Por Rubén Darío Buitrón

Poco le importa lo que digan. Lo que ha dicho. Lo que dirán. Poco le importan el poder, el dinero, la fama, la popularidad.
Pero le importan mucho todos los pocos que a los otros no les importan, como los insomnios sociales, los desamores personales y colectivos, la escaseces y las miserias, los vacíos, el hambre, la humillación, todos los dolores y
pesadillas de quienes andan por la vida desamparados de quienes, a pesar de todo, creen el torcido discurso del poder retórico:

“La historia se acelera,
se acelera la pus, 
la muerte se acelera.
Integración, paz, libre mercado, democracia
cantaleta de loras,
cebo para atraparte,
estupidorrea pura”.

Así habla este hombre llamado Euler Granda, este hombre que habla desde su corazón pero también desde su rabia, su desasosiego, su desencanto, su ruptura con lo establecido que, en realidad, es lo que hay que derribar.

“Porque antes esa fuerza, esos desplantes másculos
a ratos todavía,
iban lanzados contra los sátrapas y sus satrapías,
contra los perros de presa de sus amos, 
los mercaderes y sus testaferros,
los escribas,
los falsos profetas.
Pero ahora la persecución y la caza, persistente e
insomne,
se da consigo mismo y contra sí,
un sí mismo que desde luego nos involucra a todos
sin el menor vestigio de autocompasión”.

Duro, coloquial, irreverente, Euler Granda abre camino “entre sus letales aguijones y su alucinante danza de alacranes”.

Lo dice otro poeta contestatario, Carlos Eduardo Jaramillo, quien describe la poética de Granda como “hondamente humana, inclaudicable, de una lucidez devastadora, aleteando su sangre como pájaros que cantan aún con fuerza de su alma, que cantan el olor y el calor de la piel de la mujer amada, que a diario ganan la batalla a la desolación”.

Claro que el amor también estremece la pluma del poeta. Lo estremece, lo sacude, lo deja desolado, le arrastra, le empuja a un abismo donde solo le queda derramar gritos y murmullos en medio del amor desolado:

“Las cosas son otras debajo del pellejo. 
Así
la sed es agua amordazada,
el olvido 
es el recuerdo con candado
la música es flor con alas,
los que nacen ahora
son los muertos mañana
el hoy es el ayer
la verdad es la mentira más cerdosa;
el amor no es más que el desamor con piel
de oveja”.

Rotundo, iconoclasta, escéptico, irónico, nada de lo que es y existe queda fuera de la temática de Euler, ese médico graduado de samaritano, ese psiquiatra demasiado humano que en su humilde consultorio del barrio La Ferroviaria dejaba que se abrieran las almas de sus pacientes y entraba en ellas para revelar verdades contundentes y desgarradoras:

“Quién fue la puta madre,
quién fue la puta padre;
en dónde está la pulga
que parió al dinosaurio de la soledad;
quién inundó la tierra con sus crías.
Por gusto somos masoquistas.
Por quítame
estas pajas vamos deshabitándonos,
arrinconándonos
hasta asestarnos 
el puntapié de gracia
hasta rematarnos”.

Es poesía para mantenernos despiertos, para que sea imposible el olvido, para que cada día termine desgajado, deshojado, deshilado y deshecho, para que cada día aprendamos y desaprendamos algo más de los demás. Algo más de esa identidad que nos viste y nos desnuda:

“Barrio del “Pobre diablo”
en la cuesta final de Chaguarquingo,
desde aquí en adelante
para que ya no quede
ni siquiera la sombra
de la sombra/ nos devora el camino.
Las frases ostentosas,
las basuras queridas
fueron quedando atrás”.

Es poesía que ama y que odia, que se apasiona y desfallece, que se encuentra en lo más alto y profundo cuando toca el centro de las contradicciones, cuando saca a la luz y pone frente a nuestros ojos todo aquello que no queremos ver:

“(..) Caminos por donde me arrastré
camas donde dormí,
luciérnagas con las tripas afuera,
muñones de colibrí,
violines desollados como puercos,
nombres,
recetas médicas,
relojes desbocados;
ni más ni menos, 
así me fueron sacando este poema”.

Sorprendente y provocador, arremete y desacomoda desde su particular manera de entender que la vida debiera llenarse de intensos brazos y no de crueles mentiras.
Granda expresa una actitud, un gesto, una militancia bajo las muchas noches en las que el poeta caminaba en las calles quiteñas y las iba amando mientras se emborrachaba de palabras y de sensibilidades y de aquella ternura escondida que vertía cuando la noche ya era madrugada:

“Los discursos políticos
que luego de emporcarme
me degüellan;
mi desidia,
desnoche,
mi mío corazón
que se sale de madre y para colmo tú
que me respiras en la oreja
que me atoras la llave
del agua que yo bebo,
que me cortas el aire
que respiro…”.

El escritor mexicano Pedro de Reis expresa que el poeta ecuatoriano es “una voz que se da de cabeza contra los
seres y los objetos”. “Es un monólogo y un susurro porque este individuo, desde
su clamor y su poética, responde por las demás personas. En sus textos la soledad se muestra sin maquillaje y quedan sin sustento las patrañas cotidianas. La sed de belleza convive con la voracidad y la solapada maldad humana”.

Granda no será recordado por sus concesiones ni por sus rubores ni por sus reverencias. Porque Euler no es concesivo ni prudente ni siervo. Porque es el poeta, el hombre, el creador incesante e insaciable, cuya palabra intensa y despiadada conmueve enternece, sacude, golpea y desafía.

“Cómplice mía contra mí, roedor desatado, hambre canina que me come y si esto fuera poco
yo en persona te ayudo
a serrucharme el piso…”.

Euler Granda es el poeta mestizo andino contemporáneo del Ecuador. Quiteño de adopción, y majestuoso como la nieve que le habrá acunado en Riobamba, hoy reside en Portoviejo, Manabí, un lugar donde siempre quiso vivir.

Escribe con un enorme caudal de inteligencia y sabrosa ironía política. Está muy lejos de los sonajeros y cosméticos de la estética forzada.

Es el poeta que se expresa desde sus semillas de guambra de barrio, el que acoge y acuna sin importar el tamaño de su casa y su consultorio, el poeta que te da un cafecito y te embriaga con su sabiduría, tierna y profunda, sin necesidad de subir a los atriles ni caminar sobre alfombras rojas ni ocupar ninguna silla en el poder.

Del libro Batallas personales, de Rubén Darío Buitrón