Relato de Víctor Vizuete.

Mi padre y yo siempre fuimos buenos amigos. Y dos soñadores, además.

En los soleados atardeceres quiteños solíamos sentarnos en una banca de madera
que había en el traspatio casero y nos hartábamos de sol y de molicie.

Mi padre, quien trabajaba por las noches en una lavadora de botellas vacías,
aprovechaba de estas jornadas vespertinas para resarcir sus ateridos huesos,
entumecidos por el frío de la noche y el agua.

Recuerdo que nos quedábamos así, hasta que teníamos un sol rojo y viejo y mi
madre, costurera de oficio, olvidaba su labor de Penélope y nos ofrecía la
merienda que, invariablemente, constaba de alguna sopa tierna, algo de arroz
con algún “acompañado”, un agua con cualquier hierba aromática y algún pan.

A pesar de la pobreza, a fuerza de ejemplo, mi padre nos enseñó el valor de la
decencia, el amor y la esperanza. No nos faltó jamás (a mis cinco hermanos y
a mí) el vestido, el alimento y, peor aún, la letra.

Tenía mi padre unos 42 años y yo como diez. Él era robusto, más bien
pequeño pero de armónicas proporciones. Cetrina la tez y el pelo negrísimo y
brillante. Varonil y resuelto a pesar de su empedernido romanticismo.

Muchas veces, cuando sus ojos se quedaban quietos y fijos en el cielo, yo le
preguntaba.

– ¿En qué piensa papá, sueña?

Y él, con una sonrisa entre dulce y pícara, me contestaba con otra
interrogación.

– Y tú, ¿también sueñas? ¿Qué te gustaría ser cuando seas adulto?

Y yo, muy convencido, invariablemente contestaba.

– Quiero ser escritor, papá. Contador de cuentos y narrador de historias.

Entonces estiraba su mano hacía mí, me alisaba el cabello y susurraba
compasivo.

– Tontín. Eso no da para vivir… De eso se muere…

Pero un día me contó su sueño. Me mostró sus manos anchas y encallecidas y
me dijo:

– Yo tuve un anillo. Grande y macizo. De oro de 18 quilates. Con una auténtica y hermosa esmeralda engastada. Era de mi padre. El único recuerdo que poseía de él.

– ¿Qué es de él? ¿Se te perdió?, contesté apenado.

– Los tiempos son difíciles y la paga no es buena, dijo. Lo tuve que vender. Quizás algún día… si las cosas cambian…

El tiempo que es inexorable se fue comiendo los años y los sueños. Y las soleadas tardes de tertulia se espaciaron lentamente, hasta que desaparecieron.

La última se apagó cuando acabé el colegio.

El contador de cuentos se quedó también en el baúl de los buenos deseos. Y solo quedó el contador de costos que, por falta de trabajo, tuvo que emigrar a los Estados Unidos para no morir de hambre.

Siete, ocho, diez años laborando como un burro, comiendo como un asceta y ahorrando como un avaro en Nueva York me permitieron lograr cierta holgura económica.

Entonces regresé y visité a mis padres. A los tantos y tantos años. Estaban viejos, con arrugas y encorvados, cual dos acordeones jubilados.

Entregué a mi padre un estuche de terciopelo negro y le dije.

– Es tu sueño que se cumple.

– No puedo abrirlo, dijo. María -pidió a mi madre-, ayúdame por favor, estoy
tan nervioso.

Ella abrió el paquete y los dos exclamaron voces de júbilo. Mi padre balbuceó.

– Es un anillo precioso, hijo… Muy parecido al de mi padre… Gracias.

Pero no pudo ponérselo. Hacia años que la artritis se había ensañado con sus manos.

La enfermedad había cumplido su cometido y sus dedos no eran sino diez tumefactos huesos deformados.