Por Rubén Darío Buitrón

De su mochila extrae una suerte de tela, la despliega y la mesa donde tomamos capuchinos se convierte en un tablero de ajedrez sobre el que ella coloca las fichas blancas y negras.

Empezamos a jugar mientras conversamos.

En apenas ocho jugadas su reina llega al cajón de mi rey y ella dice “mate”.

Mientras volvemos a situar cada pieza en su lugar para una segunda partida, la maestra internacional de ajedrez Carla Heredia, quiteña, de 27 años, me explica que una de las reglas sagradas del juego es que, siempre, las blancas empiezan.

Ella empieza de nuevo con la misma apertura adelantando a la casilla cuarta el peón de la reina. La segunda partida es más lenta. Tan lenta que se va diluyendo y no la terminamos. Carla pierde interés en el juego no solo porque su contendor resulta poco competitivo, sino porque cuando dice “mate” al finalizar la primera partida se pone a pensar en voz alta que si la vida fuera un juego de ajedrez, a ella le gustaría dar jaque mate a la violencia.

Desenrolla sus reflexiones y sus pensamientos como extiende sobre la mesa de la cafetería el tablero que lleva en su mochila.

Sus manos juegan con su cabello desordenado, corto, con pintas amarillas sobre el pelo negro.

No lleva maquillaje en su rostro redondo, el cual se ilumina con una sonrisa de dientes blancos sobre sus labios rojos simultáneamente gruesos y pequeños.

Es informal en su manera de vestir (jeans y blusa con escote redondo y de mangas cortas, que deja ver en su bíceps izquierdo un pequeño tatuaje en el que se dibuja un caballo de ajedrez).

Y es informal en su manera de pensar: nada políticamente correcto, pura rebeldía, pura adrenalina, pura pasión para luchar.

Porque asume causas y asume sin miedo las consecuencias de sus pronunciamientos y de sus actos.

La segunda partida que intentamos jugar queda inconclusa porque, tras el mate en el primer juego, ella confiesa que uno de los grandes jaque mates con los que sueña es derribar la violencia como derriba al rey de su contendor.

No solo lucha contra el femicidio. Sus batallas personales también son contra la pobreza, la mendicidad, el hambre, el desempleo, la indiferencia social, la corrupción política, el machismo del discurso político del poder.

En el ajedrez es ella misma. Desde los 8 años, cuando estudiaba en segundo grado del colegio Alemán y ganó su primer torneo, su vida gira alrededor de los tableros y las fichas y las estrategias y las tácticas.

En el ajedrez es ella misma porque es un lugar donde no importan la edad, el género, la ideología o las tendencias humanas.

Gracias a su dedicación al estudio del juego ciencia ha viajado por todo el Ecuador a punta de bus y ha ido en avión a decenas de otros países donde ha mostrado las virtudes de su manera de mover las fichas.

El ajedrez es su refugio y su todo desde siempre, cuando era niña y se veía a sí misma distinta, porque nunca le han gustado los clichés ni nada que se le impusiera.

Por eso no iba a misa, por eso jugaba fútbol con niños varones, por eso hace las cosas como desea hacerlas, por eso era aficionada de la fórmula uno, por eso ama los libros, por eso sigue estudiando y seguirá estudiando muchas cosas.

Gracias a una beca viajó a Texas, donde ahora vive dedicada a su formación académica y a amar a su país desde la distancia.

Tiene una licenciatura en psicología y ahora está cursando una maestría en gerencia deportiva.

En la estrategia para su futuro está convertir su liderazgo en una voz que sea capaz de movilizar conciencias y de sacudir hábitos, esquemas, estereotipos, conductas que hacen daño a la sociedad.

Cuestionadora por esencia, sus textos en redes sociales despiertan polémica: pese a que intenta exponer las ideas con argumentos y razones, no siempre recibe apoyo o la contradicen con otras ideas, sino con agresiones e insultos, incluso contra sus padres y su familia.

Pero ella sigue.

Y se enfoca en decir las cosas como son, en denunciar a los corruptos, en enojarse cuando estalla un escándalo, en exigir que cada persona (incluida ella), desde el lugar donde esté, dé ejemplo de conductas honestas y éticas en cada gesto cotidiano.

La política para Carla es buscar consensos sobre las iniciativas que necesita el país en favor de los grandes intereses ciudadanos.

Pero el problema en el Ecuador, dice mientras termina de beber su taza de capuchino y empieza a enrollar su tablero y recoger las fichas, es que estigmatizamos y descalificamos a quienes no piensan igual que los otros.

Cuando busca las raíces de su indignación social parece encontrarlas en lo que hacían sus padres: Alicia Serrano y Patricio Heredia, ahora jubilados, fueron auditores y Carla vio en el trabajo de ellos el ejemplo de combate a la deshonestidad y la corrupción.

Y aunque no coincide en muchas cosas con sus progenitores, en especial cuando Carla expresa de manera pública el apoyo a la lucha por la dignidad de los sectores sociales discriminados (las putas, los gays, las mujeres violentadas, los animalistas, los veganos, los niños abandonados o huérfanos), ellos la respetan, la admiran y se sienten tan orgullosos de su hija como ella de sus padres, a quienes los ama y venera.

En el futuro quisiera estudiar comunicación, porque admira a los periodistas y cree que estos, cuando hacen bien su trabajo, son esenciales en la pedagogía de la sociedad y en formar ciudadanos combativos y libres.

Se mira también como una madre, quizás no biológica, porque expresa que existen tantos niños abandonados o huérfanos que le gustaría ser una mamá adoptiva de uno de esos pequeños.

Y anhela que la recuerden no solo como una gran maestra internacional del ajedrez, sino, sobre todo, como una incansable luchadora con un compromiso por la justicia social.

Si así ocurriera, sería la mejor jugada de su vida.