador bajo un mismo nombre, un nombre que ha quedado en el imaginario social para siempre: Luminofoto Silva.

Todos fueron miembros de la inolvidable estirpe con locales en Quito, Ibarra, Ambato, Riobamba, Cuenca y Machala.

¿Quién, en los años sesenta, setenta u ochenta, no pasó por el estudio de Luminofoto Silva para que le hicieran unas fotos “carné” (palabra para fea, Dios mío), unas fotos carnet que eran uno de los requisitos para matricularse en la escuela o en el colegio y no había mejor servicio que aquel estudio, aunque Lux y Fuentes le hacían la competencia.

En Quito, por por ejemplo, Luminofoto Silva tenía su local frente a la iglesia de San Blas y junto al cine Alhambra, donde pasaban las películas de Cantinflas.

}A sus 82 años, hoy don Segundo Silva, a quien le tocó venir a Imbabura a poner el negocio, es un sabio y es un artista, aunque no le guste que yo lo llame así.

Es viudo de una esposa quiteña a la que amó (y ama) tanto que asegura que jamás le traicionó y hasta dejó que sus amigos le estigmatizaran, como se califica ahora, “mandarina”.

Tiene tres hijas, profesionales, que son su orgullo y por quienes da la vida cuando las describe como si se describiera a sí mismo con su elegancia en el peinado, con su traje impecable y con su humor (aún le queda, dice, un poco de sal quiteña).

Pero, en el fondo, sigue siendo aquel inolvidable personaje bohemio que acompañó a cientos de serenatas y presentaciones al emblemático trío Los Embajadores, con los dos hermanos Jervis y Guillermo Rodríguez, el Requinto de Oro del Ecuador.

Fue amigo y hermano de la vida de otro maestro maravilloso, el pianista Huberto Santacruz.

“Ibarra es una ciudad que enamora para siempre”, cuenta para explicar por qué llegó a esta ciudad hace más de 50 años y se quedó para siempre.

En su casa guarda, con orden impecable y en una habitación donde se vuelve denso el olor a pasado, miles de retratos en sepia, en blanco y negro y a color (con retoques perfectos: unos labios rojos, unas pestañas perfectas, unos ojos azules o verdes o negros, unos políticos locales que quizás no merezcan la inmortalidad de la imagen).

Segundo Silva merece un museo.

Segundo Silva ya es un inolvidable y magnífico museo vivo.

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*Rubén Darío Buitrón es periodista y escritor. Dirige el taller y el portal web loscronistas.net

Fotografía de Juan Carlos Morales