Por Xavier Estrada (Xavo Blues)*

Era diciembre de 1985. Mi familia y yo todavía vivíamos en Lima, Perú, en una casa grande en la calle Piura, en Miraflores, uno de los distritos más conocidos de la ciudad.

Se acercaba la Navidad y yo ya no podía pedir ningún juguete porque ese año los regalos habían venido un poco anticipados: las figuras de acción de Star Wars que yo tanto había esperado ya estaban formando parte de los ejércitos que se alineaban progresivamente para pelear contra el malvado Imperio.

Así que, al no tener nada más que esperar esa noche, solo le pedí a mi mamá que me comprara un panetone con nombre italiano que venía con un minipanetone de regalo, por alguna razón me encantaba ese “panetoncito”, era casi como un chiste navideño que yo mismo me estaba haciendo.

Las navidades, antes de vivir en Perú, eran siempre parecidas: las típicas reuniones familiares inmensas, llenas de tíos, tías, primos, primas, abuelos, etc., muchos regalos, una gran cena y muchas historias navideñas con muñequitos “stop motion” en la tele.

Desde aquel 8 de diciembre de 1980 (fecha que coincide con la muerte de Lennon… cosas de la vida…) en el que fuimos a vivir en aquella super grande y contradictoria ciudad, las navidades cambiaron: ya no teníamos primos ni tíos, ni abuelos cerca.

Cada año era diferente, en uno la pasamos con amigos, otro creo que vinimos a Ecuador, los demás no recuerdo bien, pero generalmente la pasábamos con otras personas o incluso no estábamos completos, alguien estaba de viaje o algo así.

Sin embargo, la Navidad del 85 fue distinta: no había expectativa de grandes regalos, no había invitados, no teníamos que ir a otra casa, solo íbamos a estar los siete: mis papás, mis cuatro hermanos y yo, nadie más.

Siempre fuimos una familia un poquito fría, nunca fuimos de las que celebran todo y salen a comprar muchos regalos o hacen mucha bomba con cada acontecimiento.

No teníamos esa costumbre de regalarnos unos con otros, más bien era como un regalo de parte de mis papás para cada hijo y punto.

Pero, ese año, a mis hermanos Mari y Esteban se les ocurrió salir de compras y buscar algo para cada uno.

Sabían que iba a ser un detalle pequeño porque no tenían mucha plata, pero lo importante era encontrar algo preciso.

Luego de la cena de nochebuena nos reunieron en la sala y nos entregaron aquellos detalles.

A mí me tocó un cassette de AC/DC, Fly On The Wall, un álbum que no está entre los favoritos de los fans, pero me gustó tanto que lo escuchaba casi cada día, cada canción de ese disco pasó a formar parte de mi lista de favoritos (mucho antes que se inventara la idea de “playlist”).

La noche avanzaba entre risas y regalos pequeños, una que otra copa de vino y algo de panetone o, mejor dicho, “minipanetone”.

Eran ya las 11:00 y nos encontrábamos solamente los siete ahí, en esa sala grande de casa antigua, de techos altos y lámparas colgantes.

No había televisión ni programas navideños ni villancicos. Solo los siete, los siete con nuestras personalidades tan distintas, pero unidos como nunca en un instante navideño que nunca habíamos imaginado.

Ángela Carrasco y su popurrí “Caribe” se escuchaba a todo volumen en el equipo de sonido y, por primera vez en la vida, nos encontramos bailando juntos, todos unidos por esa canción, todos dejando de lado las típicas taras de “hacer el ridículo” que suelen tener los adolescentes, o incluso los grandes.

Bailamos Caribe, el Cha Cha Cha y algo más, bailamos en círculo, felices, relajados, sin imaginar por un instante que esa iba a ser la última Navidad que pasaríamos juntos, así, solo nosotros, completos y unidos.

Pero la vida da muchas vueltas y poco tiempo después de eso empezó a dar una.

El período de trabajo internacional de mi papá estaba por terminar, y al año siguiente empezaría nuestro regreso a Ecuador, un regreso por partes, un regreso prematuro y doloroso.

La vida siguió girando y en ninguno de esos giros permitió que volviéramos a estar así, solo los siete, y menos en una Navidad.

Esa fue la última y por eso la recuerdo con tanto cariño. Es tal vez, para mí, el momento que imprimió en mi mente eso que llaman “el sentido de la Navidad”, aunque luego ya las cosas no volvieron a tener el mismo sentido.

Mis padres ya no están y mis hermanos están repartidos por el mundo, ya todos somos grandes y con familias propias…

Ya no somos siete y no lo volveremos a ser. Solo me queda este pequeño recuerdo, ese 1985 que no volverá…

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* Soy Xavier Estrada, aunque todo quien me conoce sabe que no me gusta que me digan Xavier, solo Xavo, y por eso me inventé que mi “nombre artístico” es Xavo Blues, eso fue desde que descubrí que ese es el género musical que funciona como eje definitivo de todo lo que aspiro como músico. Soy quiteño, padre de dos hijos, diseñador gráfico de profesión, pero músico como pasión y elección de vida.  Me encanta escribir, tanto canciones como cualquier cosa que me inspire, amo dibujar y pintar, componer, enseñar, producir y casi cualquier cosa en la que la creatividad juegue un papel decisivo.  No estudié formalmente otra cosa, pero trato de aprender algo nuevo cada día.