Por Víctor Vizuete.

Paúl Rivas, Rivitas, es un ganador nato; un optimista in extremis. Delgado, escueto y alto como un tronco de álamo posee una vitalidad a toda prueba. Y aunque su caminar lento y hasta algo desgarbado predispone a pensar que es un tipo apático o desangelado, quienes hemos tenido la suerte de trabajar a su lado sabemos de su osadía y de su perfeccionismo pero, al mismo tiempo, de su buen juicio, que le hace medir las situaciones en su verdadera magnitud y tomar las decisiones más idóneas.
¿Ejemplos? Un botón tan solo. Cuando se estaba construyendo el edificio de la Constituyente en Montecristi, no dudó en subirse en una de las gigantes plumas-grúas de construcción que trabajaban en la obra para tomar unas fotos aéreas del sitio. Claro, en ese tiempo los drones todavía volaban solo en los laboratorios o hacían su aparición anticipada en una de las novelas de Dan Brown.
Dicharrachero, divertido, bromista y jodón tiene, sin embargo, un flexómetro infalible que le permite parar su ‘bulling’ en el momento justo, para no ofender a nadie. Su sonrisa de niño bueno contagia más que un buen bostezo e inunda de alegría las estancias y sus ocupantes. Su mirada pícara, de duende travieso, tiene la virtud de desestresar a quienes comparten su plática y sus vivencias, porque es un buen conversador.
Se podría afirmar, sin temor a equivocarse, que Paúl es un guerrero con mirada de púber, dueño de unos tímidos ojos color miel que, muchas veces, se parecen a los de los niños que han sido cogidos in fragantis en alguna pueril travesura.
No obstante, no hay que engañarse. Paúl no posee un carácter perfecto y también es un malgenio. Aunque este rasgo, como el hombre vivido que es, solo aflora en sus momentos de mayor intimidad y con las personas de su más absoluta confianza.
Paúl es fotógrafo. Un gran fotógrafo cuya tarea ha sido reconocida con galardones nacionales e internacionales. Sus trabajos sobre los desaparecidos en el país, los héroes mutilados y olvidados de la Guerra del Cenepa y los ancianos damnificados por la erupción del Tungurahua que no quieren dejar sus terruños conmueven y cuestionan. Y muestran que la verdadera fotografía debe tener corazón.
Claro, eso de la fotografía le vino atado a su ADN puesto que se padre fue un fotógrafo de nota. Su amor por este oficio gráfico no se limita a tomar gráficas; es integral. Muchas veces monta de propia mano sus escenarios y, si no los tiene, los manda a hacer. Su lema es: o la foto me sale bien o nada.
También posee una valiosa colección de cámaras que ha ido juntando a través de mucho tiempo. Bueno, es un coleccionista nato y su afición se prolonga a recolectar llaveros, pines, camisetas, gorras, vasos de Hard Rock Café… En fin, junta todo artículo que deslumbre al niño que lleva dentro.
Amiguero, solidario sin manual de instrucciones e hiperromántico, se hace pana con una facilidad que asombra y conserva sus amigos por siempre. Sencillo y descomplicado, le gusta hacer amistades con las personas humildes, muchas de ellas conocidas en sus reporterías y a las cuales visita cuando puede.
Claro, no solo la fotografía es la dueña de sus afectos. Al menos otras tres aristas completan su bitácora existencial: la familia, el fútbol y la buena vida, en ese orden.
Adora a su hija y a su mami y diera su vida por ellas sin pensarlo dos veces. Y se lleva bien con el resto de familiares, amigos y conocidos. No tiene odios conocidos y los rencores están fuera de su esfera de vida.
Para Rivitas es fútbol es cosa seria. Tanto como practica como por afición. Ahora mismo le entra a la número cinco en tres equipos diferentes: el de sus excompañeros gabrielinos (es caucho del San Gabriel), el de sus vecinos de barrio y el de sus compañeros de El Comercio y Radio Quito. Es más, una camiseta de esta última espera para que la luzca.
Quienes han visto su juego dicen que es técnico pero algo lento; algo así como un Román Riquelme, guardando las diferencias, desde luego.
Es fan a muerte del Real Madrid y de la Liga de Quito, conjuntos que le han dado muchas de sus mejores alegrías y varias de sus tristezas más sentidas. Ahhh, e innumerables apuestas cobradas y pagadas sin chistar, porque tiene palabra de gallero.
¿Qué otra cosa ama? La buena vida, pues. La cerveza espumosa y el whisky con hielo le mueven el piso. Ahhh, y el tequila. El buen tequila, de Don Julio y Herradura para arriba, es para Paúl como maná del cielo.
Dueño de un estómago a prueba de terremotos gusta, sin embargo, de la buena mesa porque posee unas papilas gustativas de gourmet. Los mariscos le fascinan y cuando tiene en su mesa un carapacho de cangrejo relleno se siente en el paraíso. Pero también los lomos finos, el asado de vacío o la picaña le hacen suspirar agradecido.
No hay comida que le disguste. Bueno, ahora que me acuerdo sí, hay un potaje con el que Rivitas no congenia para nada. Lo descubrí en una reportería que realizamos en Machachi, la ciudad del frío, hace unos dos años. Realizamos un Chulla Vida con un centenario pionero de la piedra tallada y luego, el señor Cadenita (exchofer del diario El Comercio) nos llevó a una hueca y nos brindó sendos platos de caldo de 31.
Entonces fue la primera vez que vi que Paúl dejaba el plato lleno. No dije nada, desde luego, pero pensé para mis adentros: para el Rivas esa vianda ha sido como el 31 que no juega…
Al final, nadie, nadie es perfecto.

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Próximas entregas: perfiles de Efraín Segarra y de Javier Ortega