Por María Rodríguez, de Los Cronistas

“Estaban en pleno combate, mi hijo y dos compañeros más habían recibido la orden de retirarse de la zona. Iba un helicóptero para rescatarles,   fueron corriendo, lograron subir con dificultad.

“Cuando el piloto hizo una maniobra para que no les alcanzaran las balas, mi hijo no pudo sostenerse, se cayó, se rompió la cabeza, quedó inconsciente. No sé la fecha ni el lugar exacto, pero cuando a mi hijo le pasó eso, ¡yo sentí!, ¡yo sentí!

“Estaba en el trabajo,  me ahogaba, estaba desesperada. Le llamé a su papá, pero él me dijo que todo estaba bien.  Yo sentía morirme. No me hallaba, pasaba solo llorando, no podía concentrarme…”.

El hecho se dio en junio de  2012 en Afganistán. Mientras escucho el relato de Maritza, no alcanzo a dimensionar la magnitud del suceso. Era la primera vez que  miraba de cerca el conflicto en el Medio Oriente.

Para mí esa guerra, cuando se hablaba de bombardeos, evacuaciones y masacres, constituía un segmento de las noticias internacionales en el marco de un enorme conflicto de raíces milenarias con sus diferentes ramificaciones, que incluye hoy interés y control por sus recursos naturales,  combate al  terrorismo y una complejidad geopolítica difícil de entender.

Afganistán y su lucha frente a  Estados Unidos era en ese momento totalmente  cercano para mí, lo tenía frente a mis ojos,  a pesar de que ya en  2014 terminaron las operaciones de combate en la zona por parte de las fuerzas de la OTAN.

Las lágrimas de Maritza no opacan la belleza de sus ojos y de todo su rostro. Cuando habla de su vida, este es el suceso que  le quiebra la voz.

“Eso le pasó en junio, pero nunca me lo dijeron, su papá sí supo. En diciembre de ese año que estuvo de vacaciones me fui a visitarle, ahí recién me contó… Enseguida les habían evacuado. Él se despertó en un hospital de Estados Unidos, realmente no sé como fue todo. Mi hijo estuvo inconsciente muchas horas. Para él lo más fuerte luego de despertarse, fue saber que a su amigo lo mataron en combate”.

El hecho es confuso. Al hijo de Maritza nunca le gustó entrar en detalles, pero él aún siente culpa. Piensa que se salvó porque se cayó.

Uno se puede imaginar entonces que tal vez su amigo fue alcanzado por las balas debido a que el helicóptero quizás tuvo que volver a pisar tierra para rescatarlo y en esos momentos su compañero recibió los disparos. No hay palabras, no hay imágenes.

“Mi hijo siempre me decía «no sé por qué estoy vivo, no sé por qué Dios me dejó vivir, yo debería estar muerto, yo no sé qué hago aquí, yo debí morirme con él».

“Entonces yo respondía que si él vive es por algo,  que el Señor tiene que haberle dado un propósito en esta vida. Para él entender eso en ese momento era muy difícil.  Creo que ahora  lo entiende un poco más, pero lo entiende porque ha estado en terapia”.

Maritza estuvo casada con el padre de su hijo durante casi diez años. El niño nació en el Ecuador. Los primeros años debió estar con sus abuelos maternos mientras ella y su entonces esposo trabajaban en Estados Unidos. No tenían posibilidades de estar juntos en familia.

“Fue complejo tomar esa decisión. Yo venía a visitar a mi hijo cada seis meses o después de un año. Mis papás me apoyaban, estaban  muy encariñados con su nieto, inclusive mi  hijo les dice a los abuelos papá y mamá.

“Yo quería verlo crecer pero las circunstancias no me permitían, me esforzaba mucho trabajando porque quería que mi matrimonio funcionara.

“Pensaba que apoyando a mi esposo podría salvar el matrimonio. Si él terminaba sus estudios, luego tendríamos mejores condiciones para educar a nuestro hijo y ser una familia. Al final las cosas no resultaron así”.

Cuando su esposo terminó la carrera en Estados Unidos consiguió un trabajo en el Ecuador e inmediatamente quiso volver.

Maritza prefirió que él viniera primero y se estabilizara en el país para ella viajar luego. La propuesta no fue aceptada, inclusive recibió la amenaza de que si no volvían juntos, él no le dejaría ver a su hijo. Ella regresó también.

“Yo no quise volver porque ya no nos llevábamos bien. Tenía una relación inestable, había mucha agresividad. Siempre luché porque mi matrimonio saliera adelante, él fue mi primer hombre, mi enamorado desde los 13 años, traté de apoyarlo en todo.

“Cuando regresamos decidió que cada uno fuera a la casa de sus respectivos padres. Yo estaba con mi hijo, que tenía muchos problemas en la escuela porque no había vivido con nosotros.

“Los profesores le mandaron con una psicopedagoga, me dijeron que tenía que salir de la casa de mis padres para educar a mi hijo, era difícil disciplinarlo. Salí a vivir aparte. Mi esposo estaba ya trabajando, pero no se hizo cargo de nosotros, no se consolidó nuestra relación. Por mi hermana me enteré de que estaba con otra persona”.

Maritza tomó la decisión de divorciarse. En esa vorágine de desmentidos, negaciones y justificaciones,  su esposo le pidió volver juntos a Estados Unidos.

Ella desistió y se quedó mientras él, al cabo de un año, formó un nuevo hogar. Eventualmente venía para visitar a su hijo. En esta historia se cuelan imperceptiblemente relatos de los que a ella no le gusta recordar: la falta de respeto,  la minimización, la ofensa. Es la evocación al dolor y una  historia invivible.

“Yo me quedé con mi hijo,  su padre se volvió a casar y la esposa quedó embarazada. Mi hijo ya había cumplido ocho años y empezó a ir todas las vacaciones a Estados Unidos, le gustaba tanto el que quiso hacer el sexto grado allá.

“A su regreso vino maravillado y me dijo que quería volver a irse.  Yo le dije que prefería que se fuera a los 18 años, pero él no aceptó. Por eso peleábamos mucho, inclusive se fue donde mis papás. Finalmente  decidí enviarle, ya había cumplido 15 años.

“Yo  pensaba que después él me reclamaría por no haberle dejado ir. Accedí, pero caí en depresión. En ese tiempo trabajaba en una empresa de suministros petroleros. Tomé pastillas y luego las dejé. Adaptarme a esa situación fue muy duro. Había empezado a estudiar. Me gradué, mi hijo estuvo en mi graduación, ya estaba grande”.

El hijo de Maritza cursó sus estudios secundarios sin mayor sobresalto.

Ella le conminó a que asumiera esa situación, pues tenía miedo de que entra en un vaivén de idas y venidas, no quería que se volviera un ser indeciso.

Cuando su hijo se graduó, igual, ella le acompañó en ese acontecimiento. Al poco tiempo, siendo ciudadano norteamericano, él  notificó a ella y a padre el  deseo de integrarse a los Marines. La oposición fue total.

“En los Estados Unidos, desde los 16 años tienen unos extracurriculares de diferentes actividades, entonces parte de eso era que fueran los Marines a los colegios públicos.

“Hay chicos que ya en el colegio se inscriben. Eso le gustó a mi hijo. Iban a campamentos. Después de graduarse se pasó un año sin hacer nada, en ese tiempo siempre tuvo en mente irse a los Marines. Su padre se negó, pero él ya había estado haciendo los papeles.

“Llegó un punto en que quiso él mandarlo de regreso al Ecuador. Al final yo pensé que tenía que apoyar la decisión de mi hijo, le pedí a Dios que me ayudara y me guíara,  aun cuando sabía que era muy peligroso.

“Yo tampoco como madre quería ser negativa, yo quería pensar siempre que mi hijo sí iba a regresar. Yo amo a mi hijo pero no podía hacer nada, era su decisión. Al papá no le quedó más que aceptar. Ingresó a los Marines.

“Primero pasó un training de tres meses, muy duro, en Carolina del Norte. Fui a su graduación. Desertaban muchos. Para mí fue un orgullo. En esa época murió un chico, le estaban enseñando a limpiar los fusiles y por accidente se disparó”.

Terminada la graduación Maritza compartió dos semanas con su hijo. Él permaneció tres meses más en un campamento militar en Carolina del Norte, luego de ese tiempo lo movilizaron para Afganistán.

“Fue una temporada de angustia, eventualmente había comunicación pero a través de un superior,  por motivos de seguridad no puede haber un contacto directo con los familiares. Luego de su accidente se quedó unos meses otra vez en Carolina del Norte, estuvo un tiempo en la Casa Blanca como miembro de la seguridad y se volvió a ir. Finalmente dejó los Marines.

“El nunca pidió la baja, estuvo un tiempo en un campamento en Estados Unidos, hospitalizado varios meses, recuperándose.

“Cuando se enteró que su amigo murió le pusieron psicólogo. Iba casi todos los días, le mandaban un montón de medicinas que hasta ahora toma. Estuvo en terapia. Como no pudo integrarse a una misión de guerra en ningún país, le tuvieron ahí hasta que cumpliera los cuatro años de servicio.

“Ahora vive una época de mucha inestabilidad emocional. Ha cambiado cuatro veces de carrera. Está estudiando Justicia Criminal, pero antes optó por tres carreras más y ninguna le gustó.

“Intentó volver algunas veces a los Marines, quería volver al frente pero no le aceptaron, intentó ingresar a la CIA, al FBI, y nada. Yo le pedí mucho a Dios que ya no más de eso”.

Integrarse a la vida civil ha sido el desafío del hijo de Maritza. Un torrente de acontecimientos, idas, venidas y rupturas. No pudo crear una relación fluida con su padre, quien se había vuelto a divorciar e iniciado una nueva relación.

“Hoy vive solo, sigue yendo al psicólogo, aunque aun desea volver a los Marines. Estuvo con una chica en Carolina del Norte, como unos seis meses, pero no le fue bien. Vive en Miami. Siempre hablo con él. Es super difícil entrar en su interior. Como él sufrió todo esos traumas, él se cierra.

“Me ha dicho que no puede dormir bien, que se despierta asustado. Él siente mucha culpa, se culpa de las muertes, de todo lo que él vivió. Me parece que se arrepiente de haber matado a gente, para él eso también es muy fuerte.

“Dice que matar no es nada bonito, pero que ese era su trabajo, y ese fue su trabajo, pero que para él es doloroso haber tenido que matar.

“Dice que si él hubiese sabido a lo que se metía quizás no lo habría hecho. Pienso que una guerra debe haber sido horrible.

“No tiene reproches hacia mí, es absolutamente cariñoso conmigo. Le digo: «¿Cómo estás amor mío?» y él responde: «Mamita yo te quiero, yo te quiero, no te preocupes, todo está bien».

Otra vez vuelven las oleadas que ensombrecen su rostro y habla de su angustia de madre, de saber que su hijo debe tomar muchas medicinas, calmantes, y que no le cuenta detalles. Es cuando más, como sin tener otra salida, ella se aferra a Dios y su convicción de que será la mano divina la que guiará a su hijo.

Cree que así como lo devolvió con vida al dejarlo regresar de la guerra, podrá sanarle su corazón.

“Yo siempre he sido muy creyente en Dios, eso me ha ayudado mucho. Cuando mi hijo se fue a los Marines para mí  fue tan fuerte que yo lo único que podía es tener la esperanza en Dios, que Él le ayudara y protegiera. No tenía qué más hacer, lo único que tenía para hacer era aferrarme a su voluntad y rezar«Dios mío, ayúdale».

“Esos  años fueron horribles. Él sabe,  y me dice sé lo que debes haber sufrido.  Yo sé que es un proceso, y espero verle tranquilo, con una familia, pero sobre todo que esté emocionalmente estable. Económicamente yo no le ayudo. Tiene su pensión mensual, sus cosas, los Marines le dan una beca y estudia. Su padre tampoco le da nada. No te preocupes, me dice, yo solo salgo, más bien tú dime si necesitas algo.

“El está empoderado de lo suyo. Yo siempre estoy orando para que se acerque más al Señor. Él sí cree que hay un ser supremo que le puede ayudar, aunque no le gusta orar ni leer la biblia. Yo le envío prédicas que hablan de Dios y él las escucha, inclusive me ha dicho que lo que oye es verdad. Su mejor amigo es cristiano y es pastor. Con él se fue a la guerra y con él regresó”.

Lo peor en la vida de Maritza ya ha pasado. Está radiante y emana una paz genuina.

Se volvió a casar y junto a su esposo está dedicada a extender y compartir a profundidad las formas de aprendizaje que ayuden a las personas a sanar sus emociones, sus dolores, sus golpes y angustias.

Esa confianza y tranquilidad irradian en su ser. Sus expresiones casi infantiles dispersan el tiempo, la cronología. Sus 46 años no se reflejan en ella.