Por María Elena Rodríguez

– ¿Todavía tiene la copita?

–Sí, todavía la tengo –le contesta el vendedor y enseña a la niña el asombroso juguete, que con gesto travieso lo vuelve a guardar.

– ¡Entonces me espera hasta el viernes, verá!

Karina, entusiasmada, le contó a su abuelo sobre las maravillas de aquel jueguito mágico; hizo tratos con él para ahorrar el dinero de sus colaciones escolares y reunir “cinco sucres”, mientras él, al disimulo, llenaría su mochila escolar con algo de comida para las horas de recreo.

Compró la copita y aprendió el truco. La recompensa fue que solo ella, en la inmensidad de su universo infantil, conocería la verdad oculta de su efecto sorprendente.

–Los magos no deben contar sus secretos –le dijo el vendedor, cerrando así un pacto que en su mente aparecía como una luz que le recordaba el camino que debía seguir.

Claro, antes no fue una luz la que se le apareció, sino un sorpresivo mandarinazo que recibió cuando fue a una función de “La caperucita roja”.

“La primera vez que fui al teatro tenía 4 años. Tengo tan clara la escena de la caperuza roja. Para mí era como una televisión a color. En plena actuación me lanza una mandarina de su cesto, eso fue fenomenal, me di cuenta que lo que pasaba ahí era cierto, esa mandarina enana la tenía en mis manos; yo la miraba fascinada. Me cambió la vida”.

La Maga Melina lleva ya casi veinte años incursionando en el mundo de la magia y el ilusionismo.

La sólida formación actoral que posee permite que sus funciones sean integrales por la variedad de elementos utilizados, donde no solamente hechiza al público con su ingenio y carisma, sino que puede contar historias que exploran lúdicamente, con sus claroscuros, la naturaleza humana.​

“La vida es magia. Hay una fuerza mágica que está dentro de todos nosotros para decirnos lo que debemos hacer. Yo creo en eso. Hay que dejarse llevar sabiendo que mientras juegues, no envejeces, solamente eso”.

Es que Karina tuvo la suerte y la habilidad para retener la fascinación de vivir en un mundo fantástico. El juego, la diversión y el regocijo, poblaron su infancia con altavoces que dispersaron en su inocencia la sensación de lo extraña que podría ser ella, cuando en su escuela primaria se supo que no tenía papá. A su corta edad con aplomo y determinación infantil decía una contundente verdad: “No tengo papá porque tengo un abuelo”.

Apasionado de García Márquez, mientras vivió, le hizo amar a los libros, y moldeó en ella, sin ni siquiera imaginarse, su legado creativo. Puso lápices, pegamento, papeles, y tierra en sus manos.

En la antigua casa a la volvieron a vivir por un tiempo en Riobamba, él arremangó sus pantalones de casimir para sembrar papas, choclos y habas. Hizo funcionar un viejo horno de leña, incontables cajas de fósforos se convirtieron en pequeños moldes de adobes, que secados al sol sirvieron para construir una casa para las Barbies de su nieta.

“En una esquina de esa cementera de papas, mi abuelo encontró unos palos, era unas ramas secas, emocionado me dijo que era el rosal que sembró mi abuela. Me acuerdo que se levantaba temprano para remover la tierra y echarle agua, le ponía abono y decía: mi Carmela está ahí. Pasaron los meses y mi mente registró una preciosa fotografía: el primer botón del rosal que volvió a florecer, ¡no lo podía creer, era mágico!”

A ese botón le seguirían muchos más, que luego se convirtieron en radiantes y aterciopeladas rosas rojas, tal como habían sido antes, según le contó su abuelo.

Dos años previos a que Karina viniera al mundo, su abuela Carmela murió. Con el tiempo ella fue desenterrando las historias familiares. Atravesando sombras, descubrió en sus diarios la fascinación por la vida y la fuerza de una mujer, que para su tiempo, se atrevió no ser convencional, por eso, luego de enviudar, eligió un novio diez años menor que ella, con quien luego se casaría, su abuelo.

“Mi familia es matriarcal, mi abuelo era una persona dócil. Luego vi a mi mamá llevando las riendas de la casa, crecí mirando su fortaleza también. Mi abuelo le decía de cariño Carmelina, y me decía que yo me parezco mucho a ella, luego, yo me quedé con el “Melina”, no tiene nada que ver con el mago Merlín, pero yo juego con ese nombre, es una relación que les gusta a los niños”.

La vuelta a Quito significó la toma de decisiones y el develamiento de otras facetas del mundo, que con sus altibajos al fin, no le han hecho perder la magia. En el recuerdo quedó también cuando a sus ocho años le ofrecieron que su padre iría a visitarle una tarde, por cuatro oportunidades su madre la vistió y la peinó para esa ocasión especial. Finalmente, una disculpa y ofrecimientos por telegrama, nunca llegó.

Cuando Karina dice magia, dice vida.

“Es algo que te acoge. Es esa sensación de paz del recién nacido que llora y luego se calma cuando lo colocan en los brazos de su madre, ese es el primer acto de magia en la vida…, cuando te dan al guagua. Cuando a mí me dieron al mío, yo le dije: ¡hola!, no lo podía creer”,

Ese camino trazado para vivir de la magia, ella lo supo descubrir, ha desbrozado la maleza que a veces le obligaba a dar pasos lentos y temerosos, otros alborotados, pero que igual han servido, porque equivocarse es parte del trayecto también.

“La magia se quedó en mí conscientemente a los cinco años. El gusanito ya estaba, aunque no entendía y no sabía de qué se trataba. Claro, en tercer curso ya me preguntaron qué iba a hacer de mi vida, así de rápido. Yo no encontraba nada que me guste de las carreras que dicen normales. Nada de eso resonaba en mi mente.

“Tengo un tío pedagogo, él le dijo a mi mamá que me ponga en la escuela de artes, mi madre fue reacia al principio, a la final creo que tenía miedo. Estuve en el colegio de artes de la Universidad Central, la verdad no eran las artes plásticas lo que quería, además de que me decepcionó la política”.

Estaba claro que quería ser artista, por eso desde el quinto curso se vinculó con el grupo de teatro Malayerba, donde buscó su formación actoral.

Luego trabajó en el departamento de cultura del Municipio de Quito. Inició con proyectos independientes a través de su pequeña empresa de eventos. Hizo campañas de educación y fue artista contratada para muchas actividades.

Aprendió ahí a vivir de lo que hace, lo cual es fundamental para su trabajo, porque lo vuelve más atractivo.

Su casa es un lugar de fantasía, llena de objetos curiosos, coloridos y enigmáticos, es el espacio para ensayar los trucos de magia, por eso, mientras conversamos, no cesan los gorjeos de las palomas que le acompañan en sus funciones.

“Ensayo unas dos horas diarias, y veinte y cuatro horas pienso en magia. La ferretería y la tienda de antigüedades son mi mall. El 80% de las cosas que tengo son hechas por mí”.

“En Quito hay un local de magia, la magia no es barata, por eso cuando compro algún efecto lo hago funcional a mi trabajo, para nuestro medio, son necesarias las variantes, los cambios”.

Para la maga Melina la magia negra es algo feo, en lo que nadie debería meterse, son engaños que no divierten.

“Cuando me dicen: me puedes hacer una trabajito para que mi marido vuelva, rotundamente digo no, eso es mentira”.

En nuestra vida están los que tienen que estar, y así lo comprendió finalmente cuando a los 36 años, por una necesidad se vio obligada a tomar contacto con su padre.

“El no supo asumir sus vínculos. Lo vi en dos ocasiones. Un día lo llamé y le dije que quiero conocerlo, además de que tenía que arreglar un problema de mi cédula, pues él no me había reconocido, de eso me enteré”.

“Llegó tres horas después de la hora pactada. Solo me miró nervioso, me pidió un número de cuenta y me dijo que estaba ocupado. Nunca más hablé con él”.

Magia es una sensación que se transmite, dice con aplomo. Ella se sabe maga por derecho propio, y con ternura recuerda esas puertas que se le han ido abriendo para que se sumergiera con plenitud en los recovecos encantados de la magia.

“Me acuerdo que estaba en el centro, tenía que hacer una gestión, pero antes de eso entré a la Librería La Luz. Caminando entre sus estantes tomé un libro que me atrajo: Magia y trucos de Salón. Era una edición mexicana, eso fue en el 2005, me costó dos dólares.

El texto hablaba de hacer cosas, como por ejemplo diseñar un muñeco, en fin, hacer cosas para que gusten a los niños los cuentos. Eso era para mí, como ser testigo de algo imposible que lo puedes volver real”.

Aquí en el Ecuador no hay escuelas de magia, para la Maga Melina su escuela fueron todos los eventos de magia a los que pudo asistir, y de ahí empezó a explorar por diversas fuentes. En este mundo cambiante, pronto podremos pensar dice, que así como hubo reyes magos, habrá sido posible también que existan reinas magas.

En el medio artístico sabe que un mago hombre “tiene más credibilidad” por el estereotipo que aún se mantiene, pero ella suple eso con el elemento sorpresa de ver a una mujer en el escenario haciendo mágico cada instante en que puede crear una ilusión, y con eso provocar en el interior de los espectadores una explosión de emociones. Su hijo participa con ella como asistente y su esposo, que es comunicador social, le apoya en la promoción.

“La magia es el arte que te lleva a creer en los milagros, a sentir que todo es posible y ser testigo de lo impensable. Magia es vivir por un instante un suspiro de fe, porque se sensibiliza al público a través de un efecto”.

Nada de lo que se hace o se crea para una función es imposible, y como todo en la vida, la magia no solamente tiene trucos, sino también requisitos.

Para quien quiera practicarla:

“Creer, creer… somos mentirosos con alas, a través de una mentira puedes enseñar la Magia. Eso lo entendí yo siendo actriz. Ser observadores. Creer para vivirlo”.

“Desarrollar los cinco sentidos y algo más. Es un ejercicio demandante. Hacer varias cosas a la vez, eso puede ser mágico. Rapidez en las manos, eso es práctico, no solo las manos, son tus ojos, todos tus sentidos. El movimiento debe ser natural y fluido, eso es práctica y perseverancia. Ese algo más a los cinco sentidos, es la intuición”.

Melina afirma que llevar a los niños al teatro es la experiencia más reveladora para descubrir valores y vocaciones, así empezó ella su historia.

Tiene razón la Maga. Yo me deleité con su magia y por eso agradezco al mandarinazo de la caperuza roja y a su abuelo.

Aunque, a la final, a pesar que miré con enorme atención, no pude descubrir el secreto de la copita mágica.