Por Rubén Darío Buitrón

El próximo 8 de octubre, Simón Espinosa cumplirá 90 años.

Con su lúcida ironía, su inteligencia y sus sabias reflexiones, refiere que su salud está intacta, pero ayudada por algunas pastillas…

En su casa de dos pisos en la calle Tamayo -un sector de clase media alta que se va poblando de altos edificios de estilo minimalista-, dedica su tiempo a los amores que han marcado su existencia: su esposa, Ana María Jalil, la lectura y la escritura.

Rebelde e iconoclasta, no se cansa de buscar espacios públicos donde expresar su pensamiento, sus opiniones, su manera de ver lo que ocurre en el país, sobre todo en la política, la cual para él es una paradoja: por ella ha ido juntando miles de ciudadanos que comparten su ácida y aguda manera de criticar a quienes ejercen el poder, pero, por ella, también, ha sido perseguido, agraviado, calumniado, atacado por la intolerancia del poder al que señala sus debilidades.

Desde el 11 de abril del año pasado (2017) tiene cuenta en Twitter, con casi 15 mil seguidores.

Su perfil @simonespinosa28 lo define como periodista, escritor, miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y miembro de la Comisión Nacional Anticorrupción, un grupo que nació de la sociedad civil, según él mismo la describe, por mandato del Colectivo Nacional de Trabajadores, Indígenas y Organizaciones Sociales del Ecuador.

En sus tuits, que se le ocurren en la noche, cuando se levanta al baño y regresa a la cama, comenta lo que por estos días sucede en el Ecuador.

Simón y Ana María tienen dos hijos: David, de 47 años, que vive en Colombia, y Simón, de 45, que reside en Estados Unidos.

David es ingenioso para los emprendimientos comerciales. Simón, como sus padres (Ana María fue catedrática universitaria de castellano y redacción), hizo periodismo desde muy joven y aunque en su breve paso por el oficio mostró talento y originalidad, prefirió dedicarse a la pedagogía: hoy es profesor de un “college” en los Estados Unidos.

David y Simón Jr. le han dado cinco nietas, que en época de vacaciones escolares visitan a sus abuelos y llenan de alegría y travesuras el sereno e impecable ambiente de la casa donde predominan grandes y pequeñas obras de arte que adornan las paredes y retratos fotográficos familiares que posan sobre mesitas alrededor de la sala principal.

Simón Espinosa Cordero es una leyenda urbana: fue sacerdote jesuita hasta los 45 años y vivió en al menos cinco países como profesor y pedagogo de los jóvenes que seguían su vocación sacerdotal.

Cuando volvió al Ecuador a vivir en Quito, en la residencia jesuita de Cotocollao, fue también profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Allí se enamoró de su alumna Ana María y decidió dejar los hábitos para casarse con ella.

Quizás de este episodio, uno de los más importantes de su vida, lleva en su espíritu la necesidad de luchar contra la corrupción.

Todavía como sacerdote escribía en la revista Mensajero, dirigida por otro genial jesuita que luego dejó la orden: Luis Eladio Proaño.

Como reportero de la revista descubrió un hecho que lo sorprendió y que no es posible detallar porque el tiempo ha pasado y ya no existen documentos ni pruebas.

Pero gracias a que fue testigo de que uno de los cargamentos que alguna vez llegaron desde Europa a Quito contenía objetos no santos ni piadosos (preservativos, consoladores, juguetes sexuales) fue cuando decidió retirarse de la misión y casarse pudo hacerlo con rapidez, porque, de lo contrario, los permisos hubieran tardado años.

Cuando se dio cuenta de que no le sería fácil que le concedieran la autorización, escribió una carta -ha sido toda su vida aficionado a escribirlas, pero con razones de peso- a las autoridades jesuitas en Roma y les contó, detalle por detalle, lo que conocía de aquel cargamento.

A vuelta de correo le respondieron, con inusitada velocidad, que aceptaban su salida de la orden y bendecían su matrimonio.

Así logró casarse, sin mayores tropiezos legales ni religiosos, con Ana María, en julio de 1972, a los 44 años. Ana María era divorciada y tenía 25 años.

Para él fue una de las cientos de coincidencias que han venido marcando su existencia, como los trazos caprichosos de un destino que a él mismo lo sorprendían y le obligaban a cambiar y a tomar decisiones de un momento a otro y a involucrarse en hechos jamás imaginados.

Su pasión por el conocimiento, los idiomas, la literatura y la filosofía tiene como referentes a su abuelo y a su padre.

Su abuelo materno, Octavio Cordero Palacios, era un prominente abogado, matemático y profesor de topografía.

Su padre, Luis Darío Espinosa, nacido en Cañar, fue un notario que hablaba francés y que leía libros día y noche, en todo lugar y de todos los temas.

Era tal su pasión que, incluso, leía cuando iba a caballo de un lugar a otro.

Simón tiene tres hermanas y, como él lo denomina, un “hermano suelto”, Darío, que también se hizo cura y continúa hasta ahora en su misión pastoral.

Uno de sus sobrinos más conocidos es el novelista cuencano Eliécer Cárdenas Espinosa, escritor de la emblemática novela “Polvo y ceniza”, obra considerada por la crítica literaria nacional como una de las más importantes de los últimos 50 años.

Simón Espinosa lee en latín, en griego, en inglés, en francés…

Y lo hace no porque lo hubiera decidido como afición o como oficio, sino porque, como parte de las coincidencias que iban armando su existencia, los jesuitas lo tuvieron viajando de un país a otro y de un continente a otro como parte de los largos años que implica convertirse en sacerdote de esa orden.

Años atrás, cuando Simón ni siquiera tenía conciencia de lo que sería su sorprendente vida, la familia emigró de Cañar a la provincia vecina, Azuay, porque las condiciones sociales eran difíciles en una provincia hasta ahora marginada a la que los grandes poderes de Quito y Guayaquil le ignoran y subestiman y la que, quizás por esa razón, es la mayor exportadora de migrantes indocumentados a Estados Unidos.

En Cuenca, el futuro sacerdote y luego excura estudió en la escuela Borja y en el icónico colegio secundario Benigno Malo.

Lo que vino después fue vertiginoso y sorprendente, como un tsunami que no pudo ni quiso evitar.

Entre Quito, Cuenca y otras ciudades donde vivió primero como religioso y luego como civil, fue alumno de un sacerdote insigne, el ilustre investigador Marco Vinicio Rueda.

Luego trabajó con el exjesuita Luis Eladio Proaño, el primer consultor político que hubo en el Ecuador que hizo estudios en Boston, Estados Unidos, y conocía a fondo los movimientos pendulares de la política norteamericana.

Más tarde, colaboró con el antropólogo Segundo Moreno Yánez, fue miembro de la Academia de la Lengua, escribió en el diario El Comercio y luego en el diario Hoy, donde era parte esencial del equipo que redactaba la irreverente columna de humor Cajón de Sastre durante el gobierno conservador de León Febres Cordero.

Trabajaba al mismo tiempo en la biblioteca del Banco Central del Ecuador, institución de la cual lo despidieron por presiones del régimen febrescorderista.

Dictó clases, talleres, seminarios y cursos en al menos una decena de universidades y, hasta hoy, una vez por semana, dedica algunas horas de la noche a reunirse con miembros de organizaciones populares del sur de la ciudad para reflexionar sobre la relación entre política, poder y sociedad.

¿Qué le queda por hacer a este símbolo de la ética y el conocimiento?

Seguir en lo suyo, pero superar una frustración que lo acompaña: se percibe a sí mismo como un eterno adolescente, como un inconforme, como un inquieto contradictor, como un ciudadano cualquiera cuyo mayor sueño es que los ecuatorianos nos amemos más, nos odiemos menos, nos construyamos más, nos destruyamos menos.