Por Rubén Darío Buitrón

Confiesa ser ateo pero entre los cientos o quizás miles de libros que abarrotan su estudio descubro dos
biblias: una voluminosa, publicada en español, y otra, pequeña y delgada, escrita en griego.

¿Cuál es la razón para que Ramiro García, doctor en Derecho Penal, cuyos ejes de lectura se mueven entre
las normativas legales, la filosofía y la sociología, tenga muy cerca de su amplio escritorio y su
computadora Apple esas dos biblias?

Cuando desde el otro lado del mueble donde está sentado le hago esa pregunta, sonríe, gira hacia su
izquierda, toma con sus manos los dos libros, los pone sobre el escritorio, busca con rapidez y conocimiento de lo que hace las páginas de una y otra biblia y llega adonde quiere llegar: Tito 3:10.

“La historia del Derecho es la historia del terror”, me dice mientras señala con el dedo índice de su mano
izquierda un párrafo o versículo de la biblia católica y un párrafo o versículo de la biblia griega.
Son distintos. Y me sorprendo con mi ignorancia enciclopédica y religiosa. Pero gracias a la comparación de los dos textos me queda clara su tesis de que el proceso penal contemporáneo es una herencia de la conceptualizaciòn de la inquisición católica, que en la biblia griega no consta.

En 1215 –explica de memoria- el Concilio de Letrán, dirigido por el papa Inocencio III, cambia el sentido de la escritura de Pablo (o San Pablo, como dirían los católicos), quien introduce el concepto de la herejía.
A base de esa nueva teoría, la jerarquía católica desarrollará, con el tiempo, la argumentación,
supuestamente sagrada y divina, de que la herejía era un grave pecado al que se debía combatir con
tortura, autoincriminación, sentencia y cruel asesinato a la víctima.

García se graduó de abogado en la Universidad Católica y obtuvo el doctorado en Sevilla, España.
Hoy, además de su ejercicio litigante en los tribunales del Ecuador, es catedrático de maestrías y doctorados. Es, también, profesor invitado en universidades de Europa y dicta clases de Derecho Penal en la Universidad Central de Quito.

Ha escrito –no lo recuerda con precisión- más de diez libros y ha publicado 20 artículos indexados en
revistas académicas de las más prestigiosas universidades del mundo.

Disfruta su vida con intensidad.

Es divorciado y tiene un hijo adolescente (Ramiro) que no se enreda la vida porque sus padres mantienen una muy buena relación y es él quien decide cuándo pasar con su madre o con su padre, indistintamente.

De hecho, mientras conversamos Ramiro y yo, el otro Ramiro me da las espaldas porque está absorto en otro mundo, el virtual. Ataviado con un micrófono inalámbrico y unos potentes audífonos, Ramiro Jr. es casi un holograma, otro de los protagonistas de la batalla que en una gran pantalla de televisión libran dos grandes ejércitos con soldados futuristas.

En la amplia casa cuya fachada se compone de ladrillo visto y tejas verdes, ubicada en un sector poco
accesible del tradicional barrio quiteño de El Inca, Ramiro padre mantiene cinco bibliotecas.

En ellas reparte por temas los libros, los cuadros (Kingman, Guayasamín, Catasse, entre otros), las esculturas y los objetos que revelan lo que es: un viajero incansable que no solo disfruta de su rango de profesor o maestro de prestigiosas universidades sino de conocer países, ciudades, pueblos y gente, todo tan distinto a lo que tiene acá.

¿Tan distinto? Sí, porque Ramiro García no cree en chovinismos absurdos como aquellos que califican a
Ecuador de ser un país tan maravilloso que es único en el mundo y al que la gente de todas partes del planeta
está obligada a conocerlo.

Para él, cada ciudad y cada país tiene sus particularidades, sus bellezas, sus lugares únicos y originales, sus
esencias, sus sabores, sus paisajes, sus características únicas e inigualables.

Está consciente que mucha gente lo califica como polémico e irónico, desconfiado y crítico del poder, en especial del político, pero subraya que si en algo estuvo de acuerdo con el expresidente Rafael Correa fue en la
necesidad de combatir a los poderes fácticos que tanto daño hacen a la conciencia social y que a través de
su influencia mantienen sus privilegios.

Es un tuitero insigne. Desde hace cuatro años abrió su cuenta en redes sociales con el ánimo de expresar
lo que él llama “humor negro”.

Hoy tiene 41 mil seguidores, pero aunque lanza un promedio de cinco tuits diarios, ha empezado a
cuestionarse si debe mantener su cuenta porque cree que, especialmente en nuestro país, se han rebasado
los límites del debate y el desacuerdo para llegar a una violencia verbal que a ratos le resulta incómoda e
inútil.

Aquel “humor negro”, como él lo califica, cultivó en Argentina, país al que ama con un sentimiento especial
y donde ha hecho muchos amigos entrañables. Allí aprendió que la mejor arma para la crítica social es la
ironía. Y me da nombres insignes: Fontanarrosa, Sabat, Quino…

Mafalda… Charlamos de largo sobre este personaje que ha marcado nuestra generación, que es tan ingeniosa como profunda, gracias a ese hombre extraordinario que es Quino, quien hizo de una niña gordita y de abundante cabello negro el ícono del escepticismo, la agudeza y la crítica social.

García sonríe con su dentadura blanca, blanquísima, hace un breve silencio y asegura que una de las
descripciones más precisas del poder es aquella frase que Mafalda dice cuando observa a un policía, mira
su tolete y le pregunta si ese es “el palito para abollar ideologías”.

A propósito de la crítica a los poderes fácticos vuelve al tema de la inquisición y recuerda que uno de los hechos que más lo han indignado –y por el que tomó partido de forma abierta y activa- ha sido el caso de “los diez de
Luluncoto”, los estudiantes a los que el gobierno anterior encarceló bajo la acusación de terrorismo.

Precisa que no pertenece a ningún partido político y que nunca ingresaría en uno.

Pero desde sus entrañas le urge defender causas que van contra lo políticamente correcto, como el matrimonio igualitario, como la lucha ecológica, como la libertad de expresión aunque no esté de acuerdo con lo que se diga.

Luego, mientras pienso que ahora tengo una idea distinta de quien me acompaña, caminamos por la casa, observamos una de las pinturas que cuelgan de las paredes y sus libros preferidos y nombra a sus referentes del pensamiento teórico: Foucault, Derrida, Hegel, Nietzsche.

Y cuando hablamos sobre las tendencias ideológicas me sorprende con una cita del cantautor español Joaquín Sabina: “No soy militante de carnet”.

Con eso quiere dibujar en palabras su tesis de que la cultura popular ha sobrepasado a la capacidad de los grandes teóricos de la filosofía para explicar un mundo que él, Ramiro García, trata de entender, pero no lo logra.

Y entonces cita a Fruko, el legendario salsero colombiano, cuando canta: “En el mundo en que yo vivo/
siempre hay cuatro esquinas./ Entre esquina y esquina/siempre habrá lo mismo./ Para mí no existe el sol/ni luna ni estrellas”.

Lo dice porque cuando nos despedimos, bajo la puerta confiesa, con cierta nostalgia, que, además de ser
ateo, Carlos Marx le parece insuficiente para explicar la vida, mucho peor ahora, en la sociedad contemporánea de la postverdad.