Por Rommel Aquieta.

Acuérdate que el tiempo es un ávido jugador que gana sin hacer trampas,  ¡en todo lance!, es la ley

Baudelaire

El protagonista de esta historia camina entre el antes y el después, dejando una fina e inútil lluvia de recuerdos que pudieron haberse convertido en los versos de un poema o una canción.

La única vez que pude visitarlo antes de que su enfermedad comience a robarle la memoria tenía que pedirle a fuerza que me cediera la palabra, sus historias perturbaban mis oídos y dibujaban imágenes que aun hoy tejen en mi cabeza una mezcla de vidas.

Vicente Edmundo Núñez  Góngora es un militar retirado que ahora camina entre habitaciones que se siguen con sus empapelados claros, sillones desgastados y ventiladores oxidados por el paso del tiempo.

Es huésped de la “Casa de Lucita”, un hogar de ancianos con puertas que no dan a nada, donde el olvido es vacío deslizándose horizontalmente por los vidrios de las ventanas y las vidas avanzan en zig-zag por la falta de equilibrio, o en silla de ruedas por la pérdida total de la movilidad y la fuerza de las piernas.

Es como un hotel, una casa infinita a la que llegan todos los ascensores y las marcas del tiempo. Las habitaciones de los huéspedes con portezuelas de mirillas y sin cerrojos  están acondicionadas con una ducha o un retrete especial, donde nunca hay toallas, jabón o peines a la mano.

La bienvenida

Una circulación de gente que no tiene figura, pero que están ahí aún respirando, me da la bienvenida. He llegado a la “Casa de Lucita” para visitar a “Vicentito” como lo llaman con ternura las enfermeras de este lugar.

Han pasado veinte minutos desde la hora acordada y la encargada de turno no llega, hay que esperarla. Sin ella no podré pasar hasta la habitación del huésped que busco.  

“Puede preguntarle lo que guste, esperemos que se acuerde –comenta Helena Molina,  la enfermera especialista en pacientes de Alzheimer, de ojos chinitos, cabello tinturado y un ancianito aferrado a su mano – él aquí ya no habla mucho pero al menos es inofensivo. Desde que llegó no se ha puesto violento.

Mientras tome su pastilla, no hay problema. ¿Antes no tomaba las pastillas? La directora del hogar de ancianos, firme junto a ella, asiente: “se la obligamos a tomar cuando no quiere, a veces, hasta se la metemos en la comida, porque no le gusta”.

“Vicentito, venga que le presento a un amigo que quiere conversar con usted”, le dice la enfermera. Detrás de una ventana, casi inmóvil, regresa su mirada hacia mí, sosteniendo un pan en su mano, lentamente susurra: “Ah… ¿un primo?… ya voy… ya voy”.

La memoria

Él no lo recuerda, fue hace tiempo. La única vez que lo visité en su casa al sur de Quito, “Don Vicente” como lo llamaba con todo el respeto que ameritaba su sola presencia de ex militar, en dicha ocasión me contó tres historias incluyendo la de J.J… Sí,  el “Ruiseñor de América”.

“El señor Julio Jaramillo no había hecho la conscripción así que llegó a mi batallón para cumplir con su obligación ante la patria”, me afirmó Don Vicente, cabo segundo del Ejército Ecuatoriano,  quien vivía en ese entonces en Guayaquil, estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Fuerte militar, huérfano de madre, mostraba su rigidez y su carácter en cada palabra pronunciada.  Bebedor empedernido y cantante amateur, Don Vicente tenía su propio trío en el cuartel y Julio se sentó a escucharlos durante muchas noches de bohemia compartida.

“Cuando Jaramillo llegó el tiempo fue muy bueno, era una linda gente, regalaba gaseosas y cualquier cosa de comer para sus compañeros y los instructores, preguntaba cuántos éramos en total y pagaba”, me decía aquella vez.   “Algún rato me lo saque para darle sereno a mi mujer, todos con uniforme, pero era Julio Jaramillo, así que eso era lo de menos”, concluía.

“Don Vicente” compartió con J.J, su paso por el cuartel y solo su familia  y amigos más cercanos conocían la historia completa.

La hermosa memoria de este militar retirado guardaba tanto en su sin igual existencia, ese día me contó además que hizo un curso con rangers gringos que habían combatido en Vietnam, me hablaba de las trampas, de los procedimientos, del manejo de tanques de guerra, no paraba.

Y cuando lo hacía era para recordar y seguir, entonces cambiaba de tema sin perder el hilo de interés conseguido.

“Estuve muy cercano a la guerra con Perú prestando servicio en la provincia de El Oro, donde conocí a mi señora”, me dice y empieza así otra de sus narraciones. En fin, como dije al comienzo,  tenía que pedirle a fuerza que me cediera la palabra.

Me perdía tanto en sus historias aquel día que quise saber que fue de él. Además me pidieron escribir una crónica y buscar un tema que la gente pueda leer y no aburrirse y entonces pensé encontrarlo con “Don Vicente”.  

Al atravesar la puerta del nuevo hogar de “Vicentito”, como lo llaman ahora, comprendí que sus historias ya no existían, que hoy los recuerdos eran para él, como una calle que serpentea entre el olvido y la fragilidad de su memoria.

Se mira en un espejo colgado en la pared de su habitación y el mismo no se reconoce.

Espejo de espacio y espejo de tiempo pienso, al verme creo que se acuerda de mí, pero no es así. Somos dos; él y yo; aunque él ya no sé si sepa si es o no el que yo conocí.

Múltiples miradas nos acompañan desde el patio,  son las miradas de los amigos de “Vicentito”, entonces él trata de hablar conmigo, no puede pronunciar ciertas palabras, es increíble el deterioro por culpa de la enfermedad.

Pienso en este instante cuando el aire se vuelve pesado; y el frío ineludible. En un punto insoportable de la vida… la fugacidad de la realidad. Me siento inútil y sin inteligencia, rodeado de mucho antes y atrás y adelante y después.

La enfermedad

“Vicentito” tiene Alzheimer,  la forma más común de demencia entre las personas mayores.

Sufre un trastorno cerebral que afecta gravemente su capacidad para llevar a cabo actividades diarias tan básicas cómo cepillarse los dientes o peinarse.

Su cerebro ha sido afectado en las partes que registran  la memoria y controlan el pensamiento y el lenguaje.

Su desesperación por articular las palabras es desgarradora. Sus gestos dicen tanto, pero su voz ya no pronuncia algo que tenga sentido.

Junto a él, son cinco más los huéspedes de este hogar que tienen dificultades para recordar cosas que ocurrieron en forma reciente o los nombres de sus propios seres amados.

El deterioro cognitivo de estos viejecitos avanza con una velocidad atroz y los síntomas no se detienen ahí, conforme la enfermedad evoluciona como en el caso de “Vicentito”, los huéspedes pueden volverse ansiosos y agresivos, volverse fantasmas que deambulan lejos de su casa, realizando viajes interminables hasta que sus pies se cansen  o la ciudad y sus peligros los devore.

Ningún tratamiento puede detener este mal así que “Vicentito” y sus amigos, los que tienen el “alemán” – como le dicen las “chicas” a este mal-   necesitan un cuidado total, algo que muchos familiares no pueden hacer ya que la enfermedad es contagiosa y vaya que severamente contagiosa.

Es en la “Casa de Lucita” donde me vine a enterar de esto, el Alzheimer es contagioso y los primeros en contagiarse son los parientes: hijos, hermanos, nietos, sobrinos, primos, esposos y esposas;  en fin todos los familiares cercanos llegan a presentar síntomas.

El primero de ellos es la pérdida de memoria, “se olvidan completamente de sus abuelitos”, dice con ternura la Helenita. Es como olvidarse de un guagua, dejarlo ahí y decir yo pago para que le atiendan, pero claro, la atención no incluye visitas, abrazos, cariño y preocupaciones más amplias y humanas sobre el porvenir de los que ahora son un vacío oceánico de vida.

Dejando caer migajas de galleta molida que estaba guardada en el bolsillo de su chompa deportiva “Vicentito” tiembla de frío.

Una luz lívida desde el patio me hace reparar en el paso del tiempo, ha llegado la tarde y me detengo a limpiar la saliva del que fue un fuerte militar y que ahora se muestra más indefenso que nunca frente a mí. La “Helenita” me cuenta que una vez el Vicentito hasta se hizo la deposición sobre su mesa de noche.

No puedo sino imaginar entonces con esta anécdota, la ardua tarea de limpiar los  retretes improvisados, toda una industria de limpieza fecal activa las veinticuatro horas del día.

La hora de la cena

Ajenos pasajeros de la realidad cotidiana, rezumantes de orín y de excremento, los huéspedes llegan hasta el comedor para compartir la cena.

Un olor a canela cubre la atmósfera, los minutos se vuelven infinitos y entonces se escucha la música, la canción es “Miente el viento” de Julio Jaramillo.

Vicentito canta, es increíble me digo a mi mismo, increíble que pueda recordar partes de la letra de la canción de manera tan precisa, entonces ¡cómo carajo es que se le olvida lo demás!

Es una ausencia en el viento, parafraseando la canción que se escucha como telón de fondo, me respondo.

Tras servirse la taza de agüita de canela y un pancito, los huéspedes se inquietan, hay uno en especial que no para de pedir las llaves para salir de ahí.

“Dame las llaves ve, presta las llaves ve, ya me quiero ir a mi casa, tengo guardia y no tengo el uniforme”, dice Medardito.

Otro ex uniformado pero en este caso de la policía, “sargento soy”, me dice cuando lo abordo, “quiero irme y estás no me dejan salir”. También tiene el “alemán”, pero él ayuda bastante aquí cuando no está en una de sus crisis de querer irse, afirma Helenita.

El comedor es el sitio donde puedo compartir con todos los amigos de Vicentito.

Una señora de blanco cabello rizado llora y maldice a sus hijas por dejarla allí, me mira y me dirige esta frase: “estas son malas, nunca le dicen a mis hijas que vengan a visitarme”.

Trato de acercarme para conversar un poco más mientras llevan a Vicentito a su cambio de pañal, pero enseguida una de las enfermeras me advierte: “a ella no le pregunte nada porque se pone a llorar y  tiembla, no puede detener las manos después”, concluye la desesperada enfermera.

La despedida

Cuando casi son las 18h00 voy asimilando que mi tiempo terminó, que esta visita donde pensaba encontrar una historia me reveló otra, una de años y mentes sin recuerdos, una donde la memoria es mala palabra, porque hiere decir eso intentando no pensar en lo que se sentiría de repente que a uno se le borre lo que un día fue.

El pequeño hotel que guarda los vacíos interminables y los viajes mentales que no cesan se cubre de noche.

Siento como propia la soledad de estas personas y de su mundo casi estático, sus necesidades tan amplias me hacen percibir que hay casas de paredes desgastadas guardando voces viejecitas y miradas invisibles que siguen buscando robarle sonrisas a los días.

“Vicentito” me despide con un “hasta luego”, mañana mismo ya no sabrá que estuve allí, que yo si lo recordé y entonces quise contar un pedacito de su paso por mi memoria.

Los recuerdos son valiosos de verdad, qué sería de nuestra vida sin ellos. La mirada de ese hombre que ahora me llega desde esa pequeña habitación apenas iluminada me acompaña hasta marcharme.

El aroma a olvido, polvo y medicina desaparece cuando las dos chapas de la puerta negra de entrada aseguran la estancia y el sueño de todos los huéspedes de la “Casa de Lucita”, mientras al unísono  se concreta la salida del último visitante.