Por Diego Montenegro*

Desde Tulcán, Ecuador

Su voz se entrecorta y su tono se torna débil cuando dice que tuvo que cambiarle la dirección al péndulo.

En Caracas dejó su casa, sus dos carros, su trabajo y su familia. La empresa que la acogió por más de 15 años cerró y se quedó en el desempleo. En los últimos seis meses subsistió con trabajos temporales, insuficientes para seguir con la vida a la cual estaba acostumbrado con su esposa y sus dos hijos.

Salió de su ciudad con dos maletas de mediano tamaño, ligero de equipaje.

Se lanzó a la aventura por tierra y en transporte público a Bogotá. La siguiente meta es Quito y después será Lima.

El martes 23 de enero, mientras hace fila en las oficinas de Migración en el Puente Internacional de Rumichaca, habla del péndulo: para él todo cambió de dirección y ahora le toca empieza a construir otra vida.

El frío es intenso en la frontera colombo-ecuatoriana. Acostumbrado al calor caraqueño, trata de protegerse del viento helado tras de un desconchado pilar.

Los recuerdos devienen cristales irremediablemente rotos e irremediablemente lo llevan a la referencia de Job, el paciente hombre de la Biblia.

Dice que no se desespera, que no tiene prisa, que toma la vida con calma.

La fila avanza lenta y pregunta dónde puede encontrar conexión gratuita a internet.

Aparece un alma caritativa, un hombre menudo, ecuatoriano, que realiza trámites en el paso internacional.

Le comparte datos de su teléfono y el venezolano llama por whatsapp a su esposa. Se aleja del resto de sus compatriotas que también esperan en la fila para registrar su ingreso al Ecuador.

Habla unos dos minutos y regresa desencajado, en silencio. Levanta su mirada al cielo gris y triste que, de pronto, capta su atención.

Unos metros atrás está un hombre gordo, alto, de piel curtida por el sol. Viste sudadera y es muy locuaz. Entabla con facilidad el diálogo.

Jhean Álvarez tiene un PhD en Derecho y otros dos posgrados. Su destino es Quito. No aspira a conseguir trabajo en un consultorio jurídico ni ser asesor de una gran empresa. Solo quiere ganar unos dólares para enviar a su familia que se quedó en Mérida.

Para el largo viaje se armó de valor y ejerció sus habilidades de líder. Reunió a un grupo de 20 profesionales que estaban dispuestos a vivir la crudeza de la migración y empezaron la travesía.

Para no gastar dinero en hoteles, duermen en los buses. “Estamos dispuestos a trabajar en lo que sea en Quito. En nuestro país no hay comida ni medicina y los bolívares (la moneda oficial) ya no sirven”.

Anahí Parra espera su turno, sentada.

No se ha maquillado desde el día que decidió cambiar los libros por la cocina. Su destino es Lima. Allá le espera una amiga que se gana la vida vendiendo arepas venezolanas en las esquinas.

En Caracas trabajaba de docente en una Universidad, pero el sueldo no le alcanzaba y la inseguridad rondaba su ciudadela y su casa. Viaja con su hija, una dulce niña rubia, de sonrisa tierna y ojos vivaces. Para ella, es un paseo de vacaciones con su madre.

“Las venezolanas somos expertas en preparar arepas, mi especialidad son las que tienen carne mechada. Vamos a formar una sociedad con mi amiga y así nos cuidaremos las dos. Bueno, las tres, con mi hija”.

Sus ojos brillan y luego se humedecen. Quiere mostrarse invencible, hace una pausa y de a poco recobra la firmeza para recordar que en Venezuela dejó a su padre, sus amigas, su vida entera.

En promedio, unos 3000 venezolanos pasan cada día por Rumichaca.

El economista Jhean Álvarez y Anahí Parra son de clase media, ese segmento social que en su país no recibe las dádivas del Gobierno y está presionado a marcharse.

Pasaron de tener una vida cómoda a una penosa situación de semipobreza y luego, ahora mismo, a vivir los avatares del peregrinaje migratorio, la incertidumbre, la soledad y la nostalgia.

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*Diego Montenegro se incorpora a partir de esta historia al equipo de Los Cronistas. Es un periodista ecuatoriano de larga trayectoria en medios nacionales y regionales.

Las fotografías también son de Diego Montenegro