Por Rubén Darío Buitrón.

¿Recuerdas, madre, al hombre con el que dormías y hacías el amor? 
¿O, digámoslo mejor, al hombre que solía tener sexo contigo?
¿Recuerdas aquella noche, en casa, que tomó un cuchillo, apuntó a tu espalda y te lo lanzó mientras tú corrías y llorabas, llorabas y corrías?
Aún ahora, madre, muchas décadas después, no entiendo por qué cuando
la metástasis había copado el cuerpo de él me dijiste en el teléfono, con
voz ahogada, que hubieras deseado
que supiera que fue tu único amor.
Fue cuando te llamé desde el hospital.
Los médicos, susurrantes y autómatas, dijeron que el cáncer, letal, venció al hombre valiente que soportó tanto dolor, tanta morfina, tantas operaciones.
Sé que esa noche lloraste mucho. Quizá demasiado. Algunos días. Talvez unas semanas.
¿Eso significó que lo perdonaste?
¿Que el transcurrir del tiempo o tu fe católica -reverencial y conformista- o
el cura oculto tras el confesionario
te convencieron de que aquello era normal en la relación de pareja?
Nunca entendí, madre, tantas lágrimas, tanta taquicardia, tanta oscuridad en tu alma por el hombre que una noche te lanzó un cuchillo.
Pudo matarte frente a mí, ¿recuerdas?
Pero direccionó mal el arma y te golpeó con el mango. No te atravesó la espalda con la hoja.
¿Qué hubiera hecho yo, un niño de 12 años que aún no conocía la ira, la orfandad o la revancha?
¿Habría debido gritar para que alguien te auxiliara?
¿Habría ido a la cocina a buscar otro cuchillo y tu muerte o tus heridas?
¿Cómo hubieran publicado la noticia los medios de crónica roja?
¿Me hubieran llamado niño parricida?
O, si en el forcejeo sucedía lo contrario, ¿habrían dicho que un hombre cometió filicidio?
Sé que este episodio no está en tu memoria, madre.
Como si el dolor fuera un disco duro,
los humanos solemos borrar tramos que duelen en la historia personal.
Pero yo recuerdo, madre, que entre sollozos me contabas que todas las noches, durante más de cuarenta años, soñaste que el hombre llegaba, silbaba desde afuera y pedía que le abrieras la puerta.
Había decidido regresar a casa para siempre.
Pero era solo un sueño, madre, tu insomnio convertido en esperanza.
¿En verdad, madre, amaste tanto al hombre que nunca más quiso volver?
¿En verdad, madre, amaste tanto al hombre que pudo haberte matado, al hombre que yo pude matar?
Lo que amas ahora, madre, es el pasado que elegiste guardar.
Y lo que yo amo ahora es el futuro que elegí no repetir.